Crónica: Molly Nilsson en Barcelona, sala Apolo (04-05-2019)

7 mayo, 2019
Redaccíon: dod Magazine

Molly Nilsson (2018)

Redacción: Andrea Genovart

Una de las cosas que más atrae de Molly Nilsson es una música y apariencia rebosante de personalidad. También el valor añadido de que es una artista de synth pop DIY y, consecuentemente, hay pocos medios que la amparan. No la vemos en festivales de gran renombre ni en los escenarios de las salas de más capacidad, aunque casi cada año levante la mano con un nuevo lanzamiento. Hacía relativamente poco que la cantante sueca había pisado la ciudad condal bajo el cartel de entradas agotadas; así que, como era de esperar, había una expectación - contenida, por supuesto - de volverla a ver otra vez en acción. Pero esta vez, y parece ser que como sucede cada vez que uno la va a ver, los que nos estrenábamos ante su directo esperamos demasiado. Es decir, esperamos mal.

Podríamos comentar que Molly Nilsson tuvo una puntualidad alemana y que se dirigió al público educadamente. Que se presentó con un elegante vestido negro y un recogido perfecto. También podemos mencionar que eligió un repertorio de lo más equilibrado, donde no faltaron sus clásicos - algo nada fácil teniendo a sus espaldas ocho LP’s - y los mejores temas de 2020, su último trabajo. Podemos señalar que tocó Lonely Planet, Mona Lisa’s Smile, Out Of The Blue, Inner Cities y Not Today Satan; que acabó con 1995 con un público que se mostró receptivo y suelto desde el primer momento. Que insistió tímidamente en que fuésemos a votar por nuestras madres e hijas, y que se despidió con un “Muchas gracias” alto y claro, pero sin entusiasmo. Podríamos resumir, en definitiva, que el concierto sucedió de una forma políticamente correcto. Y no sería mentira. Pero decir únicamente eso supone que quién firma esta crónica y la revista que responde por mí cuando decide publicarme también lo estaríamos siendo. Y entonces no seríamos del todo sinceros.

Y cabe serlo por una sencilla cuestión, que tiene que ver con la posibilidad de experiencia ofrecida. Ya no que ésta sea buena o mala, sino que sencillamente exista. Resulta que cuando pagas una entrada para ver el directo de un músico o banda que te entusiasma asumes un riesgo: el riesgo a que te impresione su concierto o a que te decepcione. Uno de los factores determinantes para ello tiene que ver con si la actuación está a la altura de la ejecución de una propuesta que ha pasado por infinitos retoques en un estudio de grabación. Inevitablemente, esta exigencia tiene que ver con el precio que pagas: no es lo mismo dejarse el riñón por los Rollings que cambiar el plan de cine por el de ir a ver esa banda tan divertida de Gijón. El pasado sábado, en la Sala Apolo, no había en discusión nada de eso. Molly Nilsson cantaba con efecto de micro sobre sus pistas instrumentales grabadas y dispuestas en orden, que sonaban perfectamente ecualizadas: su papel era relevante, pues, por el hecho de pulsar el play del aparato que la acompañaba. De ahí un directo construido con la misma velocidad y consistencia que un castillo inflable de feria, en el que ella solamente formaba parte para justificar que detrás de la música que se escuchaba existía un rostro y un cuerpo. Presencia que sostuvo durante una hora y poco más de concierto, en el que la artista sueca siempre cantaba con el mismo tono y bailando siempre con los mismos pasos; hora y poco donde todo sucedía inalterablemente del mismo modo, siendo inútil nuestra presencia ya no como oyentes sino como meros asistentes.

Así pues, la anécdota del sábado noche fue que no la hubo. Y que, con semejante panorama, no la podía haber. Sin tocar absolutamente nada, presentándonos lo ya producido de lo que una vez compuso con su propio teclado, no había lugar para ello. No había lugar, pues, para materializar la idea del directo, si éste es entendido en su sentido más clásico, que es la de una experiencia generada a través de la expresión en vivo de los instrumentos y no de su grabación. Así que, señoras y señores, no vayan a ver Molly Nilsson si de verdad quieren ir a ver a Molly Nilsson.

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