dod letter

Crítica de 'X' de Ti West: la nueva película de terror de A24 demuestra que existe el slasher de autor

[kkstarratings]

X - Ti West

Redacción: Jorge Casanueva

La percepción social del cine de terror se ha vestido de formas diferentes a lo largo de la historia. Desde la concepción expresionista al gótico, a una era dorada del cine clásico en technicolor hasta toparse con la realidad de una revolución en la industria que facilitó que las películas de miedo pasaran de la elegancia decimonónica o las invasiones de los monstruos de goma a un impacto menos ingenuo, incluso un realismo feísta que llevaba la transgresión asociada al género a extremos desagradables que aglutinaban todos los tabús en salas de medianoche y cines de programa doble de barrios dudosos. En los 70, el terror, la violencia y otras emociones fuertes eran mercancía prohibida al alcance del precio de una entrada, imposibles de encontrar en pases de televisión y relegadas a experiencias a oscuras de la misma manera que el cine porno se proyectaba en salas X.

X es una película sobre un equipo dedicado a rodar películas para adultos en esa misma época, que por ahorrar unos dólares deciden llegar a una granja de Texas en donde las cosas no van a salir como planean, como es de esperar. No es ninguna casualidad que el director Ti West haya elegido esa época para ambientar su película slasher, ya que el sexo y la muerte nunca han estado tan relacionados en la cultura como en aquel momento concreto. Ya los famosos espectáculos gore de Herschell Gordon Lewis de los 60 estaban íntimamente relacionados con los desnudos y el erotismo softcore, y clásicos de la cochambre como Blood Feast (1963) no fueron sino el paso lógico de sus famosos nudie cuties, por lo que no solo hay una relación tangente entre ambos mundos, sino que el cine independiente americano tal y como lo conocemos proviene del mismo lugar.

X - Jenna Ortega - Ti West (2022)

Mucho metraje de X se recrea en esta idea, y el director de La hija del granjero, la película dentro de la película, es en realidad un cineasta con aspiraciones que, gracias a la posibilidad de rodar en super-8, no distingue alta o baja cultura y cree que lo importante es convertir en arte lo que pasa delante de la cámara, más o menos lo que acaba intentando West en su propio largometraje de miedo, en el que muestra su nivel como director tras haber demostrado que los pequeños presupuestos no son un impedimento para mostrar un estilo personal y sofisticado en obras como La casa del diablo (2009) o Los huéspedes (2011), adscritas al movimiento mumblecore que irrumpió en el mercado a finales de los 2000, casi al mismo tiempo que la tecnología digital difuminaba las líneas entre la calidad de imagen de obras de estudio y caseras.

Estas fronteras quebradizas son la fuerza entrópica que mueve X hacia un terreno extracinematográfico, ya que el propio planteamiento sugiere una vuelta a los orígenes también para la productora A24, adalid del terror alternativo en los últimos años, que se sale aquí de sus cauces habituales de planos frontales, composiciones estáticas y simetrías para abrazar un caos controlado con piel desnuda, sudor y libido bajo un prisma de peligro, sangre y abuelos con maquillaje grotesco, propios de una película de la Troma de los años 80. El cine independiente de pedigrí abraza los horrores de cobertizo y sugiere que hay arte en todo ello, después de todo, o simplemente es el paso lógico tras cimentar su marca en nombres como Robert Eggers, David Robert Mitchell y Ari Aster, menos dados a la comedia que tan bien funciona en la nueva obra de un Ti West ajeno al logo que va a aparecer en el póster de su nueva oportunidad en la gran pantalla.

Encontramos en ella referencias a Fulci, al Mario Bava de Bahía de sangre (1971) o al Tobe Hooper de Trampa mortal (1976) y sus asesinatos con saurio. Muestra coincidencias con rarezas como Terror en la posada (1972) o American Gothic (1987), con matrimonios de la tercera edad de la América profunda aislados, reaccionando de forma violenta frente a las pulsiones sexuales de la juventud. Algo tampoco muy diferente a lo que planteaba nuestro Eugenio Martín en Una vela para el diablo (1973), en donde la represión religiosa hacía acto de presencia, algo que en X se deja caer en momentos estratégicos, a modo de un subtexto algo reiterativo, que se une a la poca sutileza a la hora de plantear su confrontación de la edad como verdugo del deseo. Sin embargo, el tono alivia las intenciones de contenido y una vez toma carrerilla la sucesión de muertes inevitables —alguna muy divertida y macabra— resuelve su jugueteo meta con mucha hemoglobina e imaginativos recursos de puesta en escena.

De hecho, el film tiene algunas ideas de montaje que dan la impresión de darle una vuelta menos mitómana a la experiencia Grindhouse (2007) de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino, que de alguna forma sigue siendo el punto de partida de la fascinación por la mugre y el celuloide estropeado de una época olvidada, tan influyente en el primer gran éxito de West como en la propia Érase una vez en Hollywood (2019), con la que Licorize Pizza (2021) y esta forman una especie de trilogía no oficial sobre el Hollywood perdido. Es un síntoma curioso, en plena crisis de ventanas de distribución y exhibición, que en el mismo año en el que una secuela grumosa y brutal de La matanza de Texas (2022), producida por un gran estudio, sea relegada a la emisión casera en Netflix por miedo mientras una hija bastarda de la original como X, que no evita el sexo y los desnudos como aquella, sea estrenada en casi 3.000 salas de Estados Unidos bajo la sombra de la compañía independiente de moda.

MÚSICA RELACIONADA

chevron-uptwitterfacebookwhatsapp linkedin facebook pinterest youtube rss twitter instagram facebook-blank rss-blank linkedin-blank pinterest youtube twitter instagram