
Redacción: Marcos Molinero
La música experimental de Can se sustentaba principalmente sobre tres pilares: la percusión de Jaki Liebezeit, auténtico motor del grupo; la improvisación constante de todos sus miembros; y un fascinante cóctel de influencias que iba desde la psicodelia más extrema de Pink Floyd hasta la experimentación futurista de The Velvet Underground, pasando por el funk hipnótico de James Brown, la revolución sonora de Lee "Scratch" Perry y, sobre todo, el free jazz incendiario de John Coltrane.
Pero Can nunca sonó como ninguno de ellos. Lo absorbían todo para acabar convirtiéndolo en algo completamente nuevo.
Su influencia ha sido gigantesca. Sin ellos sería imposible entender el punk, el post-punk, el hardcore, la new wave, el indie, la música electrónica, el ambient o la música industrial. Bandas como Joy Division, Talking Heads, Radiohead, Sonic Youth, Primal Scream, The Fall, LCD Soundsystem o Tortoise les deben mucho más de lo que seguramente estarían dispuestas a reconocer. Incluso David Bowie confesó que Can fue una de las razones por las que decidió instalarse en Berlín durante su etapa más creativa.
Por todo ello quiero rendir homenaje a una banda que, aunque siga siendo una gran desconocida para el gran público, probablemente haya influido en muchas de las bandas favoritas de quien esté leyendo estas líneas.
Can nació en Colonia a mediados de 1968. La formación original estaba integrada por Holger Czukay, Irmin Schmidt, Michael Karoli, Jaki Liebezeit y el flautista David C. Johnson. Todos, excepto Karoli, habían estudiado con Karlheinz Stockhausen, uno de los compositores más revolucionarios del siglo XX. Aquella formación tenía una sólida base de música contemporánea, pero también una obsesión enfermiza por el rock, el soul, el jazz y cualquier sonido susceptible de ser manipulado.
Poco después se incorporó el cantante estadounidense Malcolm Mooney, un artista tan inquieto como imprevisible. Con él comenzaron los primeros conciertos, largas improvisaciones que podían durar varias horas y que cambiaban radicalmente cada noche.
Todavía sin un nombre definitivo, instalaron su estudio, Inner Space, en Schloss Nörvenich, un castillo medieval situado a las afueras de Colonia. Pocas bandas pueden presumir de haber grabado algunas de las páginas más importantes de la historia del rock experimental en un castillo del siglo XIII.
David C. Johnson abandonó el grupo a finales de ese mismo año, aunque antes dejó registradas varias grabaciones que décadas después aparecerían reunidas bajo el título Delay 1968.
También por aquellas fechas surgió el nombre definitivo de la banda. Malcolm Mooney y Jaki Liebezeit propusieron llamarla simplemente Can. Más tarde, Irmin Schmidt alimentó el misterio asegurando que aquellas tres letras podían entenderse como un retroacrónimo de Communism, Anarchism and Nihilism. Nunca quedó del todo claro si hablaba en serio o simplemente estaba jugando con la prensa. Muy Can.
Otra de las grandes leyendas del grupo era su método de trabajo. Grababan absolutamente todo. Ensayos, improvisaciones, errores, conversaciones... cualquier sonido podía acabar convertido en una canción. Holger Czukay actuaba como un montador de cine: cortaba kilómetros de cinta magnética con una cuchilla, pegaba fragmentos y construía las canciones a partir de improvisaciones. Mucho antes de que existieran los samplers o los ordenadores, Can ya trabajaba como si editara música digital.
En 1970 publicaron Soundtracks, un disco formado por composiciones escritas para películas alemanas. Dos de aquellas piezas todavía contaban con la voz de Malcolm Mooney, cuya creciente inestabilidad emocional, agravada por el consumo de drogas, acabaría obligándole a regresar a Estados Unidos siguiendo el consejo de un psiquiatra.
Su sustituto llegó casi por accidente. Kenji "Damo" Suzuki estaba cantando por las calles de Múnich cuando los miembros de Can lo vieron actuar. Aquella misma noche le invitaron a subir al escenario sin haber ensayado una sola vez. Aceptó. El concierto fue un éxito y, sin más pruebas ni reuniones, pasó a formar parte del grupo. Sólo algo así podía ocurrirle a Can.
Con Damo Suzuki grabarían la considerada por muchos como su gran obra maestra: Tago Mago (1971).
Pocas veces un álbum doble ha sonado tan adelantado a su tiempo.
Es un disco para perderse. Para escucharlo de madrugada, con las luces apagadas y la cabeza abierta a cualquier posibilidad. No pretende gustarte. Pretende transformarte.
Paperhouse arranca suspendida entre la psicodelia y un rock narcótico que parece caminar sonámbulo. Todo cambia alrededor del segundo minuto. Liebezeit pisa el acelerador, Karoli convierte la guitarra en un animal salvaje y la canción estalla en una explosión de electricidad contenida. Hipnosis absoluta.
Mushroom resulta todavía más inquietante. El ritmo es obsesivo, casi militar, mientras las guitarras parecen lanzar dentelladas y Malcolm Mooney se deja literalmente la garganta. Hay algo profundamente enfermizo en ella. Y precisamente por eso funciona tan bien.
Oh Yeah parece el resultado de encerrar a Jim Morrison en un laboratorio lleno de cintas al revés, percusiones africanas y sustancias poco recomendables. Las voces invertidas, los cambios de perspectiva y la sensación de caos controlado siguen sonando modernas más de medio siglo después.
Y entonces llega Halleluhwah.
Dieciocho minutos.
Dieciocho minutos de uno de los mejores grooves jamás grabados.
Liebezeit demuestra por qué era conocido como "el metrónomo humano". Apenas introduce variaciones, pero consigue que el ritmo respire como un organismo vivo. Sobre esa base, el resto del grupo entra y sale de la canción como si estuviera improvisando en otra dimensión. Si el krautrock tiene un himno, seguramente sea éste.
Cuando todavía estás intentando recuperarte aparece Aumgn. No es una canción. Es una sesión de espiritismo grabada en cinta magnética. Un viaje entre susurros, ruidos, drones y respiraciones que anticipa décadas de ambient, industrial y música electrónica experimental. Brian Eno tomó buena nota. David Bowie también.
Después llega Peking O, posiblemente el corte más demente del disco. Voces imposibles, percusiones tribales, ruido, improvisación salvaje... Parece que Can hubiera decidido abrir un agujero en la realidad durante quince minutos.
El cierre corre a cargo de Bring Me Coffee or Tea. Después del vendaval anterior, casi parece una balada... aunque dure cerca de siete minutos. Las guitarras vuelven a brillar, Damo Suzuki canta con una delicadeza inesperada y el grupo baja lentamente las revoluciones para dejar al oyente con la sensación de haber sobrevivido a una experiencia irrepetible.
Porque eso era Can.
No hacían canciones.
Abrían puertas.
Y una vez las cruzabas, ya no volvías a escuchar la música de la misma manera.