
Hacía tiempo que no poníamos el ojo en Dinamarca, y en cuestión de un mes Fine -y dentro de muy poco, también Trentemøller y su esperado nuevo largo- nos han recordado que lo que se cuece en el país nórdico es habitualmente bocatti di cardinale. Y no es baladí que para hablar de la ex-vocalista de CHINAH nos acordemos, precisamente, de otros ilustres paisanos suyos como los Raveonettes, a las sazón de ese renovado gusto de la cantante de Copenague por la cacharrería analógica, el rock and roll ligero y la actitud revival. Jazz Dreams (Escho, 2026), fiel a la naturaleza que su nombre augura, es un delicioso desvío por una comarcal onírica en la que el tiempo se detiene hasta hacernos caer fulminados y epatados por una triste belleza.
Un piano de cabaré, una voz que parece llegarnos desde otra estancia y los ademanes de un estándar extraviado abren la partida con The thing. Nos queda claro con este corte que el pop de Fine es, sin duda, de contornos sospechosos; una reliquia apócrifa de la que uno juraría haber escuchado antes sus arreglos, aunque no sepa señalar ni dónde ni cuándo. Solo así se entiende que logre suscitarnos por igual el escalofrío y la familiaridad. La sombra de Hope Sandoval, de larga data asociada a la cantante, planea sobre su elegante y taciturno timbre, al tiempo que también nos acordamos irremediablemente de la América imaginaria de una primigenia Lana del Rey, de la reverberación violácea de la añorada Ruth Radelet o de los arpegios barrocos de Cocteau Twins. Pero ni sus referentes anacrónicos ni su extrañeza espectral evitan que cada cosa esté en su debido lugar.
Es un álbum para abandonarse a la fantasía, pero también para encontrar respuestas al desconcierto sentimental. "I'm so hollow, I'm full of dreams" canta entre ritmos de bajo en el country crepuscular y delicioso de Goodbye brain. La sensualidad de la receta se retuerce hasta hacer que el vocabulario del compacto se sienta físico, como un susurro que corta, confunde y desalienta. "I could come up to your place, babe", musita en I could mientras una guitarra se cimbrea en nuestros oídos como una hoja de acero. Tiramos del hilo y acabamos dentro de una turbulenta balada de piano (Million years), que con sus compases de cinco y once tiempos conjura una de las melodías más hechizantes y hermosas del año. Quién sabe qué nos deparará el siguiente segmento, pero somos incapaces de dejar de escuchar. Y resulta que es una inusitada invitación a zambullirnos en un díptico cosmológico (Sometimes I rush y Run) que coquetea sin disimulo con el trip-hop de Massive Attack y Portishead.
Todo parece casual, pero hasta la despreocupación exige oficio. Fine firma producción y mezcla en un segundo capítulo por cuenta propia donde logra dosificar el espacio y liberarse del abigarramiento de su debut. No todas las piezas dejan la misma huella, y algún pasaje parece vivir mejor dentro del conjunto que por sus propios fueros, pero rara vez vemos a la danesa confundiendo contención con inanidad. Su delicada perversión de terciopelo deviene en un disco exquisitamente desasosegante, con la rara virtud de no llegar a explicarnos nunca del todo por qué logra embelesarnos tanto.