
Ni corto ni perezoso, y para sonrojo de su dirección, Javier Ferrara (Parquesvr) aprovechaba su paso por el Low Festival 2026 para someter a los lowers asistentes a un rápido escrutinio sobre la nueva ubicación del evento. Un elefante en la habitación que, sin duda, ha marcado el tono de la celebración de la décimo-sexta edición del festival levantino, ahora oficiado en Torrevieja tras más de una década convertido en el blasón indie de Benidorm.
No se sabe si fue por pura convicción o fruto de la euforia del momento, pero el veredicto de los asistentes parecía unánime: se echará de menos, por supuesto, la ciudad del kitscherío, la guiruflada y los rascacielos tentaculares, pero esta nueva etapa en la ciudad salinera pinta pero que muy bien. La primera sensación al entrar al Parque Antonio Soria era parecida a la de estar desembalando un presente recién adquirido. Todo olía a nuevo, presto para la ocasión y para entrar a beber vivir. Unos zapatos a estrenar a los que, por supuesto, también era fácil encontrarles alguna que otra costura (quizás la más sonada -no pun inteded- fue la irremediable proximidad entre escenarios, trayendo consigo solapes de sonido que pusieron contra las cuerdas a más de un técnico). Sin embargo, la sentencia terminó poniendo sobre la mesa más argumentos a favor que en contra.
Por ejemplo, los nuevos escenarios. Y es que cabe decir que la organización no solo se ha limitado a trasladar la cacharrería de un emplazamiento a otro, sino que, por el camino, algunos de sus populares puntos de encuentro han pasado también por chapa y pintura. Es el caso del Escenario Radio 3 (al que ya no podremos llamar “el escenario pequeño” y que, por fin, presenta unas tablas a la altura de su siempre exquisita programación) y el Escenario ESC (dedicado íntegramente a la electrónica y convertido ahora en un anillo de 360º de absoluto despliegue visual). La verdad, si es el objetivo era poner tierra de por medio y lograr que el respetable no cayera en la retrofilia fácil, la misión acabó más que despachada.

Más allá de su ubicación, está claro que el calor húmedo sigue siendo lo que une tanto al pasado como al presente del festival. Entre chorretes de sudor y la expectativa por descubrir esta suerte de Low 3.0, llegábamos al recinto, acogidos por los últimos estertores de unos León Benavente a los que ni las temperaturas extremas de la Terreta fueron capaces de frenar (sí, nosotros también creemos que se habrían merecido un slot más funcional y que les hiciera más justicia, pero...). Si fuisteis de los que os quedasteis con ganas de descorchar el festival con menos grados encima, seguramente os veríamos en el Escenario El Pozo, donde Rufus T Firefly aprovecharon como nadie la golden hour para brindarnos su particular máster class de cómo pasar del disco-funky juguetón de conga y caderazo a la tecnotralla inesperada o el intimismo acústico (Canción de paz). Poco más que añadir a estas alturas de la que es, a todas luces, la banda definitiva de nuestro indie.
Tocaba seguir levantando el ánimo –quedaba todavía mucha noche por delante-, y pocos conjuntos son tan duchos en eso como los simpares Papá Topo. El trío desplegó sus coreografías imposibles y su matraca de gorgoritos distendidos para afianzar, todavía más, los lazos entre el público residual de su escenario, convertido en el punto de fuga de las masificaciones (y no sería la única vez durante el festival). Un buen rollo sanote y naíf que, sin solución de continuidad, le daría el relevo a Toldos Verdes, quienes a pesar de su bisoñez y de guardar todavía margen con su mejor versión en directo, atesoran a lo tonto un buen puñado de himnos con los que sacar pecho.
No muy lejos de allí nos llegaban los irremediables ecos de Fangoria, icono de muchas cosas, entre ellas, del festival que nos concierne (siendo este uno de los proyectos que más veces ha pisado las tablas del Low, a lo tonto). Tal vez por eso, y en deferencia a su especial vínculo con el público medio, la diva dispuso de la franja horaria más privilegiada de la jornada, con un extensísimo bloque en su poder que transformó en un recital y homenaje a su entera persona. Sus diferentes etapas se sucedían una detrás de otra entre coreografías circenses, cambios de vestuario, popurrís de éxitos propios y ajenos, performances y fuegos artificiales. Del I Promised Myself de Nick Kamen a manos de un extasiado Rafa Spunky hasta la evolución del tema central de Laura Palmer en Retorciendo palabras de amor, el concierto se convirtió en un punto de encuentro ideal para esos divorciados casquivanos prematuramente puestos de tusi hasta las pezuñas pero también en la proyección de un repertorio atemporal que ya quisiera para sí cualquier popero contemporáneo.
La otra España, en tantos sentidos, continuaba avanzando en el Escenario Radio 3 con el ya mencionado Ferrara y sus irreverentes Parquesvr, a quienes, desde luego, la tiranía del reloj (inherente a cualquier festival) no les permitió desplegar todas sus armas al 100% pero sí una buena reducción de lo que supone tenerles delante. Con la conciencia siempre arriba, Javi tuvo tiempo de alternar el chascarrillo con algunas dosis de realidad (los recientes incendios en Madrid, por ejemplo), para acto seguido desplegar de forma exprés esa simetría perfecta entre drama de alcoba (Aftersun, Esto que vivimos), provocación gratuita (Todos menos tú), lucimiento lírico (Arde, quema, duele) y coro colectivo (Alfredo’s).
Pese a las horas y a que el calor no aflojaba ni con luna llena (lo de apagar los ventiladores gigantes de los escenarios a determinada hora es un castigo innecesario, como apunte a mejorar), teníamos mucha curiosidad por comprobar in situ qué tal se las daba el amigo Serge Pizzorno como (ya no tan) nuevo frontman de Kasabian. Pese a la insistencia de dejar patente que la banda tiene entre manos un inminente nuevo disco (con un buen cartel de fondo que versaba ACT III en diferentes tipografías y colores), los británicos se rindieron a la evidencia y pergeñaron, salvo mínimas excepciones, un setlist completamente entregado a su primera etapa, despertando la atención del personal con la longeva Club Foot como abridor, seguido de tantos otros clásicos para delicia y divertimento de quien ya peina canas (Shoot the Runner, Empire, Underdog… o la traca final con Fire). Recurrir de forma torticera al Insomnia de Faithless en un determinado momento del encuentro fue inesperado, pero no tanto como ver a gente perreando hasta el suelo con SUPERPOWERS, algo que definitivamente nunca creí que atestiguaríamos en un concierto de los de Leicester. Pero está claro que, en lo que a reinventarse se refiere, estos saben lo suyo.

Para esta segunda jornada, el sol nos concedió una ligera tregua (no así el calor) y al menos pudimos disfrutar de los conciertos programados a primera hora (Mala Gestión y Alcalá Norte, poca broma) sin que se nos achicharrase el cogote. Los primeros, aunque con el sambenito de emergentes todavía colgando, apuntaron uno de esos directos que constatan, con actitud, descaro y ruido, por qué su ascenso no ha sido fruto de la casualidad. Claro que, para aciago azar de los valencianos, al público le esperaban las bondades de la vida cañón a pie de pista en otro escenario a escasos metros de allí, lo que irremediablemente provocó una desbandada de ida y vuelta entre la feligresía. Un peso pesado, el quinteto madrileño, que acabaría monopolizando las miradas de los lowers madrugadores con su finísimo reparto de papeles: la cuerda pulsada hasta retumbar en el pecho del bajo de Pablo Prieto, las melodías tétrico-emocionales del sinte de Laura de Diego, la llamada al comando heavy por parte de los desmelenados riffs de Carlos Elías o el sentido del humor de un agitador nato a la batería (si todo lo demás falla, ponga al menos en su banda a un Barbosa).
El triángulo de las bermudas guitarrero de la noche lo completarían los chicos de La Paloma desde el Escenario El Pozo, con la responsabilidad sobre sus hombros de hacerle justicia a un último disco que generó sabores acíbares entre la crítica. Eso sí, si de algo le ha valido a la banda el paso del tiempo desde su debut hasta nuestros días es para terminar afilando una firmeza escénica mucho más convincente que supera ya la simple inmediatez (Palos, Bravo Murillo) e incorpora a su festejada ofrenda nuevos himnos que cantar a pleno pulmón (Sale el sol, Si no me muevo...). Durante los últimos estertores de ese coro compartido, sin embargo, los ojillos se nos iban ya hacia el escenario Vibra Mahou, donde la aparatosa escenografía de The Hives comenzaba a llamarnos con cantos de sirena. Fácilmente, la tercera o cuarta vez que los suecos se dejan caer por el festival, convirtiéndose oficialmente en una de esas apuestas infalibles donde las partes involucradas saben de sobra que todo va a salir bien.
Pelle Almqvist es, simplemente, el frontman definitivo. Nos conquistó con su divertido manejo del español, con su tiranía del ruido ("no silencio en la concierto de los Hives!"), con su sudada épica, con sus constantes arrebatos por arrojarse sobre la concurrencia, y, por supuesto, con uno de esos repertorios que, treinta años después, sigue funcionando como un auténtico tiro (Paint a Picture, Main Offender, Come On!, Tick Tick Boom, Hate to Say I Told You So, y suma y sigue). Pues sí, si no lo hubieran dicho ellos ya lo habríamos dicho nosotros: los Hives para siempre, para siempre los Hives.
Con tanta testosterona marcando el arranque del sábado, tocaba cambiar de frecuencia. Porque aquí todos somos muy rockeros, con nuestra camiseta de Oasis como buenos trasnochados con entradas, pero lo que en el fondo llevamos dentro es toda una mocatriz. En efecto, Ojete Calor fueron otra de esas cartas comodín con la que tenernos contentos a los fieles habituales, poniendo el disparate en común desde el primer segundo del bolo (qué ocasión perdida para los de marketing de haber hecho una campaña con ellos y su Torreviejoven). Carlos y Aníbal son los terroristas pop que toda verbena necesita. Un cachondeo padre, sin demasiados saltos de eje ni giros de guion inesperados (tampoco es que lo necesiten) que te asegura, al menos durante lo que dura su perorata de chufla y rompepistas, que la sonrisa no se te quite de encima.
Tocaba, sin embargo, cerrar el día con alguna que otra lágrima. Y es que si hablamos de reincidentes, Love of Lesbian son también una de esas bandas indivisiblemente unidas a la evolución y maduración del festival, cuya presencia en esta nueva etapa tenía que estar asegurada. No obstante, mientras que unos comienzan un nuevo ciclo, otros lo terminaban aquí. Y es que esta actuación de LoL en el Low Festival no fue como las demás, pues formó parte del tour de despedida en el que Santi, Julián, Jordi y Oriol andan actualmente sumergidos. Tras 25 años en pie, que les han valido para convertirse en referencia absoluta de nuestro pop, los catalanes reconocieron la necesidad de saber cuándo irse, y por ello le propusieron a los fanáticos de John Boy un viaje colectivo por las diferentes etapas de su trayectoria. Balmes, como maestro de ceremonias de esta agridulce elegía, funambuló con la presteza habitual por la risa y el llanto, con la seguridad bajo sus pies de una formación talentosa y hermanada y un repertorio infalible (y ya comunal) que se ha convertido poco a poco en el imaginario sonoro de toda una generación. Todo ello sin un ápice de solemnidad por parte de sus ejecutores, que tuvieron bien entendido desde el principio el objetivo de no convertir el escenario en un mausoleo y sí en una celebración (sin embargo, ganábamos consciencia de dónde estábamos cuando, de repente, coreábamos extasiados eso de "Que os queda a mi lado muchos años, viva la hermandad"). Nadie sabe, quizás ni siquiera ellos, cuándo volveremos a escuchar en directo Incendios de nieve, 1999, Bajo el volcán, Un día en el parque o La hermandad, pero cuando eso suceda, aquí nos tendrán.

El tercer y último asalto, al menos desde una óptica estrictamente personal, amanecía con el desgaste inevitable (el nuestro) de dos jornadas acumuladas y con una programación que, sobre el papel, ofrecía menos argumentos que las anteriores para seguir desafiando al reloj. No era tanto una cuestión de calidad (los gustos, como los culos, ya saben), sino de afinidad; el cierre parecía carecer de ese gran reclamo capaz de mantener viva la expectación entre concierto y concierto, con un vacío entre franjas que terminaría minando el ritmo de la sesión.
La intención inicial pasaba por acercarse al escenario Radio 3 para ver a Juventude, que comparecían en formato banda ampliada, con sección de vientos y una evidente voluntad de convertir la sofocante tarde en una celebración, cayese quien cayese. Todo apuntaba a uno de esos conciertos levantados a base de ímpetu y conexión juguetona; sin embargo, la realidad técnica terminaría jugando en su contra. El sonido llegaba completamente contaminado por el escenario principal, convertido en una mezcla indescifrable que impedía disfrutar con claridad de unas canciones que merecían bastante más. Una lástima, porque las sensaciones invitaban a pensar que allí se estaba cocinando uno de los grandes tapados del festival.
La alternativa fue refugiarse en una de esas certezas que nunca fallan. Sidonie son otros viejos conocidos por estos lares -lo del verano distinto de siempre, ya saben- que siguen conservando intacta esa capacidad suya para conectar con públicos de toda condición. Marc, Axel y Jes se juegan el tipo con una cercanía contagiosa, transformando el escenario en un espacio seguro donde caben las improvisadas congas a caballito, los abrazos robados y un repertorio que continúa resistiendo el paso del tiempo (incluso cuando uno cree haber escuchado suficientes veces Carreteras Infinitas o Fascinado, sus responsables todavía saben justificar su vigencia).
Después llegó el gran vacío de la programación. Los siguientes nombres verdaderamente atractivos —Barry B, Ciutat o Nerve Agent— quedaban relegados a una franja horaria demasiado tardía, separada por varias horas ocupadas por propuestas que, sencillamente, transitan por coordenadas musicales muy alejadas de las nuestras (ni la voz rasposa de uno ni el folk cute de otro lograron convencer, igual lo del calzador ya estaría). Con demasiados minutos muertos para quienes buscaban otros lenguajes, y tras meses viendo cómo buena parte de la prensa especializada bebía los vientos por ellos, aparecía ante nosotros una de las mayores alegrías de la jornada. Acompañados por un batería, los hermanos Cartlidge (The Molotovs) defendieron su debut con una autoridad y chulería impropia en una banda tan joven, llenando hasta la cencerreta los alrededores del escenario y devolviendo al presente el añorado tongue-in-cheek del indie sleaze y del neo-britpop a golpe de guitarrazo seco y bajo que dispara con bala. Una pena que propuestas así, otrora la quintaesencia de los festivales, sean ahora mismo apostillas anecdóticas a pie de página en las programaciones.
El cierre, como tantas otras veces durante el fin de semana, volvió a encontrarse en el siempre fiable escenario Radio 3, al que simplemente nos aferrábamos como niño de Nerja al barco de Chanquete. Allí, con Teresa Iñesta haciendo doblete tras su actuación previa con Repion, las solventes Aiko el Grupo terminaban de rescatar una jornada irregular gracias a su descarga de pop rápido, letras con corazón y ecos de punk de dormitorio que le recordaban al concurrente medio por qué estos escenarios secundarios siguen siendo el auténtico refugio para quienes buscan descubrir las propuestas más estimulantes del cartel. Fue un final tan modesto como revelador, pues aunque al domingo le faltara un gran cabeza de cartel, se confirmó, una vez más, que el verdadero corazón del Low Festival continúa latiendo lejos de los focos principales.