
Redacción: Marcos Molinero
El Parc del Fòrum abrió a medio gas, como dicta la tradición. Aforo contenido, un único escenario y esa sensación de que todo sigue siendo una especie de ensayo general con público. Pero incluso en ese contexto, ya se intuía por dónde iban a ir los tiros en la primera jornada de un festival que, poco a poco, iba tomando temperatura.
La encargada de romper el hielo fue Ouineta, y lo hizo desde ese territorio incómodo que cultiva con bastante habilidad: un pop desquiciado que oscila entre lo naíf y lo calculádamente irritante. Hay algo provocador en su manera de tensar el ridículo hasta convertirlo en propuesta artística, como si jugara constantemente a comprobar cuánto puede forzar el gesto antes de que el público decida si reírse o sentirse incómodo. Algo así como una versión urbana y digital de Rodolfo Chikilicuatre, pasada por el filtro del hyperpop.
Y, curiosamente, funciona. Entre bases con ecos de electroclash, melodías deformadas y una puesta en escena que parece debatirse entre la parodia y la sinceridad absoluta, su actuación operó más como una performance que como un concierto convencional. La aparición de Mushka en Nois reforzó todavía más ese discurso ambiguo y el cierre con DMs dejó una sensación tan divertida como incómoda: la de contemplar un espejo deformado de nuestra propia dependencia digital.
El cambio de registro fue inmediato y mucho más estimulante. El turno de Yard Act elevó notablemente el nivel de la jornada. El quinteto de Leeds salió al escenario con la intuición de que el espacio se les quedaba pequeño. Aquí sí había nervio, actitud y personalidad. Guitarras tensas, un piano utilizado para generar fricción en lugar de ornamentación y un James Smith especialmente inspirado, disparando sus relatos con precisión quirúrgica.
Lo suyo no es exactamente caos, sino una coreografía perfectamente calculada del desorden. Todo parece a punto de desmoronarse, aunque nunca termina de hacerlo. Las referencias a figuras como Mark E. Smith o Nick Cave aparecen de forma evidente, pero funcionan más como punto de partida que como dependencia estilística. La camiseta de Napalm Death que lucía Smith ya dejaba entrever ciertas intenciones.
Incluso cuando las letras se instalan en ese territorio del “no tengo nada nuevo que decir”, la banda consigue que todo suene urgente, inquietante y necesario. Y cuando permiten que aparezcan elementos más juguetones, con pulsos casi funk y la irrupción puntual del saxo, amplían su lenguaje sin perder agresividad. Como si una banda de jazz hubiera tenido una experiencia especialmente desafortunada con las drogas.
The Overload, por supuesto, fue el momento culminante. Una descarga seca, afilada y brillante que justificó por sí sola la asistencia. Si alguien hubiera decidido abandonar el recinto después de aquello, probablemente se habría marchado con la mejor sensación de toda la noche.
Con el recinto ya completamente lleno llegó el turno de Guitarricadelafuente, convertido en una de las principales apuestas nacionales del cartel. Su actuación fue solvente, elegante y muy bien recibida, aunque también dejó cierta sensación de comodidad. Hay oficio, hay canciones y hay una evidente capacidad para conectar con su público. Sin embargo, cuando un concierto provoca más suspiros que aplausos quizá algo no termina de funcionar como debería.
Temas como Futuros amantes o Port Pelegrí encontraron fácilmente a una audiencia predispuesta a dejarse llevar. Pero en ese tránsito constante entre la intimidad y el gran espectáculo apareció una cierta previsibilidad emocional. Como si cada gesto, cada pausa y cada explosión estuvieran perfectamente calculados de antemano.
La aparición de Bad Gyal en pantalla funcionó más como guiño que como auténtico revulsivo, mientras que los momentos en los que el artista se quedó prácticamente solo, acompañado únicamente por un teclado o una guitarra, fueron los que mejor reflejaron las fortalezas reales de su propuesta. Menos artificio y más emoción directa.
Tramuntana apuntó alto y Babieca! cerró el concierto con eficacia, aunque quedó la sensación de estar ante un artista que domina perfectamente su fórmula y que todavía no ha decidido cuánto está dispuesto a desafiarla.
La responsabilidad de cerrar la jornada recayó sobre Wet Leg, una banda que parece haber entendido exactamente qué espera la audiencia de ella y que ha decidido no complicarse demasiado la vida. Hay ganchos melódicos, guitarras de brillo noventero y letras que juegan constantemente con la ironía y la irreverencia. Sin embargo, todo aparece envuelto en una ligereza que, con el paso de los minutos, empieza a acercarse peligrosamente a la intrascendencia.
Catch These Fists abrió con actitud, aunque más cercana a la pose que a una amenaza real. A partir de ahí, el repertorio transitó entre canciones simpáticas y una cierta sensación de piloto automático. Temas que entran con facilidad pero que dejan poco rastro una vez terminan. Como si el ingenio siempre se quedara en la superficie.
Incluso los momentos más celebrados parecían funcionar más por reconocimiento previo que por impacto genuino. Había respuesta del público, había entusiasmo y había una evidente química entre escenario y pista. Pero costaba encontrar algo que trascendiera más allá del gesto.
El balance final de la jornada fue el de una noche marcada por los contrastes. La provocación juguetona de Ouineta, la brillantez incontestable de Yard Act, la solvencia emocional de Guitarricadelafuente y la eficacia algo vacía de Wet Leg dibujaron un arranque desigual pero interesante. Si la primera jornada sirvió para algo, fue para confirmar que el primer gran momento de este Primavera Sound ya tiene nombre propio: Yard Act.