
Redacción: Carmen Eyo, Juan Olmo y Marcos Molinero / Fotos: Primavera Sound (Créditos abajo)
Los sábados siempre son el día grande en el Primavera Sound, y esta edición no iba a ser menos. Es mágico, sublime, poder acercarse al Apolo (lo del Auditori aún me duele) y presenciar al genio de Mali y sus secuaces disfrutando sobre las tablas, llegándonos hasta los tuétanos con su música primitiva, emocional y llena de duende. Que uno pueda escuchar a Salif Keita y, en unas horas, a Anohni, y entre medias a MJ Lenderman, Fontaines D.C. o Dehd, habla del eclecticismo del festival.
El escenario Schwarzkopf se llenó para ver a Dehd, que descargaron un set rotundo repasando lo más granado de su discografía. Como era de prever, dejaron para el final Dog Days. Nada que objetar: entretenidos. Siempre intento cuadrar en mi cabeza los horarios y ubicaciones, por eso me extrañó ver al pobre Christian Lee Hutson en el Cupra, a pleno sol. Ni era el lugar ni el momento. Aun así, sus emocionantes canciones —solo con su guitarra y la violinista que le acompaña— consiguieron conmover. Y ese es su gran mérito: brillar a pesar de todo.
De vuelta al escenario anterior, nos encontramos con uno de los grupos, Los Campesinos!, más comprometidos política y socialmente del festival y de la escena actual. Desde el inicio con A Psychic Sound hasta el epílogo con 0898 HEARTACHE, salieron enérgicos, furiosos, certeros. El sector del público más metido en el concierto eran, por desgracia, sus conciudadanos. Si cada cabeza de cartel tiene su outfit, los fans de Fontaines D.C. se pasaron con las camisetas de fútbol, rugby o fútbol gaélico. Lo de los estilismos del Primavera da para un artículo aparte. Alan Sparhawk hizo doblete con apenas una hora de diferencia entre actuaciones. Leyenda.

Pero el gran concierto con futuro fue el de MJ Lenderman. En otro escenario y con un sonido más potente, hubiera sido de matrícula. La inicial Hangover Game tuvo un sonido titubeante, pero se solventó con Knockin’ y, sobre todo, con Rudolph. A partir de ahí, fueron cayendo sus mejores canciones. La banda se dejó llevar y llegaron a parecer una versión jovial de los Crazy Horse. Joker Lips emocionó, Manning Fireworks nos sacudió, y She’s Leaving You nos dejó el corazón en un puño. Luego vinieron joyas como Bark at the Moon, I Ate Too Much At the Fair o ese gran final con Tastes Just Like It Costs, que muchos escuchamos mientras íbamos a por un buen sitio para ver a Anohni. Y qué buena elección.

Desde los primeros compases de la orquesta y el timbre inconfundible de Anohni, se apoderó del ambiente un trance colectivo como pocos. Silencio sepulcral, respeto máximo y la certeza de estar viviendo no solo el mejor concierto del festival, sino quizá uno de los mejores de su historia. Y ojo: quien escribe ha estado en casi todas las ediciones y ya ha visto antes a Anohni. Pero anoche todo se conjuntó para que el relato tuviera ese momento. Nadie salió igual de ese recital: concienciados, emocionados, sobrecogidos. La mayoría decidimos cerrar ahí la jornada. ¿Cómo superarlo? Manta Ray fue delicada como un campo de dientes de león. Hopelessness nos llevó al pasado y llenó de lágrimas muchos ojos, igual que You Are My Sister o Cut the World. La orquesta desbordaba emociones y Anohni, simplemente, elevaba cada canción a la excelencia. Hechizante y escurridiza, la artista británica de nacimiento y estadounidense de adopción nos robó el alma. Con conciertos así, ¿cómo no amar a esta persona, a este festival, a este mundo?. Mil gracias a todos los que lo hicieron posible.

Pero la grandeza del Primavera es que cada uno puede crearse su propio camino. Glass Beams, tras un inicio trepidante con Mahal y Black Sand, completaron un set breve pero intenso. Buen aperitivo para el gran grupo de rock del festival: Fontaines D.C. Los irlandeses fueron los únicos en atacar abiertamente a Israel en sus audiovisuales. Dieron un concierto robusto y vigoroso, con cortes algo acelerados y un Grian cada vez más cómodo ante audiencias enormes, cantando en un tono menos grave, lo cual se agradece. Romance abrió el concierto, seguido de sus mejores cortes de una discografía casi perfecta. Jackie Down The Line, Televised Mind, y Roman Holiday: power inicial ganador. El setlist se nutre de su último disco, Romance. Dejan de lado A Hero’s Death y solo rescatan Big y Boys in the Better Land de su debut. Cerrar con I Love You y Starburster deja clara una cosa: estos tipos ya son gigantes. Ahora que Arctic Monkeys se alejan del rock más ruidoso, ellos les han arrebatado el trono casi sin querer.
Dicen que la curiosidad mató al gato, y por eso uno acabó viendo entero el concierto de Chappell Roan. Con un escenario entre castillo gótico y parque Disney, hizo enloquecer a todos los Pink Pony boys. Que se comieran con papas una musculosa versión de Barracuda de Heart demuestra que Roan está más cerca de Miley Cyrus y Cyndi Lauper que de Katy Perry o Charli XCX. Incluso se dio el gusto de tocar una inédita: The Subway.
Chat Pile ofrecieron un concierto crudo, donde su sonido contundente fue el gran protagonista. Su crossover entre hardcore tradicional y metal más novedoso resulta en una mezcla personal, con ecos de bandas pretéritas como los injustamente olvidados Fear Factory.

Y como acto de rebeldía del festival —ante las quejas por la cercanía de las viviendas al escenario Amazon—, programaron a Turnstile pasadas las tres de la mañana. ¿No queríais caldo? Pues toma dos tazas.
Si hay una banda ahora mismo en su prime, tanto artístico como comercial, es esta. Su concierto, basado en sus dos últimos discos, dejó claro que no se les ve un techo de cristal que no puedan romper. Finalizar con ENDLESS fue el chiste final: una broma interna, propia de un Foster Wallace mordaz y chispeante. Que en paz descanse.
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