Crónica del FIB 2017 - Domingo

21 julio, 2017
Redaccíon: dod Magazine

FIB 2017 - Escenario Las Palmas

Redacción: Ro Sánchez

Tocar el último día del festival supongo que tiene cierta responsabilidad. Después de grandes directos durante el resto de la semana, llegar el domingo supone estar al nivel de los anteriores y también dejarlo alto para cerrar la fiesta y hacerla memorable hasta el año que viene. Voy a adelantar que esta tarea caía sobre todo en los hombros de Kasabian primero y Crystal Fighters después, ambos en el escenario principal, y que despidieron al FIB por todo lo alto hasta 2018.

El día lo comenzaban The Magic Mor, una de las interesantes propuestas nacionales con las que el FIB ha estado firmando la apertura del escenario Las Palmas estos días. Si Belako, Mourn y Las Kellies ponían el tono más post-punk –y la visibilidad femenina ya de paso–, estos andaluces se tornan más hacia el rock y el pop presentado de manera sugerente, tanto que me supo a poquito. Pero una tenía que cubrir esa dosis de punk nacional, así que algo más tarde volví a la carpa de Radio 3 tras un par de días sin peregrinar a este escenario. Allí pude ver por fin a Las Odio, una de las bandas revelación de la temporada que sigue más esa línea de grupos que antes mencionaba. Me gustan Las Odio cañeras, deslenguadas, que se quejan en sus canciones y que expresan esa disconformidad también aporreando guitarra, bajo y batería y a grito limpio en los vocales. Uno de los ejemplos del punk actual hecho carne, da gusto ver algo en vivo y que esté vivo de verdad. Como hacen música sin florituras ni decorados, sus conciertos son igual de crudos, el mensaje es aún más claro y el resultado muy molón.

Declan McKenna - FIB 2017

Entre unos y otras había espacio para ver a Declan McKenna, quien te colará un gol por la escuadra si te enamoraste de Jake Bugg en su día. Aunque recuerde a él en alguno de los temas que ha sacado, no lo hace para nada en los directos. Y lo digo para bien. Mientras que Bugg acostumbra a ser estático, McKenna no tiene frenos. Que si su guitarra eléctrica, que si la acústica, que si ahora cojo el micro y me recorro el escenario entero, o incluso me apetece bajarme al foso a cantar con las primeras filas. Descarto que exista centímetro cuadrado que no haya pisado este chiquín inglés que hace nada que ha cumplido la mayoría de edad. Rompe con las normas del cantautor moñas cuando es lo que crees que debes esperar de él, tanto en estudio como en concierto. Mucho estilo propio y originalidad, uno de los momentos jot –como él y algún que otro miembro de su banda llevaba pintado en el pecho bajo la camisa– del día.

Ya cayendo la noche, me vi dividida en dos. Mi parte rockera estaba convencidísima de ver a Slaves, pero mi lado popero-curioso se moría por ver a Dua Lipa. Así que recurrí a una decisión salomónica y partí los conciertos por la mitad. Empiezo con Slaves, donde el batería y cantante –sí, el vocalista principal es el batería, algo que pasa más o menos con la misma frecuencia que los eclipses lunares– Isaac Holman lleva sólo unos pantalones porque imagino que la camisa no le aguantaría un directo entero sin romperse. Qué brutalidad. A su lado está Laurie Vincent, de traje rojo y encargado a la guitarra. Casi pienso que el grupo son un dúo porque no existe nadie más que les siga el ritmo, pero tampoco les hace falta. Tras la primera canción Holman se autopresentaba bajándose del escenario hasta casi el foso de fotógrafos, donde saludaba a una buena multitud que había venido a verles y contaba la historia de la banda, esencial para entender lo que vemos sobre el escenario. Hasta que encontrasen un batería, Vincent le dejaría un par de platos, un tambor y una caja, pero finalmente no necesitaron ser uno más gracias a la maña de Holman con ni siquiera un kit completo. Así que empezaron a dar conciertos. Parece que al batería le preguntaban por encima de lo que podía soportar que dónde estaba el charles, y es así es como introduce el tema Fuck The Hi-Hat, que viene a ser "que le den al charles" en castellano. Que no sea por falta de claridad. Metiéndonos ya en el concierto les veo a ambos en el centro del escenario Visa y los primeros segundos se te pasa por la cabeza que sobra espacio alrededor. Sólo los primeros segundos, hasta que Vincent comienza a dar vueltas, a correr y a saltar en torno a su compañero de banda, aprovechando bien las tablas sobre las que está. La fuerza con la que tocan ambos es impresionante, la rapidez, la potencia. Tampoco creas que Holman va a quedarse quieto frente a la batería. Además del charles también le falta el asiento y eso sí que no es casual. Da botes con cada beat y mueve los pies mejor de lo que le hubiera enseñado Clint Eastwood en Million Dollar Baby, con las piernas extendidas, abarcando su batería y sin dar un respiro. Slaves consiguen que todo aquello de lo que pudieras desconfiar –una batería incompleta, un show de sólo dos personas sobre el escenario con riesgo de aburrir o saber a poco–, funcione precisamente porque es así. Holman, tienes razón: no necesitas un charles si vas a golpear la batería con esa traca. Y lo de verle cantar en el proceso es que apabulla. No tienen fin, y espero que no lo tengan nunca.

Dua Lipa - FIB 2017

Para dar fe de que el FIB es un festival de contraste me voy al escenario principal a ver a Dua Lipa en la mitad del slot. Perdónenme, ya sé que esto es un blog de indie, yo también era una pureta. Pero lo de esta mujer se merecía una visita. Un disco hecho de singles que desborda personalidad femenina de la buena, de la de aquí estoy yo, y esta es la actitud que también transmite. Entre tanto hit de radio, cómo no iba a estar la masa encantada. Si el de Slaves era uno de los mejores conciertos de rock auténtico de la edición, el de Lipa lo es igual, pero de pop. Golpe de calidad a The Weeknd sin tanta parafernalia escénica que más que ayudarla a ella, le estorbaría. Sola se basta para arrasar, pero la acompaña una banda que elimina ese concepto de que el pop viene con samplers y que además sonaba de lujo. Para esto hemos venido, para ver música en directo.

Después de este paréntesis volvemos al indie con uno de los nacionales más esperados. Estos eran Love Of Lesbian, que iban a animar el patio español antes de Kasabian. Congregación de españoles en el Visa para ver a los de Santi Balmes dar una completa fiesta, confeti incluido, donde la melancolía de los temas más conocidos apenas se dejó ver en pro de montar un setlist que mostrara su lado más cachondo. Conclusión: cautivadores, no hubo quien no bailara. Objetivo cumplido. Contaba Balmes que cada vez que tocan en el festival viene más gente, comentario muy acertado en un concierto que en principio iba a solaparse con el cabeza de cartel y que se consiguió adelantar para no crear conflicto entre los que peregrinamos al FIB desde casa. Y claro, uno al ver la que les esperaba frente al escenario se emociona. Aunque LoL suelen dar hasta el alma en los directos, la entrega de este era especialmente notable, y por supuesto les fue correspondida. El viaje junto al Poeta Halley pasó por el Balmes con chistera y chaleco incapaz de pararse frente al micrófono y llevándoselo consigo de punta a punta; el que se quita la camiseta en Incapacidad Moral Transitoria como llamado a la carne y el que no puede evitar poner la nota sentimental con Incendios de Nieve, imprescindible aunque venga después de que hayamos coreado “fantástico” porque remata esa unión del público entre sí y con la banda. Algo así como estar en las duras y en las maduras, ver a Love Of Lesbian en el FIB no es como verles en cualquier otro festival del país, este es territorio guiri con un 80% de asistentes que cruzan frontera para venir. Ser parte de ese otro 20% que alza la voz en un rincón del recinto y estar presente en la celebración marca más el vínculo.

Kasabian - FIB 2017
Y para que el ritmo no pare, cabeza de cartel. Lo de Kasabian es una locura. Y no te hablo en sentido figurado, en realidad no puedo ser más literal. Llegué a este concierto con pocas expectativas y a dejarme sorprender. Ahora no creo que 'sorprender' sea la palabra que lo abarque, quizás sea más bien alucinar. No voy a darte una perspectiva fría de lo que pasó en el escenario. La genialidad de los conciertos de Kasabian no ocurre porque ellos se suban a uno, sino cuando se suben y todo lo que pasa a su alrededor, ya sea ahí arriba donde están ellos o abajo, donde estamos el resto. Si sólo prestara atención a lo que hay por encima de mi cabeza y a lo que iluminan los focos estaría perdiéndome la experiencia Kasabian. La experiencia abajo fue para nosotros llegar diez personas al concierto, perder a los otros ocho y terminar sólo dos rodeados de británicos en un huequito donde se podía bailar, hasta que se convirtió en un espacio enorme donde se hicieron varios pogos en los que el de al lado perdió el móvil, la de atrás las zapatillas y el de más allá la cartera. ¿Pero piensas que les importó algo en el momento? Su cara era de que había merecido la pena. El carpe diem musical.

Más arriba las cámaras grababan a Tom Meighan luciendo un abrigo –ya, ya lo sé– con una calavera enorme en la espalda. No sé si las pasarelas le aprobarían el outfit, pero desde luego, junto con su carácter en escena, impone –y oye, muy en sintonía con el Winter Is Coming del estreno de Juego de Tronos esa misma noche–. Como frontman no tiene competencia, y aunque no se queda atrás sigue siendo inalcanzable por Sergio Pizzorno, que da más la nota musical que la carismática. Eso sí, clavando la guitarra y los vocales, como no podía ser menos, y ambos perfectamente complementados. Juntos repasaron la larga cola de éxitos que ya acumula Kasabian y que es imposible que den un descanso más allá de la balada Put Your Life On It, donde el recinto del FIB frente al escenario se llena de las luces blancas de las linternas de smartphone. Esta es la única parada en el tren sin frenos de la banda. Para el resto de la noche Meighan agita a la masa, les grita, levanta los brazos, da palmas, baila, se pasea por todo el escenario y el conjunto es infalible. Y claro, público rendido y domado para que sean cómplices de la juega gamberra y testigos del evidente poder que tiene el líder para los directos. Poco más te puedo decir de un concierto que es imposible contemplar de manera teórica porque trata más de pasar a la práctica. Hay que estar ahí.

Si el plato principal era Kasabian, se cumple eso de que el postre es también una de las mejores partes. Muy poquito después Crystal Fighters convertían el escenario en un mix entre selva tropical y selva ibicenca, como llevan ya haciendo varios años. Y da igual que en España los hayamos visto hasta la saciedad en sala, en festivales y hasta en Palacio de los Deportes, si están sabes que van a ser un acierto. El ambiente no decae y los temas nuevos del disco que sacaron en 2016 –Everything Is My Family, esos que todavía no tenemos tan ensayados– entran como agua entre los hits habituales que son merecidos himnos de festival por escenas como las que dejan. Son las cuatro de la mañana y el último baile llega con Plage para los que se retiran, mientras otros aguantan hasta el clásico cierre con la pinchada de Aldo Linares que pone el broche de oro edición tras edición.

Se nos va un FIB que ha sido noticia por las medidas de seguridad, por el aumento de los aforos, por ser una edición llamada comercial, desencantar a unos y enamorar a otros tantos. No se puede obviar que la organización no parecía preparada para las decenas de miles de personas que hemos pasado por allí este año y convivido durante una semana, pero quedémonos con la música. Leo que el FIB ya no es lo que era, pero tampoco creo que le haya sentado mal el cambio: lo dicen las ventas nacionales en aumento, la reconquista a un público que se estaba perdiendo frente al anglosajón. Después de algunos años de bajona, Benicàssim vuelve a sacar pecho. ¿De verdad importa tanto que lo haga con Red Hot Chili Peppers en un cartel plagado de Kasabian, Liam Gallagher, Blossoms y Courteeners que no pueden ser más FIB? La esencia sigue. Por favor, don’t look back in anger.

 

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