
Cerca de 8.000 personas pasaron este fin de semana por los Jardines de Viveros para vivir la decimocuarta edición del festival Deleste, una edición que confirma el gran momento del evento y que reafirma su identidad como una propuesta internacional, valenciana, coherente y diferente dentro del circuito nacional. Durante dos jornadas, Valencia volvió a convertirse en un refugio para quienes entienden la música como algo más que entretenimiento, un espacio donde convivieron electrónica, rock, descubrimientos, baile y mucha emoción, en un entorno privilegiado y con una personalidad cada vez más definida.
Una vez más, Deleste volvió a proponer una experiencia pensada para detenerse, observar y disfrutar de la música sin prisa, poniendo en valor los matices, el descubrimiento y la emoción de cada directo.
La primera jornada tuvo un marcado carácter electrónico y atrajo a un buen número de asistentes llegados desde fuera de la Comunitat Valenciana. Ni siquiera el caluroso mes de mayo logró rebajar la intensidad de un público entregado desde primera hora. La apertura corrió a cargo de Billy Nomates, sola sobre el escenario y enorme en presencia. Su crudeza emocional y su magnetismo conquistaron desde el primer minuto a unas primeras filas con seguidores llegados incluso desde Madrid solo para verla.
En los cambios de escenario apareció Mateo Cabero, que lució una camiseta de los Chemical Brothers como una declaración de intenciones. El productor y dj valenciano mantuvo la tensión de la velada con una selección impecable que convirtió cada transición en una pequeña celebración electrónica, confirmando por qué es uno de los secretos mejor guardados de la escena local.
Desde Toronto llegaron Holy Fuck para demostrar que son una de las bandas más indómitas y respetadas de la electrónica orgánica mundial. Sintetizadores analógicos, pulsión orgánica y un directo salvaje que alcanzó uno de los momentos más emocionantes del festival con Lovely Allen.
Y entonces cayó la noche y apareció Apparat. Lo de Sascha Ring no fue un concierto, sino una experiencia inmersiva de gran belleza. Los Jardines de Viveros se transformaron en un club a cielo abierto donde cada sonido parecía suspendido en el aire, con un despliegue de alta fidelidad que elevó el festival a otra dimensión.
Antes del gran cierre, Miss_Tra firmó el warm up perfecto para la llegada de los gigantes noruegos. La dj y productora valenciana demostró por qué es una de las mentes más inquietas de la escena electrónica local, tendiendo un puente hacia Noruega desde Islandia de la forma más icónica posible, con un tema de Björk. El estallido definitivo llegó con el esperado dj set de Röyksopp, que cerró la noche con una actuación brutal y una entrega absoluta. El colófón llegó cuando sonaron los acordes de su himno generacional What Else Is There? y el festival estalló en euforia colectiva.
La segunda jornada arrancó con electricidad inmediata gracias a The Molotovs, jóvenes, descarados e incendiarios. Al trío británico le daba igual el sol de la tarde o las caídas sobre las tablas: lo suyo era actitud, descaro y rock and roll en vena. En cabina, MEdj entendió el momento y, con los Jardines ya entregados, la dj murciana construyó un warm up impecable para la llegada de Primal Scream, mezclando pasión, oficio y un sentido del ritmo imbatible.
Y entonces aparecieron ellos. Primal Scream, leyenda viva, un grupo que juega en otra liga y que convirtió Viveros en una celebración pagana del rock. Bobby Gillespie salió a devorar el escenario y el público respondió coreando himno tras himno como si fuera un ritual colectivo. Tras semejante liturgia, Toxicosmos mantuvo encendida la llama con una sesión llena de nostalgia luminosa, baile y unos visuales maravillosos.
Uno de los conciertos más impactantes del festival llegó después con Anna Calvi. Lo suyo fue puro magnetismo escénico, un espectáculo cinematográfico de tensión, elegancia y delicado salvajismo, donde cada gesto, cada silencio y cada nota parecían calculados con precisión artística. Para muchos, el concierto de la jornada. Jugando en casa, Los Invaders salieron a devorar el escenario entre pogos, sudor y celebración colectiva, firmando uno de los directos más desbocados y canallas del fin de semana.
Para cerrar llegó el viaje definitivo. Kerala Dust ofrecieron un concierto hipnótico, sofisticado y difícil de explicar con palabras convencionales. Más que un directo, fue una experiencia sensorial suspendida entre la electrónica, el kraut y la psicodelia nocturna. Un cierre perfecto para un festival que, una vez más, volvió a parecer de otro planeta.