Crónica: Veintiuno en Madrid, sala La Riviera (07-05-2021)

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10 mayo, 2021
Redacción: dod Magazine

Veintiuno (2021)

Redacción: Noemí Valle Fernández

El viernes 7 de mayo la sala La Riviera se llenó de magia y pirotecnia. Eran las cinco de la tarde y los más afortunados tuvimos el lujo de cruzar las puertas de la sala y adentrarnos en aquel camino de luces tenues y palmeras en busca de un asiento en el que balancearse sin tregua. Diego Arroyo, (voz, guitarra y teclados), Yago Banet, (bajo), Pepe Narváez, (batería y percusión) y Jaime Summers, (guitarra) consiguieron poner cabezabajo a todo el local con sus letras pegadizas y punzantes. Veintiuno sabe que este es su año, el público lo dejó claro en cada aplauso.

Las primeras notas de Mi monstruo y yo anunciaron la aparición del grupo toledano en el escenario, todos enfundados en monos blancos cargados de pop y buen rollo cantando en su primera Riviera las letras de su último disco, que el público coreaba como todas las canciones de Gourmet, porque desde abajo la gente ya se había encargado de hacerlas suyas también. 

El concierto se iba tejiendo como una cadena de sorpresas, la primera la protagonizó Chica sobresalto que compartió el escenario con Veintiuno para cantar Nudes, una de las colaboraciones más aplaudidas de su tercer disco recién publicado: Corazonada. Ainhoa Buitrago, tampoco quiso perderse la oportunidad de cantar en directo junto al grupo, por eso se unió a la lista de invitadas especiales y se presentó en directo junto a la banda, de la mano de un pegadizo Parasiempre, enriqueciendo el primer pase del concierto.

La tarde avanzaba a medida que lo hacían las canciones, entonces sonaron los primeros acordes de Pirotecnia y el respaldo de la silla resultaba algo ajeno y extraño. La sala entera agitaba sus voces en busca de aquel “instante perfecto”, cerraban los ojos y levantaban las manos exigiendo un ratito memorable plagado de magia sobre el que volver una y otra vez cuando la vida se torne insípida, para saborear frase por frase, gesto por gesto, todas esas veces que nos sentimos invencibles en medio del estribillo de una canción.

El concierto parecía llegar a su fin, de los minis de cerveza ya solo quedaban los posos y el público que se anticipaba a los propios artistas gritaba “dopamina” desde del asiento. Tras las primeras notas, los brazos se despegaron y se alzaron descontrolados al ritmo del himno del grupo porque aquella tarde sólo podía cerrarse con la sensación frenética de pertenecer a cada letra que salía por la boca de Diego Arroyo. Yo irremediablemente repetía tras abandonar la sala, esa frase que nos advierte constantemente sobre la debilidad humana, que anticipa el final en cada principio y nos invita a la vida inconsecuente sin pasado ni futuro: “¡tal vez nos mate, pero sabe a pura vida!” Los que estuvimos allí la otra tarde somos de los que apostamos siempre por ese minuto de gusto.

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