Crítica: Pinocho de Guillermo del Toro

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Pinocchio - Guillermo Del Toro

Seguramente Carlo Collodi no se habría imaginado que en pleno 2022 su obra por excelencia continuaría gozando de una vigencia y una popularidad total, y mucho menos que en este mencionado año su Pinocho habría sido objeto de no uno, sino hasta dos remakes. Después de una insulsa reversión en formato live-action para la casa del ratón que Zemeckis firmó a principios de año, Guillermo del Toro se toma ahora por cuenta propia el derecho y la potestad de entregarnos una mirada de lo más personal al manido relato de Collodi, retorciendo nuestros infantiles recuerdos y llevándolos a su terreno, con más proximidad que nunca a la narrativa original del personaje a través de una versión del mismo para Netflix que ha batido todos los récords de visualizaciones en su primer fin de semana de estreno.

Desde el mismo arranque podemos leer las intenciones de del Toro por confeccionar una trama más oscura de lo que muchos recordábamos, entregándonos de forma inédita un contexto inicial de sus personajes que con cierta impiedad buscará removernos por dentro. Entre su trato adulto, tan de agradecer en cualquier película de animación, y esa belleza que el cineasta mexicano explora a través de un inquietante formato en slow-motion (con el que no pierde ni un ápice de su encanto, sino todo lo contrario), la cinta se convierte en un auténtico deleite que compaginará la desgarradora perspectiva de los horrores de la guerra, la muerte infantil y su consecuente desolación paterna como tema transversal y una suerte de cine musical puntual que no desagradará ni a los más firmes detractores del género. La responsabilidad de ello recae precisamente en un elenco de lujo (Ewan McGregor, David Bradley, Ron Perlman, John Turturro, Cate Blanchett, Tild Swinton, Christopher Waltz…) cuyas voces, sumadas al preciosismo que ofrecen los detalles de su fotografía, lograrán cautivarnos en cada uno de sus planos.

Sin llegar a alcanzar las cuotas de sordidez con las que Collodi tejió las aventuras originales del famoso títere (que tenían de todo menos la categoría de relato infantil), del Toro logra encarar con acierto la dura tarea de poner su sello en una historia archiconocida por el público, encontrando así la forma idónea de sortear el riesgo al tedio con esa combinación entre elementos reconocibles y factores inesperados que dotan a la narración de una vuelta de tuerca incómoda pero también de lo más digna (desde el mero hecho de estar viendo a Geppetto como talla a Pinocho mientras se calza una cuba del quince, hasta pasar de puntillas por un contexto histórico marcado por el fascismo de Mussolini).

A través de su personaje central, Pinocho nos devuelve esas dosis de amabilidad naíf tan propias e identitarias del protagonista , a cambio de remodelar estéticamente sus recursos y ahondar más a fondo en esos aspectos de la trama que en su día se quedaron como meras pinceladas (la integración de un personaje fantástico en un núcleo humano, reflexiones diversas sobre la vida y la muerte, el lado emocional de esa arrolladora comparativa entre Pinocho y su “hermanastro”, o el concepto del deber y la disciplina vinculados ahora a una doctrina ideológica concreta). Con todo, esta fábula reinventada y sumida en dejes de madurez consigue ir más allá de su peculiar diseño y presentar evocadoras imágenes que incitan a la reflexión y la filosofía más social, sin perder de vista, por supuesto, la maravillosa pátina de ilusión y ensueño que la convierten en un título de lo más apropiado para las entrañables fechas venideras.

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