Crónica: Ithaka Festival 2019

12 septiembre, 2019
Redaccíon: dod Magazine

Ithaka Series #1Redacción: Felipe Martínez

Desde que alguien predijo que la burbuja de festivales no tardaría en explotar, estos no han hecho más que aumentar. Es rara la capital de provincia que no tiene un “___ Fest” o un “___ Music”. En un sector plagado de eventos que no reparan repetirse con los mismos artistas pero distinto nombre, parece no aplicarse la máxima capitalista de la “diferenciación del producto”. Pese a ello, aún hay gente que parece estar fuera de este circuito, no porque quiera diferenciarse facturando un producto completamente diferente, sino porque lo diferente es la actitud y el esmero con el que se hace.

Hablamos de Ithaka, un pequeño festival que discurre a lo largo de dos noches y un día entre un castillo y una pequeña playa fluvial (y un chiringuito). Claramente es el Castillo de Medellín, en Badajoz, el punto clave de Ithaka. Una construcción del Siglo XV parcialmente derruida con un escenario en el medio, un alumbrado tenue mediante velas y poco más que una barra es el escenario donde ocurre lo más significativo durante todo el fin de semana. El otro es, obviamente, la música. La programación promete 30 horas de música a lo largo del fin de semana, con el castillo aún emanando sonido en lo alto de la colina a las 10 de la mañana del domingo.

En un pueblo que vive en gran parte del turismo que generan el castillo y un anfiteatro romano muy bien conservado, parecen haber recibido con agrado la propuesta de Ithaka, poniendo a disposición de la organización un enclave tan especial (y complicado: en 2018 se tuvo que cancelar la primera edición oficial en la villa abandonada de Granadilla, Cáceres, por desacuerdo con alguna de las formaciones políticas y teniendo que trasladarse finalmente al emplazamiento actual). La cercanía del recinto y del camping también permite a los asistentes visitar el pueblo y consumir en sus establecimientos.

Otra de las maneras de intentar establecer una buena relación entre el pueblo y el festival son los conciertos inaugurales gratuitos en el centro cultural de Medellín. Este año la programación gratuita incluía el proyecto de Patricia Escudero junto a Luis Delgado revisitando la obra de Erik Satie y la actuación de Cruhda, irradiando el espíritu y el sonido del centro peninsular más desértico.

Frente a la programación más oscura y a medio camino entre el house y el techno, el set de Limabeatz era una de las alternativas que proponía un sonido y un baile distinto. Su faceta de beatmaker es sobradamente conocida, saltando al primer plano nacional con sus producciones para Cecilio G, pero sus sesiones no se quedan atrás. Fue precisamente con un tema del rapero de Bogatell con el que comenzó su turno: Pikete Espacial, un fuerte arranque para un set lleno de funk de favela, producido por él (Bota Bota de MC Buseta o Superman), o por otros (Na Fuga de Florentino).

Intenso, acelerado y con una toalla para el sudor constantemente sobre la cabeza, cortaba, pegaba, pausaba y volvía a poner en marcha los temas a su antojo, disfrutando a los mandos de la mesa y contagiando su entusiasmo al público. En general añadió a la mezcla mucha música actual pasada por el filtro del funk carioca de ahora… y también de antes, añadiendo A Gira de Trio Ternura como guiño al movimiento funk brasileño de los 70. Entre medias hubo algo de reggaetón, con el remix manufacturado por Kelman Duran del clásico de Daddy Yankee y Nicky Jam, El Party me llama, al estilo del dominicano, con el pitch hasta las nubes y el tempo por debajo del original.

Junto a los artistas nacionales, que componían la mayoría del cartel, también es posible encontrar una pequeña parte de propuestas traídas de otro país. Este año venían de Portugal con Ness, único proyecto que incluía vocales, y Odete, parte de Troublemarker Records y Rádio Quâncica, cabezas visibles del movimiento queer lisboeta que está redefiniendo el concepto de las fiestas de música electrónica en la capital portuguesa. La primera firmó una corta actuación de rnb contemporáneo la noche del viernes, con producciones electrónicas. Algo desafinada, no consiguió conectar del todo con el público en una actuación clave que tenía que unir los conciertos gratuitos con la programación nocturna en el castillo. Por lo menos fue un acierto programarla a primera hora de la noche.

Un punto a favor son los Dj sets diurnos del sábado junto al río, con mención especial al último de la tarde a manos de Gaspar Antuña, residente del madrileño Café Berlín y responsable de la fiesta Papaya los sábados. La música se fue animando desde el set de Troya Modet (quien también tuvo su turno por la noche en el castillo) a mediodía, quien comenzó pinchando cortes ambient y fluxus para pasar más tarde a los ritmos tribales. La sesión de la tarde acabó con Antuña mezclando música disco y house en una de esas sesiones tan divertidas y desenfadadas que suelen gustar a todo el mundo.

En contraste con las sesiones del mediodía y la tarde, la programación nocturna se intuía mucho más oscura y pesada (en el sentido musical de la palabra). También era el día de las figuras de culto. Por un lado unos resucitados El Sueño de Hyparco y su Ambientes Hormonales, con la portada del álbum proyectada de fondo y sus composiciones de ambient árido e industrial mezclado con ruido en el frente. Una hora y algo más tarde, Fran Leaners se mantuvo fiel a la filosofía que durante los primeros años de la ruta valenciana lo llevó a la fama: mezclar techno con new wave y post-punk. Hace tiempo intentó dictar sentencia en una entrevista afirmando que la música está excesivamente manufacturada expresamente para la pista de baile tal vez no se equivocase, pero tampoco nos parece lícita una llamada de atención a la falta de creatividad sobre la mesa de mezclas si incorporas dos temas de U2 en un mismo set. Un discurso y un dj set agotados que enviaron a más de uno de vuelta al camping.

Entre medias de los artistas nombrados anteriormente tuvo lugar el que lleva siendo uno de los proyectos audiovisuales más interesantes de los últimos años. El flamenco deconstruido (cómo no) de Los Voluble, o más bien la concepción del flamenco, en su dimensión social y musical, se encuentra con la política, el reggaetón y hasta el grime patrio de Erik Urano en su proyecto actual Flamenco Is Not a Crime. La entrevista con el discurso pro (anti) flamenco de Agujetas se entremezcla con los cantes de Tía Anica la Piriñaca, con las imágenes de las Jornadas Mundiales de la Juventud de Madrid en 2011 o con las imágenes religiosas de los pasos de Semana Santa en Sevilla desplomándose al suelo.

Todo lo anterior entremezclando música y visuales en un directo en el que manejan casi 500 videos que alternan y rotan a partir de 7 presets. Un show controvertido en el que es posible llegar a ver un cante de Antonio Mairena mezclado con Bololo Hahaha de Mc Bin Laden. Sin tapujos, lo mejor de todo el fin de semana. Probablemente por la capacidad de Los Voluble para sorprender continuamente por lo cambiante de su show, tal vez porque superponer un Kalashnikov y una imagen del Rey en una pantalla sigue siendo algo controvertido, y lo peligroso gusta.

Para cerrar el festival, Troya Modet volvió a subirse a la tarima por segunda vez el mismo día, aunque con un tracklist completamente diferente esta vez, alejado de la dinámica del mediodía. Con ella empezó un viaje que terminaría bien entrado el día con unas Tutu & Itzi que pusieron banda sonora al castillo desde las 7 hasta las 10 de la mañana.

Finalizada una segunda edición, cabe pensar cuáles son las vías por las que la organización pueda querer explotar un evento con mucho margen de crecimiento y posibilidades. Con respecto a la línea que quiera continuar el festival se pueden plantear diferentes incógnitas. El aforo reducido a 500 entradas y la localización lo convierten en un evento privilegiado. ¿Hasta qué punto es compatible con el crecimiento? La organización asegura sentirse cómoda con el formato y desea seguir la misma línea. No se presenta difícil que Ithaka pueda acercarse en breve a la cifra del aforo completo, tal vez el boca a boca atraiga gente poco a poco cada año.

Lo que sí parece antojarse (a priori) incompatible es la idea de traer artistas de mayor envergadura con el aforo reducido. La organización tendrá que elegir entre renunciar a un mayor beneficio proveniente de las entradas o a su localización única, y teniendo en cuenta que no parece que tengan idea de desprenderse de la segunda, bailar las cuentas para hacer un cartel lo más afinado posible año tras año también es un arte.

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