
Redacción: Antonio Caballero
Sting inauguró el 15 de julio la sexta edición de 1001 Músicas CaixaBank con su gira Sting 3.0, acompañado en forma de power trio por su inseparable Dominic Miller a la guitarra y Chris Maas a la batería. El ex The Police desplegó 21 canciones en una noche de clásicos, incendiando la Plaza de Toros de Granada.
El inicio rompedor de Message in a Bottle entró sin ceremonia y con el golpe suficiente para despejar cualquier sospecha de gira conmemorativa. Sonido equilibrado y chocante con una declaración de intenciones: “Tengo 74 años, estoy más fuerte que el vinagre y vengo aquí con el objetivo de que no olvidéis esta noche”. Acto seguido presentaron I Wrote Your Name (Upon My Heart), la única novedad del repertorio, y única canción con menos de veinte años del repertorio, seguida de If I Ever Lose My Faith in You e Englishman in New York.
El bajo de Sting, uno de sus Fender Precision vintage de los años cincuenta con más tiros dados que un fusil ucraniano, dominó el ruedo desde el inicio: más incisivo que decorativo, con líneas que no se limitan a acompañar sino que dibujan melodía, percusión y contrapunto a la vez.
La primera sorpresa no estaba sobre el escenario, sino delante. La edad media de la plaza resultó bastante más baja de lo que cabía esperar para alguien cuya aparición pública se remonta a finales de los setenta. La mezcla de edades se componía de algunos con reminiscencias de una adolescencia ochentera, otros de edad media con gustos afortunadamente heredados y algunas incorporaciones juveniles gracias al algoritmo. En cualquier caso, allí estaban: varias generaciones cantando los mismos estribillos, cada una desde una puerta distinta.
Every Little Thing She Does Is Magic volvió a levantar al público, que coreó sus primeros “ioh oh ohh” en su éxtasis final, fuente de inspiración de grandes temas como El ojo que me mira de Fito & Fitipaldis. La calma profunda volvió con Fields of Gold confirmando que la fórmula no necesitaba más ornamento. El formato trío quita capas, pero gana filo y pulcritud: Chris Maas sostuvo el repertorio con pegada contenida y sin llenar cada hueco como si el silencio le debiera dinero. Acompañado de una añeja Stratocaster de 1961, Dominic Miller, acompañante del “expolicía” desde hace más de treinta años, hizo lo suyo: delays exquisitos, acordes suspendidos y esa forma de dejar que una guitarra sugiera más de lo que declara. Dos reliquias de madera vieja sin la menor vocación de pieza de museo: usadas, castigadas y todavía orientadas hacia delante.
En Never Coming Home, bajo y guitarra encontraron uno de los pasajes más vivos de la noche con un sutil duelo de solos que envolvieron la plaza de delays introspectivos. Mad About You, Wrapped Around Your Finger y Driven to Tears mantuvieron el equilibrio entre la elegancia solista y el nervio The Police. Las piezas de The Police sonaron, además, transpuestas un tono abajo respecto a sus grabaciones originales. Una adaptación lógica al paso de los años que rara vez, como en este caso, ayuda a crear una calidez y profundidad en la voz inaudita. Las letras de unos jóvenes adolescentes británicos cobran un sentido mucho más maduro al pasar por unas veteranas cuerdas vocales que le aportan interpretaciones muy diferentes a las de antaño.
Mientras sonaba A Thousand Years, parte del público celebraba un gol de Argentina. El Mundial se infiltraba en el concierto a través de algunos móviles, miradas cruzadas y celebraciones discretas. Can't Stand Losing You devolvió la tensión rítmica; Shape of My Heart bajó el pulso sin convertirlo en pausa de cafetería. Brand New Day, tema ideal para comenzar un viernes, apareció con su optimismo de composición blindada y So Lonely volvió a poner de pie a buena parte del tendido. Puntualmente se escucharon algunas notas fuera de sitio o entradas menos limpias de lo habitual. Pecados livianos, desde luego, pero perceptibles: una pequeña grieta en una gira mundial tan medida que, por momentos, deja asomar los fallos del automatismo.
El trío manejó esa alternancia con soltura: power-soft, rocoso cuando tocaba y ligero cuando era necesario. Y lo hizo sin proclamas políticas ni ejercicios de moralidad narcisista. Solo música, algún comentario en un sorprendente español, algunos “Gracias Granada” y “¡Viva España!” y un repertorio que no requería instrucciones de uso. Gracias.
Desert Rose, acompañada de algún sampler escondido de fondo, iniciaba el tramo final tan ascendente como apoteósico. Every Breath You Take llegó después como el gran ritual colectivo: nueve mil personas abrazando una canción de obsesión y control como si fuese un himno matrimonial. Roxanne desencadenó el esperado “oe, oe, oe” de plaza llena. No había manera de evitarlo y tampoco hacía falta: cuando una canción sobrevive a tantas décadas, al público le corresponde reclamar una parte de propiedad. Fragile cerró la noche con el descenso justo de intensidad, como degustando el trago final de una buena copa de vino, y recordando la vulnerabilidad de la existencia humana, que se ha de posar suavemente sobre la mesa para no romperse.
Sting no vino a Granada a certificar que aún existe. Vino a demostrar que sus canciones, incluso un tono más abajo y con algún automatismo de gira, siguen encontrando cuerpos nuevos que habitarlas. Y esa es la clase de relevo generacional que ningún museo puede organizar.