'Disintegration' de The Cure cumple 30 añazos, pero qué bien se conserva

30 enero, 2019
Redaccíon: dod Magazine

The Cure (2018)

Redacción: Ozantoño Torres

Si hay un disco que celebra en este 2019 treinta añetes de su publicación, y que a quien esto que escribe lo sulibelle, como la canción Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina, es el Disintegration de The Cure. Se publicó en 1989 y es una ocasión idónea para hacerle un homenaje. Bueno, en realidad, para celebrar este disco cualquiera lo es. Sé que, me ponga como me ponga, saldrá una crónica repletica de hipérboles y exageraciones varias, pero es que no lo puedo evitar. Para mí no es un disco; es EL DISCO. La obra maestra de los Cure. Con esta de trigésimo aniversario rompieron la racha ecléctica de sus anteriores singles. Y, además, enterraron esa etapa para posicionarse, nuevamente, en el sonido siniestro  primigenio.

Robert baja la moral y hace lo mismo con el álbum, pues todo en sí es un homenaje a la derrota amorosa, al adiós, a la ruptura. Son composiciones largas, (excepto Lovesong todas pasan de los 4 minutos) donde la banda de Crowley se pone a soltar frases lapidarias y te llevan de lleno a la melancolía. Si eras raruno, nerd, friki y no estabas en la onda del momento; este era tu disco.

Es el trabajo musical que más he regalado. El otro día, en la entrevista a Alfred García, en el preámbulo de la misma y conversando de temas varios, me pidió que le recomendase una obra y le dije que, of course, esta. Disintegration no es sólo uno de los discos más alabados de la carrera de The Cure, sino, posiblemente, el más imprescindible de todos. Tal vez donde más temas suicidas encontremos y en el cual  prevalece una imagen oscurísima. Mi recuerdo personal es que con este trabajo me hice acérrimo de ellos. Años después, hablando con “cureros” de varias generaciones, también coincidían en ello. Y no solo la mitomanía acompañó este disco; llegaron a lo más alto del Billboard durante semanas, cosa que nunca les había pasado en toda su carrera. Ni posteriormente lo lograrían.

Cuenta la leyenda que antes de meterse en el proceso de grabación, el mismo Robert Smith comentó a la banda que no quería hacer ni un solo himno; y mira por donde, le salieron al menos cuatro. Leyendo artículos y reportajes de la época sobre la elaboración del mismo, se destaca que el empleo del grupo al mismo fue inmenso. La casa discográfica tenía canguelo porque Robert les había dicho que iban a hacer un disco oscuro y nada comercial. Pero no fue el caso y respiraron aliviados. Cuando lo escuchas al completo te das cuenta que los detalles están depurados al máximo. Incluso los teclados tienen un brillo mayor que en otras canciones suyas. En un momento de la grabación, Robert propuso que las guitarras se superpusieran unas sobre otras para no diferenciarlas. Además, se curraron las líneas del bajo hasta el extremo de no ser arrastradas, sino usadas de un modo que el oyente quede guiado por todo el disco. Robert en estado máximo de creatividad.

El disco lo abre Plainsong. Si lo oyes bien, te das cuenta que es un homenaje al Atmosphere de los Joy Division, ambas dotadas de un halo místico cuando la escuchas. Es un inicio perfecto para adentrarnos en un compendio de magia, que es lo que nos espera de principio a fin. En el primer track la voz de Robert Smith se pierde en el eco, como si cantase dentro de una cueva. Pictures of You, otra pieza larga de siete munitajos, tiene esa áurea etérea con una de las letras más emotivas del disco. Tal vez el sonido más pop sea para Lovesong, reconocible por unos teclados perfectos. Y claro, está esa que nunca falla, Lullaby, un track al que los años le ha otorgado un misterio casi tanto como a su vídeo. Yo tenía un póster inmenso en mi habitación de Robert Smith tumbado en la cama. Esta imagen se convirtió en todo un referente de los adolescentes rarunos de la época. Fascination Street era el único tema que, en su momento, no me motivaba nada. Con los años, después de múltiples escuchas y verles en directo, se ha convertido en uno de mis preferidos, amplio contraste del Prayers for Rain. Y no puedo dejar atrás la intensidad máxima del mismo, que es esa tonada que da título a la obra; no es rock progresivo, es pop gracias al bajo de Simon Gallup y a la batería de Boris Williams.

Aladdin Sane de Bowie, el The Queen is Dead de The Smiths, Road to ruin de The Ramones o el Romancero de La Bien Querida, por poner uno patrio, son ya discos que forman parte de mis muy apreciados discos, múltiplemente escuchados. Pero nunca podré dejar atrás Disintegration por mucho que pasen cinco años, treinta años o un siglo. Si no lo han escuchado entero háganse ese favor. Me lo agradecerán. Incluso en Spotify tienen la Deluxe Edition. Así que, para cerrar este artículo, susurremos todos eso de that the Spiderman is having me for dinner tonight.

 

 


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