Crónica: VESU Festival 2026 - Jornada del sábado

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Vesu Fest 2026Redacción: Pablo López

La segunda jornada del VESU Festival amaneció con la amenaza constante de lluvia sobre Oviedo. El cielo gris acompañó durante buena parte del día, pero ni las nubes ni algún amago de tormenta consiguieron alterar el ánimo de un público que volvió a convertir El Campillín en uno de los grandes puntos de encuentro de la música en directo en Asturias, cumpliendo este año con su sexta edición.

Con una programación que alternó propuestas emergentes y nombres consolidados, el sábado demostró que el VESU sigue creciendo sin perder la cercanía que lo distingue.

Las Petunias fueron las encargadas de abrir la jornada con la frescura y la irreverencia que caracteriza a la banda madrileña. Su punk-pop desenfadado funcionó especialmente bien en un horario complicado (13:00), consiguiendo romper el hielo desde los primeros minutos. Su mayor virtud sigue siendo la naturalidad: no buscan artificios y precisamente ahí reside buena parte de su encanto. Con un público que se iba incorporando hizo restar algo de intensidad al ambiente, pero el grupo supo sacar adelante una actuación dinámica y divertida.

DenisDenis tomó el relevo con una propuesta muy distinta, más cercana al pop alternativo de texturas delicadas. El cambio de registro aportó equilibrio a una programación bien pensada. Auténticos temazos como Baile de almas, No voy a parar y La virtud del alba hicieron que se encontrase ese punto de conexión, confirmando así que esta banda gaditana a la voz de Déniz Vélez tiene mucho que aportar a la industria, creando y definiendo estructuras cada vez con más personalidad.

Uno de los momentos más esperados llegó con La Sonrisa de Julia. Su regreso a los escenarios asturianos después de haber pasado la Sala Gong en su presentación de gira tenía un evidente componente emocional, y eso se notó tanto sobre las tablas como entre el público. La banda demostró que conserva la capacidad de construir conciertos sólidos, apoyados en un repertorio que ha envejecido de una manera espectacular. Más allá de la nostalgia, el grupo transmitió la sensación de seguir creyendo en sus canciones, algo que terminó contagiando a un público especialmente entregado. Quizá el paso del tiempo ha suavizado parte de la intensidad de sus primeras giras, pero también ha aportado una madurez interpretativa que juega claramente a su favor.

Con Depresión Sonora cambió por completo la atmósfera del festival. Marcos Crespo volvió a demostrar por qué se ha convertido en una de las voces más representativas del post-punk nacional. Su propuesta mantiene esa mezcla de frialdad estética y carga emocional que conecta especialmente con una generación que ha encontrado en sus letras un reflejo de muchas de sus inquietudes. Musicalmente el concierto fue contundente y emocional, aunque en algunos pasajes el sonido pudo haber ofrecido una mayor definición para potenciar todavía más unas composiciones que funcionan especialmente bien cuando todos sus matices encuentran espacio.

Puño Dragón protagonizó uno de los directos más celebrados del sábado. La banda asturiana, jugando en casa mostró un nivel de compenetración sobresaliente, desplegando un concierto intenso, energético y con un ritmo que apenas concedió respiro. Su capacidad para involucrar al público convirtió su actuación en uno de los grandes puntos álgidos de la jornada. Más allá de la potencia instrumental, destacó la naturalidad con la que el grupo ocupa el escenario, sin necesidad de grandes artificios para mantener la atención de los asistentes.

El cierre quedó en manos de María Arnal, probablemente la propuesta más singular de toda la jornada. Su actuación apostó por una experiencia donde la música, la electrónica y la experimentación audiovisual convivieron con absoluta naturalidad. No fue un concierto pensado para buscar el aplauso fácil, sino para invitar al espectador a sumergirse en un universo sonoro propio. Esa apuesta exige también cierta predisposición por parte del público y, aunque no todos conectaron del mismo modo con la propuesta, quienes entraron en ella pudieron disfrutar de una de las actuaciones artísticamente más ambiciosas del festival.

Si hubo algún aspecto mejorable durante la jornada fue la incertidumbre provocada por la meteorología y algún pequeño ajuste técnico puntual entre conciertos, situaciones habituales en un festival al aire libre. Ninguna de ellas terminó condicionando seriamente el desarrollo del programa ni empañó una organización que volvió a demostrar capacidad de adaptación.

El sábado dejó además una sensación de que el VESU ha encontrado un equilibrio muy interesante entre descubrimiento y consolidación. Conviven artistas emergentes con proyectos ya establecidos sin que la programación pierda coherencia, permitiendo al público transitar por estilos muy diferentes durante una misma jornada. Esa diversidad es, probablemente, uno de los grandes aciertos del festival.

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