
Redacción: Marcos Molinero
A veces, incluso cuando sabemos perfectamente lo que está ocurriendo, lo que puede suceder o lo que ya ha sucedido, terminamos cayendo de lleno en aquello que no quisimos ver. La primera jornada del Primavera Sound 2026 estuvo marcada por la lluvia, las suspensiones cautelares, la confusión informativa y una sensación de caos tan evitable como frustrante. Pero también dejó algo mucho más interesante: música. Y dentro de ese desorden meteorológico, el concierto de Geese emergió como uno de esos momentos destinados a permanecer en la memoria colectiva del festival.
Los neoyorquinos llevaban años avisando de que tarde o temprano terminarían explotando. La explosión llegó en Barcelona. El escenario Occident, a pesar de la lluvia constante, se les quedó pequeño. Muy pequeño.
La actuación arrancó con Husbands, un inicio que, durante unos minutos, invitó al pesimismo. La banda parecía sonar lenta, pesada y algo adormecida. Sin embargo, bastó con que apareciera Getting Killed para que todo encajara. De repente, la maquinaria comenzó a funcionar y el concierto entró en una órbita completamente diferente.
Uno de los momentos más brillantes llegó cuando incorporaron fragmentos de Interstellar Overdrive de Pink Floyd dentro de 2122, un guiño tan inesperado como efectivo. A partir de ahí, la intensidad de la actuación y la propia tormenta fueron creciendo en paralelo.
100 Horses, una enorme I See Myself, coreada incluso por quienes parecían estar más pendientes de sobrevivir al temporal que del concierto, y un tramo final demoledor con Au Pays du Cocaine, Taxes y una Trinidad que quedó inacabada por cuestiones de horario terminaron de confirmar la magnitud de la actuación.
Hay ecos de los Nirvana más imprevisibles, del jazz más irreverente y del rock más extraño y desafiante conviviendo dentro de una misma propuesta. Lo más sorprendente es comprobar hasta qué punto una banda tan singular ha conseguido conectar con audiencias cada vez más amplias sin renunciar a ninguna de sus excentricidades.
Antes de llegar a ese clímax, la jornada había comenzado mirando hacia Portugal. Tanto Gisela João como Paus ofrecieron dos de las actuaciones más estimulantes de la tarde, aunque desde coordenadas completamente distintas.
Gisela João conquistó al público gracias a una presencia escénica magnética y una capacidad extraordinaria para trasladar el folclore portugués hacia territorios contemporáneos sin perder autenticidad. Hay valentía en su propuesta y también una enorme personalidad artística.

Por su parte, Paus desplegó una auténtica exhibición de brutalismo sonoro. Con dos baterías funcionando como núcleo gravitacional de la banda, su concierto avanzó como una apisonadora rítmica. Pero sería injusto reducir su propuesta a una cuestión de volumen o contundencia: detrás de la fuerza existe también una notable construcción de canciones.
El pop delicado y elegante de Renaldo & Clara aportó otro registro completamente diferente. Basándose principalmente en su último trabajo, L'Encant, demostraron que poseen una colección de canciones capaces de atrapar al oyente desde la primera escucha. Su actuación fue una de esas demostraciones silenciosas de calidad que a menudo pasan desapercibidas entre los grandes titulares.
La representación canadiense llegó con Men I Trust, que reunieron una considerable multitud en el escenario Cupra. Su mezcla de dream pop, shoegaze suave y soft rock envolvente volvió a demostrar por qué cuentan con una base de seguidores tan fiel. Temas como To Ease You adquirieron una dimensión casi hipnótica en directo, provocaron esa sensación de suspensión emocional que tan pocas bandas consiguen generar.

Tras la descarga de Geese, fue el turno de Oklou, que volvió a confirmar las magníficas sensaciones que ya había dejado meses atrás en la sala Apolo. La artista francesa continúa ampliando los límites de su propuesta y encontró en Choke Enough una plataforma perfecta para demostrarlo. Su actuación fue delicada, sofisticada y llena de matices.

Otro de los grandes nombres de la jornada fue Father John Misty. Josh Tillman dominó el escenario Cupra con la elegancia de un crooner clásico y la personalidad de alguien que juega en una categoría propia. Hay algo de George Harrison y algo de Dean Martin en su figura, pero también una identidad completamente singular.
Su concierto fue refinado, sofisticado y lleno de momentos memorables. Una de esas actuaciones que parecen diseñadas para quienes disfrutan de los detalles y de las interpretaciones con múltiples capas de lectura.
Después de aquello, todavía quedaban conciertos por delante, pero el caos acumulado en los escenarios principales había terminado por desgastar la jornada. No parecía necesario forzar más una noche que será recordada principalmente por dos elementos: la lluvia y Geese.
Porque si algo dejó claro esta primera jornada del Primavera Sound 2026, es que el concierto de los neoyorquinos merece ya un lugar privilegiado dentro de la historia reciente del festival. De esos que se recuerdan años después. De esos que terminan compartiendo conversación con actuaciones legendarias como la de The White Stripes en 2003, también bajo una lluvia persistente. No es poca cosa.