
Redacción: Lucía Monsalve
El pretexto bajo el que sucede el Mad Cool Festival es el mismo cada año. Un sol abrasador, los primeros asistentes dispuestos a aguantarlo, y artistas y bandas programadas a media tarde a quienes no les queda más remedio que afrontar su directo.
Enormemente familiarizada con España y haciendo suyo el escenario, la banda canadiense-estadounidense Palaye Royale se personaba a las 18:30 en el Orange Stage de la cita madrileña. Un frontman escuálido, tatuado y con el pelo bicolor lideraba cada paso del trío, derrochando sudor en cada acorde y provocando al público con cada headbang, mojando a más de uno en las primeras filas. ¿Agradecidos o quejumbrosos por el frescor? Solo ellos lo saben.

Solo hay un hipotético caso en el que puedes ver a cinco artistas vestidas de época con mullets y shags: en un concierto de The Last Dinner Party. En el mismo escenario previo, las londinenses se darían cita una hora más tarde sosteniendo en alto su segundo disco From The Pyre (2025, Universal Music), con el que protagonizaron una ceremoniosa entrada adornada con lazos rosas. En su sombra, pero a la vez enormemente visibles, una crew liderada por mujeres, se mirase por donde se mirase. Y es ahí cuando entiendes por qué su concierto se desarrolla como la seda.
Desafiantes, con gafas de sol como denominador común y el Astro Rey derritiendo cada acorde, entonaron un rock alternativo y épico que vienen predicando desde sus inicios. Agnus Dei abrió su show, The Feminine Urge pegó un puñetazo sobre la mesa del patriarcado y Big Dog inauguró la próxima etapa de la banda como uno de sus sencillos más recientes. El grand finale vino entonado por Nothing Matters para demostrar de manera literal que durante poco más de 60 minutos, lo realmente importante eran ellas.
El escenario principal, apodado desde hace años como Region Of Madrid, presenció sobre sus tablas un viaje de México a Seattle con escala en Londres. La primera parada fue con las hermanas The Warning, defendiendo un riot grrrl punk-rock con un repertorio en inglés y en español al ritmo de Qué más quieres, Ego y un resfriado anunciado a los cuatro vientos que para nada dificultó el show del trío. Parcas en palabras y movimientos —quién lo diría habiendo escuchado antes su música—, tímidamente se despidieron para dar lugar a la segunda parada del viaje.

Este se sitúa en Londres y lleva nombre y apellidos: Wolf Alice. Con motivo del lanzamiento de su disco más reciente, The Clearing (2025, Columbia Records), ha pasado poco más de un año desde que la banda inglesa visitó la capital —la última vez para ofrecer un intimate show en el Teatro Barceló—, solo que esta vez el espacio y la afluencia de gente se habían multiplicado exponencialmente.
La hipnótica Ellie Rowsell lideraba una agrupación en sintonía, provocadora y enormemente madura. Un último atributo expresado a través de la determinación y la vestimenta, dejando espacio a vítores para la siguiente banda de la noche, pedidos por el bajista Theo Ellis, y un virtuoso Joff Oddie que prefirió el silencio para deleitar al público con una sucesión de riffs de maestría impecable. Con un lanzamiento de guitarra al aire incluido. Bloom Baby Bloom dio luz verde a su acto, Just Two Girls y un puñado más de temas de The Clearing llegaron después, como también lo hicieron la intimísima Last Man On Earth y la esperada Don’t Delete The Kisses mientras el sol se escondía poco a poco tras la zona VIP del festival.

Tercera y última parada de la jornada: Seattle, Washington. El décimo aniversario del Mad Cool Festival llevaba escrito el nombre de Foo Fighters. Dicho y hecho. 150 minutos de recital, éxitos sucediéndose uno tras otro y un Dave Grohl al borde del éxtasis (¿cuándo no lo está?) presenciado por más de 50.000 personas.
La duda ofende cuando se desgañita preguntando si estamos preparados antes de hacer sonar All My Life. Sin embargo, para lo que uno nunca está preparado es para ver (mejor dicho, escuchar) un concierto de Foo Fighters enlatado. No fallan ni una nota, por algo llevan más de tres décadas haciendo rodar la maquinaria del rock and roll, pero el sonido, desde el lado derecho del front of house, no hizo justicia alguna.
Por darle el primer punto de optimismo a su concierto, hay veces que cantar por encima de tus posibilidades mejora notablemente la experiencia. La media de edad rondaba los 45 años, con un público compuesto mayormente por hombres que se sostuvieron en pie de principio a fin berreando The Pretender, Times Like These, Rope y My Hero. Dos horas y media, la banda de la noche y los diez años del festival madrileño pedían algo especial, una petición ante la que Foo Fighters no dudó, cediendo un pequeño espacio a cada integrante para sacar a relucir sus mejores galas. El primero fue Chris Shiflett a la guitarra solista, que rindió homenaje a No Use For A Name; el segundo, Nate Mendel al bajo, que hizo lo propio con Sunny Day Real Estate. Pat Smear se lució a la guitarra reviviendo a The Germs y The Wallflowers —la banda del hijo de Bob Dylan que compartió escenario con el teclista de Foo Fighters, Rami Jaffee—, hasta que el batería Ilan Rubin intercambió su papel con Dave Grohl, devolviéndonos a los 90 donde empezó todo para Nirvana.
La ausencia de Taylor Hawkins fue recordada con Aurora mientras el escenario se teñía de azul; junto a Wheels, ambas otorgaron breves minutos de calma (a su manera) que serían destrozados por la tríada The Best Of You, Exhausted y Everlong a guitarrazo limpio, dejándose la piel y la garganta.