Crónica: Primavera Sound Barcelona 2026 - Jornada del sábado

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Primavera Sound 2026 - Escenario Port
Foto: Clara Orozco

Redacción: Marcos Molinero

El último día de Primavera Sound Barcelona 2026 arrancó, propiamente dicho, con la grata sorpresa de St. Frances, un trío nacional que fascinó incluso a quienes desconocían su propuesta y simplemente habían acudido al Auditori para asegurarse una buena posición de cara al siguiente concierto. Su pop-rock atmosférico, cargado de texturas sonoras y voces delicadas, funcionó a la perfección a primera hora de la tarde. Cuando se acercaban a terrenos electrónicos aparecían ecos de Portishead, mientras que su puesta en escena, basada en unas sencillas lámparas que se iluminaban según quién ocupaba el protagonismo y reforzada por la presencia de un saxofonista, demostró que la sobriedad también puede ser eficaz. Calidez minimalista en tiempos de sobreproducción visual.

Tras ellas llegó uno de los platos fuertes de la jornada para buena parte del público: These New Puritans. Fieles a una concepción casi ascética del directo, dejaron que la música hablase por sí sola. El resultado fue un concierto sólido, cohesionado y de una calidad sonora impecable. Siete canciones en una hora explican bien su filosofía: desarrollos instrumentales extensos, sin prisas ni concesiones a la ansiedad contemporánea. Temas como Bells, Infinity Vibraphones,We Want War y la monumental Organ Eternal encontraron espacio para respirar y crecer hasta ocuparlo todo.

Después de tanta introspección tocaba abandonar cualquier pretensión intelectual y recordar que los festivales también sirven para divertirse. Ahí apareció Gelli Haha, con un espectáculo situado en algún lugar entre la performance, el electropop más disparatado y una función teatral para adultos que se niegan a envejecer. Todo sonó tan absurdo como irresistible. Los mejores cortes de su disco Switcheroo desfilaron uno tras otro en una actuación tan divertida como desprejuiciada. Primavera Sound sigue siendo, en cierto modo, una especie de Disneylandia musical para adultos con mejores bandas sonoras y menos colas para las atracciones.

La siguiente parada llevaba directamente a Noruega. Smerz ofrecieron uno de los recitales más elegantes y refinados del día. Dieciséis canciones de un pop sofisticado, cinematográfico y melancólico, ideal para bandas sonoras imaginarias de cine negro y tardes lluviosas. Con una aparente facilidad insultante, construyeron uno de los conciertos más delicados del festival. Los momentos más brillantes llegaron con Big City Life, Feisty y la excelsa You Got Time And I Got Money, encargada de cerrar la actuación.

Y de la delicadeza a la demolición. Lo de Touché Amoré sigue desafiando cualquier descripción razonable. Como hacerse un piercing con una radial o hacer gárgaras con clavos y bourbon, el grupo californiano trasciende los límites del post-hardcore para convertir cada actuación en una ceremonia tan catártica como peligrosa. Sin tregua desde la inicial Flowers And You, mantuvieron al público agarrado por el cuello hasta el último acorde.

Los planes iniciales apuntaban hacia Dijon en el escenario Cupra. La devoción por Prince hacía especialmente atractiva la cita, pero el estado de ánimo colectivo y el mio propio parecía reclamar otra cosa y el cuerpo terminó arrastrándome hacia Lambrini Girls. Caos. Punk. Pogos. Consignas políticas. Discursos en favor de la diversidad sexual y los derechos trans. Y entre todo ello, canciones disparadas a velocidad de vértigo. El grupo británico ha mejorado notablemente sobre las tablas y se confirma como uno de los relevos más convincentes del espíritu más combativo del Riot Grrrl. Todo ocurrió rápido, sucio y con una energía contagiosa. Pero necesitan seguir progresando y pulir sus directos.

Superado el vendaval llegó uno de los conciertos más celebrados de toda la edición. Joey Valence & Brae ofrecieron una descarga tan divertida como desacomplejada. Imaginen una colisión entre los primeros Beastie Boys y LMFAO y estarán relativamente cerca de lo que sucedió sobre el escenario. Con una audiencia absolutamente entregada, los estadounidenses firmaron un concierto que entra de lleno entre los más memorables de esta edición. Sin discursos grandilocuentes, sin necesidad de reivindicar absolutamente nada y sin el menor atisbo de vergüenza, simplemente se dedicaron a hacer que miles de personas bailaran y saltaran sin descanso. Hyperyouth, Give It To Me, Like A Punk, Wassup y Hooligang sonaron ya como auténticos himnos generacionales para quienes siguen entendiendo la fiesta como una actividad de alto rendimiento físico. Su fórmula es sencilla y efectiva: rap old school, samplers de eurodance deliberadamente horteras, actitud punk y letras que sustituyen el cinismo contemporáneo por una fraternidad tan absurda como entrañable. A veces la música popular no necesita ser profunda; basta con que sea divertida.

Y como siempre hay margen para un poco más de destrucción sonora, llegó el turno de Knocked Loose. Lo suyo es una exhibición de brutalidad perfectamente medida. Metal extremo concebido para aplastar esternones y vaciar pulmones. Una sucesión implacable de grandes canciones acompañadas por una puesta en escena que parecía diseñada por alguien que hubiese consumido demasiadas películas de invasiones extraterrestres. Riffs enormes, bajos musculosos, una batería que funcionó como una ametralladora industrial y la voz desgarrada de Bryan Garris sirvieron para construir uno de los conciertos más devastadores del festival. Blinding Faith, Counting Worms y Everything Is Quiet Now golpearon con la contundencia de una explosión controlada. Los de Kentucky ofrecieron exactamente lo que prometían: destrucción masiva.

Con semejante acumulación de emociones llegaba uno de los conciertos más esperados de todo el fin de semana. Y precisamente ahí apareció el problema. Kneecap ofrecieron un buen concierto, pero un buen concierto puede saber a poco cuando la expectativa apunta a algo histórico.

Los norirlandeses mantienen intactos el carisma, las canciones y una puesta en escena cada vez más ambiciosa. Sin embargo, el crecimiento de su relevancia pública parece haber desplazado parcialmente aquello que los hacía tan peligrosos sobre un escenario. El discurso político, inseparable de su identidad artística, ocupa hoy un espacio mucho mayor. Es legítimo e incluso coherente con su trayectoria, pero también resta espacio a la espontaneidad y al caos festivo que definía sus primeros directos. Porque una cosa es tener un mensaje y otra convertir el concierto en una sucesión de proclamas. La música seguía ahí, pero por momentos parecía quedar en segundo plano frente a todo lo demás.

No fue un mal concierto. Ni mucho menos. Sonaron temas fundamentales, apareció el vocalista de Fontaines D.C. para interpretar la magnífica Better Way To Live y también hubo espacio para Fawzi In Palestine. Pero algo no terminó de encajar del todo. Quizá fueran las tres de la madrugada. Quizá el peso de unas expectativas desmedidas. O quizá simplemente se echó en falta parte de aquella imprevisibilidad que los convirtió en uno de los grupos más excitantes del panorama europeo.

Mientras tanto, Pedro Sánchez paseaba por el recinto y conversaba con Damon Albarn. Queda la duda de si también encontró tiempo para cruzar unas palabras con Mo Chara, Móglaí Bap y DJ Próvaí. Las apuestas, probablemente, no estarían de su lado. En cualquier caso, el balance final deja una sensación agridulce. Kneecap tenían argumentos para firmar el concierto del festival. Se quedaron en una actuación notable. Y a veces los notables son precisamente los resultados que más frustran.

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