¿Qué dice de nosotros que la canción del verano de 2026 sea un hit de 2011?

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Katy Perry - 2011

TikTok se ha convertido en una interesante vara de medir éxitos, y así lo ha probado un año más con su particular ranking de canciones del verano, donde la plataforma los temas más sonados y empleados por sus usuarios. A lo largo de la lista podemos encontrar nombres de la talla de Mac Miller (con su colaboración con Ty Dolla $ign de 2016), el clásico de Lenny Kravitz de 1991, It Ain't Over 'Til It's Over, o cositas más recientes como Slayyyter, BabyChiefDoit, Temper City o el éxito futbolero de Shakira con Burna Boy, Dai Dai. En efecto, una interesante mezcla de hits de catálogo, descubrimientos tardíos y lanzamientos nuevos. Pero desde luego, lo que no vimos venir es que el top lo coronase un tema de hace 15 años.

Y es que el regreso de The One That Got Away de Katy Perry como canción del verano de 2026 revela algo más profundo que una simple fiebre nostálgica. Que este tema, sexto single de Teenage Dream (2011), haya copado la cima del ranking demuestra definitivamente que la música de catálogo ha dejado de ser el pasado de la industria y se ha convertido en una parte cada vez más importante de su presente. Insistimos: un tema de hace quince años, cuando TikTok todavía no existía y buena parte de quienes hoy lo han convertido en banda sonora de sus vídeos todavía no habían empezado a escuchar música de manera consciente. Y sin embargo, ahí está, convertido en la Song of the Summer 2026 tanto a escala global como en Estados Unidos tras haber sido utilizado en más de 42 millones de vídeos y acumulado más de 55.000 millones de visualizaciones en la plataforma -lo que además ha provocado que el tema regresara a las listas internacionales.

Pero más allá de la calidad del tema en cuestión y de la anécdota, hay algo en este acontecimiento que parece rimar de forma directa y estrecha con una tendencia que ha dejado de ser circunstancial para convertirse en norma. Tanto que hasta TikTok ha comenzado a categorizar este fenómeno con la etiqueta "Nostalgia Revial", que prácticamente lo dice todo al respecto. Así que, a raíz de este nuevo (y no tan inesperado) triunfo de la melancolía musiquera nos preguntamos: ¿qué dice de nuestra relación con la música que una canción de 2011 pueda ser, quince años después, una de las canciones que mejor definen un verano?

¿Qué dice de nosotros que la canción del verano de 2026 sea un hit de 2011?

Para empezar, podemos tomarnos esto como una lección de humildad en toda regla por parte de esos oyentes y usuarios que han decidido plantarle cara a la tiranía de la novedad. Un duro golpe a esa idea preconcebida que durante años la industria ha tratado de vendernos sobre el valor comercial de una canción y la importancia de sus primeros meses de vida. Sabemos que durante la era del single, la radio y las listas semanales, una canción nueva necesitaba conquistar rápidamente la conversación mediática para justificar la inversión promocional que había detrás. El lanzamiento tenía, por tanto, una fecha, una campaña, una ventana de exposición y, en última instancia, una fecha de caducidad.

El streaming ha cambiado radicalmente esa lógica, logrando que una canción ya no tenga porqué desaparecer cuando deja de sonar en la radio ni cuando abandona las listas. Sobre ello, Luminate recoge varios datos que dibujan un escenario especialmente revelador. En 2025, las canciones publicadas durante los cinco años anteriores representaron el 43% del streaming de audio bajo demanda en Estados Unidos, frente al 49,6 % de 2024. Es decir, la música reciente perdió terreno dentro de un mercado de streaming que, en términos generales, siguió creciendo. Luminate también señala que las plataformas de vídeo corto se han convertido en un motor fundamental para la recuperación de canciones de catálogo, quizás con el ejemplo más claro en el popular Dreams de Fleetwood Mac, que continuó entre las 30 canciones más escuchadas en streaming de audio en Estados Unidos cinco años después de su explosión viral de 2020.

Además, y según un análisis realizado por el medio Music Business Worldwide a partir de los datos de Luminate, en 2025 más del 75 % de todo el streaming de audio anual en Estados Unidos correspondió a música de catálogo frente a las novedades lanzadas en los últimos 18 meses, suponiendo así la primera vez que se alcanza este porcentaje en la historia. Por supuesto, no significa que la música nueva haya dejado de importar, pero sin duda sí confirma que esta ha dejado de monopolizar la atención.

Para comprender mejor el fenómeno y no quedarse solo con la primera impresión, los especialistas ponen el foco en la llamada "paradoja de la abundancia":  nunca se había producido tanta música nueva y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil que una canción nueva dominara de manera absoluta la escucha. Luminate calcula que en 2025 se enviaron a los servicios digitales una media de 106.000 nuevos ISRC al día (aka, el Código Internacional Normalizado de Grabación, lo que viene a ser el DNI de una grabación musical), un 7 % más que el año anterior, confirmando que la oferta crece a una velocidad extraordinaria (pero que la capacidad humana para prestar atención a dicha oferta no).

El resultado es una economía musical en la que cada lanzamiento compite contra millones de canciones nuevas y, además, contra prácticamente toda la música que se ha publicado antes. Una selva impredecible y atemporal donde cualquier canción puede llevarse el oro sin verlo venir. Desde luego, nadie se esperó que Fleetwood Mac necesitase un vídeo de Nathan Apodaca patinando mientras bebía zumo de arándanos para que Dreams, publicada en 1977, regresara a las listas en 2020 o que Kate Bush encontrara en Stranger Things el sobrevenido éxito de Running Up That Hill hasta alcanzar el número uno británico, superando incluso su posición original. La investigación académica posterior sobre el fenómeno encontró que TikTok no funcionó únicamente como mecanismo de difusión, sino que los usuarios utilizaron la canción para covers, análisis, parodias y nuevas formas de participación alrededor de ella, convirtiendo la recuperación comercial en una nueva experiencia de fandom.

Y la lista podría prolongarse ad infinitum: Goo Goo Muck de The Cramps volvió a circular tras su uso en la serie Miércoles; Murder on the Dancefloor de Sophie Ellis-Bextor hizo lo propio, y de qué manera, gracias a Saltburn;... Nuevas oportunidades para temas que ya fueron buenos en su momento y que nunca es tarde para recuperar y reivindicar.

Claro que, tampoco parece necesario irse tan lejos en el calendario. Si algo han probado algunos de los éxitos recientemente rescatados del altillo que es la nostalgia ya no mira tan atrás y una parte importante de la audiencia ha comenzado a mirar con esa melancólica devoción a fechas que a más de uno le pueden resultar cercanas, como los 2000 y los 2010. La generación que ahora tiene capacidad para convertir canciones en tendencias está llegando a la edad adulta y ha empezado a rescatar la música con la que crecieron sus hermanos mayores, sus padres o ellos mismos durante la infancia. En 2025, Luminate detectó un crecimiento particularmente fuerte de las canciones pop publicadas entre 2007 y 2012, cuyo volumen en streaming en Estados Unidos aumentó un 6,4%, por encima del crecimiento general de la industria, del 4,6%.

Y en el primer semestre de 2026 la tendencia ha continuado. Luminate señala que el crecimiento del género dance/electrónica en Estados Unidos estuvo acompañado por un fenómeno de nostalgia que impulsó canciones publicadas entre 2015 y 2017, entre ellas temas como Closer de The Chainsmokers y Halsey. Un hecho que introduce un nuevo paradigma dentro del análisis del éxito, y es que estamos viviendo una curiosa realidad en la que una canción ya no tiene por qué experimentar un único ciclo de éxito, sino que puede tener varios (cuando se publica y, años después, cuando reaparece en una serie y hasta cuando pasa a convertirse en un meme). La curva de consumo deja de ser una línea descendente y se parece cada vez más a una sucesión de picos. Encontramos otro gran ejemplo en Can’t Feel My Face de The Weeknd, publicada en 2015, que experimentó un importante repunte de escuchas tras la actuación del artista en la Super Bowl de 2021; en 2025 (es decir, diez años después de su publicación original), el tema acumulaba ya 117,5 millones de streams (un 57 % más que en el mismo periodo de 2020), confirmando que el ciclo vital de la canción continuó creciendo exponencialmente a lo largo de su primera década de existencia.

Una pequeña lección de humildad para la industria

Todo esto plantea una incómoda contradicción que, por supuesto, no ha dejado indiferente a la industria musical. Esta suerte de máquina de hacer dinero lleva años perfeccionando sus engranajes para producir, lanzar y promocionar canciones nuevas con una frecuencia casi industrial, provocando que tanto prensa especializada como fans y oyentes no den a basto para dedicarle el tiempo que se merecen a cada single, EP, álbum, campaña, teaser, colaboración, videoclip o estrategia de contenido que semanalmente llega.

Contra esta saturación, el oyente medio ha decidido romper esta cadencia y redescubrir, reivindicar y celebrar la música sin el prejuicio del calendario ni la presión de FOMO encima. Ya no importa el año del tema ni la realidad que hay detrás de esa publicación, ni siquiera si su intérprete sigue en activo; lo que importa es el momento del descubrimiento, el aquí y el ahora.

Pero el fenómeno va más allá de una simple rebelión involuntaria del público contra la lógica de la novedad permanente. El auge de la música de catálogo también ha tenido consecuencias económicas, hasta el punto de convertir ciertas canciones del pasado en uno de los activos más codiciados de la industria musical. La oleada de compraventas de catálogos que se produjo especialmente entre 2020 y 2022 no fue casual. Sony Music llegó a pagar alrededor de 500 millones de dólares por el catálogo de Bruce Springsteen, Universal adquirió el de Neil Diamond y Sony hizo lo propio con el repertorio grabado de Bob Dylan, mientras compañías como Hipgnosis levantaban enormes fondos de inversión alrededor de una premisa tan sencilla como revolucionaria: una canción no deja de generar valor porque haya dejado de ser nueva.

Aquella fiebre tuvo, sin embargo, su propia dosis de exuberancia financiera e Hipgnosis llegó a construir una cartera de decenas de miles de canciones y a gastar cantidades millonarias en derechos, convencida de que el streaming convertiría los repertorios consolidados en activos de rendimiento relativamente predecible. Pero el mercado demostró que tampoco vale todo y en 2023 los accionistas de Hipgnosis rechazaron una operación de 440 millones de dólares para vender parte de su catálogo y la compañía terminó desprendiéndose de unos 20.000 derechos por aproximadamente 23,1 millones de dólares, un 14% por debajo de su valoración previa.

Esto abre otor melón, y es que, que la música de catálogo pueda llegar a ser extraordinariamente valiosa no significa que todo el catálogo de un mismo artista lo sea. Su valor depende de algo bastante más abstracto y, como decíamos antes, impredecible: cuánta gente decide volver a escuchar un determinado tema, con qué frecuencia, durante cuánto tiempo y hasta qué punto esas canciones pueden encontrar nuevos públicos. Luminate señala precisamente que el streaming, los hábitos de los fans y la distribución del consumo dentro de una discografía son algunos de los elementos fundamentales para calcular el valor de estos activos a día de hoy, con el caso de Slipknot como ejemplo: sus 2.200 millones de reproducciones globales bajo demanda en 2024 duplicaban las registradas en 2020, mientras que su consumo estaba relativamente repartido por toda la discografía y no concentrado exclusivamente en un puñado de éxitos.

Un puñado de variables, entre ellas el tiempo y el peso de la memoria colectiva, que ninguna estrategia de lanzamiento puede controlar completamente. Y esa es quizás la lección más incómoda que nos deja el verano de 2026. En un mercado que puede producir decenas de miles de nuevas grabaciones cada día, el verdadero valor de una canción no está necesariamente en conseguir que todo el mundo la escuche hoy, sino en hacer una canción lo suficientemente buena para conseguir que alguien pueda volver a encontrarla mañana.

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