
¿Qué te queda de Lambchop cuando Kurt Wagner decide eliminar prácticamente todo aquello que, durante la última década, había utilizado para transformar y aderezar su firma? En efecto, un disco tan elemental y en bruto que, contra todo pronóstico, resulta capaz de contener una de las obras más sorprendentes de su ya dilatada trayectoria. Punching the Clown (City Slang, 2026) es una inesperada criatura acústica concebida a cal y canto con apenas una guitarra acústica, un banjo y esa voz de nicotina y madrugada que arrastra el icónico cantautor de Nashville. Pero ojo, que el servicio tiene truco; pues tras su aparente desnudez se esconde una arquitectura coral de considerable envergadura, erigida a partir de una brillante nómina encabezada por artistas como Andrew Broder, Justin Vernon, Randall Throckmorton y nada menos que dos formaciones vocales (el Sexteto Vocal de Eau Claire y un coro londinense) encargadas de convertir esa preconcebida intimidad en una experiencia casi comunal.
La quintaesencia de esta deliciosa rareza reside en el intento de Wagner de hacer algo de arqueología musical e indagar en una antigua forma de canto religioso popular en la que una voz líder iniciaba o guiaba un verso y la congregación respondía. Y aunque su propósito aquí no haya sido el de reproducir al dedillo esta tradición ni mucho menos usurparla (que la policía de la apropiación cultural se serene), es evidente que su respetuosa curiosidad por la misma deviene en una fértil traslación personal de aquel rudimentario diálogo, convirtiendo la austeridad instrumental en una experiencia polifónica, colectiva y hasta espiritual.
Será ya en Just West of Nicollet, pórtico de entrada al disco, donde la aparente frugalidad del proyecto queda de buenas a primeras puesta en entredicho. Vernon al bajo, alejado del virtuosismo bluegrass y más próximo al cálido punteo de una guitarra, le tiende un manto semi-fantasmagórico a Wagner, quien remata con su barítono gastado a la Cat Stevens una sencilla oda entregada a la observación vicaria ("Let the windows stay open"). A Doctor in the House estrecha el encuadre y nos introduce directamente en la habitación de un enfermo, donde las seis cuerdas de Broder mantienen su pulso sobrio hasta que el coro irrumpe casi al final, llevando la preocupación y el dolor en singular a una especie de clamor plural. Esa misma deriva hacia lo fúnebre encuentra su forma más hermosa en Weakened, un delicadísimo retrato del deterioro físico en el que Wagner canta a un cuerpo exhausto, arropado como una figura ensimismada, mientras las castañuelas de L.A. Buckner se disfrazan de percusión para puntear la canción.
De ahí, casi por ensalmo, emerge Stella, otra muestra más de la pericia de Vernon al banjo donde el de Bon Iver nos demuestra que el instrumento de marras puede ser tan melancólico como jubiloso -aquí, además, el tema adquiere cierto cariz centenario al verse reforzado por los ecos del 'Wabash Cannonball', aquella balada ferroviaria en la que un tren se convierte en metáfora del tránsito hacia la muerte. En sus manos, ciertamente, parece que el folclore estadounidense se ha convertido en una suerte de hilo de Ariadna que ensambla la América de ayer, hecha de recuerdos heredados, fantasmas y canciones que han sobrevivido a sus propios autores, con el presente. Y así, la veta narrativa del compacto alcanza su máxima sofisticación en The New World Wave, un pequeño artefacto cinematográfico que comienza retratando una estampa familiar sacada de la imaginación de Wagner para terminar haciendo una emotiva reflexión sobre la fractura de un país entero. De la historia a la alegoría media apenas un paso, y Andrew Jackson Asshat continúa cruzando esa misma imaginería americana con Lázaro, la culpa y la condena, mientras el coro engorda la escena hasta dotarla de una solemnidad propiamente litúrgica; y Afterburner devuelve después la mirada al aquí y ahora para retratar una nación anestesiada (“America on mute”) entre desfiles, patriotismo de hojalata y una acuciante pobreza a la que ya no hay tiempo ni ocasión para prestar atención.
Existe, aparentemente, una conversación soterrada en Punching the Clown entre una América que ya fue y otra que Wagner contempla con la perplejidad de quien asiste a un tiempo difícil de descifrar. Sin panfleto de por medio, pero sí una cierta conciencia obstinada en recordarnos que el presente nunca termina de desprenderse de las historias que lo precedieron.