Jack White - Boarding House Reach [Crítica]

16 abril, 2018
Redaccíon: dod Magazine

Boarding House Reach - Portada - Jack White

Redacción: Andrea Genovart

¿Qué le ha pasado a Jack White? es la pregunta que todo el mundo se hace cuando escucha Boarding House Reach (2018, Third Face) le guste o no. O aunque todavía no sepa si le gusta o no, probablemente la situación mayoritaria. Desde luego, a Jack White algo le ha pasado, pues en él no hay ni explicación ni coherencia con lo que hacía como ex-líder de The White Stripes o The Raconteurs, como tampoco con su nueva carrera en solitario. Estilos con los que nunca se había asociado y temas sin ningún tipo de continuidad, haciendo que su tercer larga duración en vez de estar compuesto por trece temas lo esté por trece mil aportaciones distintas e inconexas respecto a las otras. Una propuesta que escapa de toda definición, que busca jugar y despistar, ser acusado de excesiva experimentación. Definida más por la sensación que provoca que por su heterodoxia perseguida y burladora; sensación que de la forma más justa a que nos podamos referir sea de desconcierto.

Estaremos de acuerdo en que Connected By Love cumple su función de abrir el telón. Se trata de una pieza de solemnidad, que se sitúa en un ritmo que no acaba de arrancar y que arriesga con el gospel saliendo exitoso. Un tema impropio del artista - como el resto de sencillos del disco - pero que consigue pasar desapercibido por ser el encargado de abrir puerta a la imprevisible selva que uno se encuentra después. Pero ya con el siguiente, Why Walk A Dog?, la cosa empieza a ser sospechosa. O, mejor dicho, a reafirmarse las sospechas. Una pieza de rock clasicón y una voz en diferido todo lo posible, interrumpida por unos solos de guitarra totalmente desvergonzados y que intervienen con la misma violencia y rapidez que un saqueo en casa desconocida. Son los dos primeros sencillos, pero aquí uno ya ha empezado a echar en falta el ritmo, ese pose canalla. La garra, joder, la garra.

Y sí, llega en la pista siguiente, pero no de la forma en que imaginábamos. Y que seguramente nunca imaginamos que se podría llegar a dar. Corporation: el funk, el latin jazz, un poco de rockabilly y blues, y Jack White gritando cánticos de gangsta de vez en cuando para reconducir los cauces de ese totum revolutum que no sabes por dónde coger. Todo ello con un chute aleatorio de sintetizador inclusive. Un viaje de atracción ¿de feria? de la que bajas mareado y sin saber a santo de qué. Pero del que apenas te da tiempo a procesar nada: de repente aparece lo que piensas que será un interludio pacífico y reconciliador, la tregua necesaria para airearte y recuperar las fuerzas imprescindibles para mantener una receptividad en la escucha. Interludio más bien falso y engañoso en apariencia, Abulia and Akrasia resulta ser un minuto y poco de una pieza de violín y trombón sobre la cual el cantante más bien recita, hecho que parece que estemos ante la escucha de un acto poético de lo más convencional. Minuto y poco pero suficiente para poder llegar a aburrirte. Una pausa narrativa y descontextualizadoras que se repite en Everything You’ve Ever Learned o Ezmeralda Steals The Show. Sin volver a entender muy bien el porqué.

Hypermisophoniac es otra cosa del otro nuevo mundo del compositor, pero que cabe reconocer que interesante. Se trata de una pieza algo soul, con sus coros femeninos y una gran presencia de la tecla, pero con una modernidad más que insistida por unos sintetizadores chirriantes y tan poco integradores que parece una alarma del coche de fondo mientras se grababa el tema. Para igual o más bizarro es esa especie de rap en Ice Station Zebra, dónde la batalla de gallos es más bien entre piano y guitarra, o los aires heavys de Over and Over and Over. Pero en Respect Commander ya echa de menos unos orígenes más conservadores y juega a ser el sucesor de Neil Young.

La vertiente más sofisticada y electrónica la tiene quizá Get In The Mind Shark, que llama la atención sobre todo por la parte vocal: una voz robótica desbanca la desgarrada de Jack White, convirtiendo la pieza en algo cien por cien resultado de la sofisticación. En la otra cara de este último tema y de modo excepcional estaría, de hecho, la penúltima canción de Boarding Reach House: algo de indie cuidado y sin pretensiones excéntricas es rescatado en What’s Done Is Done, que nos deja entrever los resquicios de este nuevo Jack White que en estos tres años no se había escondido sino que, sencillamente, se había ido. Sin nosotros haberlo sabido. Tema al que se añade, ya para cerrar casi una hora de una experiencia difícil de encajar y extraña, Humoresque: una balada de piano que va adquiriendo ritmo progresivamente gracias a la superposición de capas de guitarra y bajo. Y sí, sólo eso, ya está.

Se entiende que es normal no saber qué pensar. Al menos en el primer minuto de silencio. Sea lo que sea, está claro que esta tercera entrega del compositor de Detroit no quedará en el olvido. O bien se recordará como la primera seña de pérdida o bien como aquel paréntesis de locura que rompe la linealidad de su trayectoria. Lo incunable. Y eso siempre será positivo, ya que es sabido que el mayor enemigo para un artista es la indiferencia. Del resto ya se encargará el tiempo y sus efectos. Pero de todos modos, Boarding Reach House ya ha conseguido algo sobre lo que músicos y seguidores reflexionar y tomar distancia. Y ello ha sido señalar como ante la rareza - o a eso le solemos llamar a unas expectativas frustradas - la crítica, desarmada, acaba por ser negativa. No comprender la creación no debe suponer cuestionar a su creador. En todo caso, preguntarnos qué hay en nosotros que nos impide la aproximación.

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