Crónica del Festival Tomavistas 2017 - Viernes

20 mayo, 2017
Redaccíon: dod Magazine

Festival Tomavistas 2017 - Parque TIerno Galván

Redacción: Vitor Blanco

Arranca la tercera edición del madrileño Festival Tomavistas – la segunda en el acertado Parque Enrique Tierno Galván – en muy buena salud (y es que muchos predicen que ésta será la de su consolidación definitiva) y con una jornada que brilló por su eclecticismo.

La tarde pertenece a las pequeñas audiencias

Dos escenarios configuran la apuesta del Festival Tomavistas en alternancia perfecta. Uno de ellos, bautizado como Escenario Corona, se lleva el título de protagonista. Es, como en todos los festivales, el niño mimado de la familia. Goza de la mejor acústica, los medios más completos, y un espacio natural en forma de anfiteatro que facilita enormemente disfrutar de los conciertos. Y, sin embargo, fue en el hermano pequeño – llamada Escenario Wegow –, con evidentes problemas técnicos (ninguno de los directos se libró de múltiples solapes entre instrumentos), donde el Festival triunfó la tarde de su primera jornada.

Frente a audiencias realmente precarias hasta aproximadamente las 22:00 de la noche, presentaron su trabajo formaciones nacionales e internacionales, verdaderas joyas en gestación. Como carbón a punto de ser diamante contemplamos a Quentin Gas & los Zíngaros, Aquaserge y Schwarz; frente a Los Bengala, Los Nastys o The Big Moon que en el escenario principal mostraban su característica irreverencia, pero no resultaban tan innovadoramente interesantes.

Quentin Gas & Los Zíngaros son una arista más de ese poliedro que hemos venido llamando Post – Flamenco. Una nueva revisión del estilo popular que espanta a los más purista pero sorprende al resto del mundo. Dentro de las muchas posibilidades que puede ofrecer esta raíz musical popular, una de las más prolíferas ha sido su intromisión por los terrenos de la psicodelia, Los Planetas son buen ejemplo de ello. Estilo en el que podríamos encontrar la producción de Quentin Gas y Los Zíngaros. Directos desde Sevilla, presentaron su único trabajo en larga duración, Caravana, estrenado este mismo año. Más envolvente en directo que en estudio, también mucho más pasional por parte del cantante (Quentin Gas propiamente), que se entregó a cada uno de los versos cuasi lorquianos. Podemos asegurar que no dejaron indiferente a quien allí estaba presente. Para ello estaban El Pedío, Sultana, Caravana y Deserto Rosso; así como una nueva canción, que creemos se titulará Sol, y que, con una primera escucha, parecen menos experimental pero igual de psicodélica.

Tras ellos, Aquaserge, banda francesa de muy difícil clasificación (pero, para hacernos una idea, digamos que sitúan en algún lugar de ese abanico infinito que forman la encrucijada de rock y jazz); subieron al Escenario Wegow para presentar su último álbum Tour du monde (2017). El proyecto galo, iniciado por Julien Barbagallo, integrante de Tame Impala; demostró sobre el estrado que era el candidato más factible al premio del riesgo. Su sonido es imprevisible a la vez que repetitivo, sorprendente y difícil de definir en términos de la estructura musical habitual. Tour du monde, su mayor – aunque tímido – éxito, es un ejemplo perfecto de cómo se desenvolvieron la tarde del viernes. Apuesta que, además, decidieron acompañar de grandes dosis de improvisación. El resultado, cóctel breve e indefinible donde caben los coros fragmentados y notas de instrumentos de viento tradicionales; en un todo que parece inconexo pero está perfectamente sellado.

Los murcianos Schwarz son los últimos de esto que hemos venido denominando tarde de pequeño escenario. Para ellos el Wegow fue el lugar perfecto para desplegar su kautrock puramente industrial. Con ya nueve discos bajo su brazos (el último de ellos, Nación subterránea, es el que les había traído el viernes aquí) y multitud de idas y venidas en una biografía colectiva digna de una película; lo cierto es que Schwarz consiguieron sorprender a veteranos y neófitos. Supieron crear esa factura underground tan propia y mantenerla durante todo su directo. Si cerrabas los ojos entre el público casi podrías sentirte en una nave industrial abandonada en las afueras de un barrio berlinés.

El público lo vivió así también, o por lo menos eso demostraban sus aplausos. Fue uno de los conciertos que más curiosos atrajo, aunque su final se vio eclipsado por un éxodo masivo hacia el Escenario Corona, donde Lori Meyers comenzaba sus primeros acordes.

Un punto de giro: Lori Meyers conquista el Escenario Corona

Ya antes de que los granadinos revienta festivales subieran al Escenario Corona, en la espera entre Aquaserge y Schwarz, pudimos presenciar allí el debut madrileño de The Big Moon, cuarteto de indie – rock londinense recién lanzado al mercado de los larga duración con Love In The 4th Dimension. Sonaron igual de sólidas en directo que en álbum, demostrando que no son una anécdota más en esta amalgama de rock garajero de trazos grunge que tan fructífera se ha vuelto en los últimos años. Bonfire fue la mejor de las canciones del directo, navegando constantemente entre la contención y el desenfreno; mientras que Formidable marcaría un momento balada, necesario para poder disfrutar con mayor intensidad de los rupturas melódicas de Sucker, su tema más pleno hasta la fecha y acertado cierre de concierto.

Pero fueron Lori Meyers, como ya hemos venido adelantando, quienes consiguieron llenar por primera vez el gran escenario principal. Traían a Madrid el espectáculo con el que vienen presentando su nuevo disco, En la espiral (2017); un alarde de visuales y escenografía que parece consolidarles por fin como grandes rockeros de escenario tras años y años firmando los mejores conciertos de los festivales nacionales. Una pantalla móvil, que para la primera canción (la infravaloradísima Vértigo I, una verdadera joya de la progresión que podrían haber escrito los mejores Planetas) ocultaba parcialmente al grupo de Loja; se levantó veloz para que todos pudiéramos saltar al ritmo de Planilandia y su “a veces pienso que no existen todos mis complejos”.

El resto de la noche se columpió entre nuevos y viejos trabajos. Entre los primeros: Océanos o Todo lo que dicen de ti, ambas claramente mucho más calmadas, llamadas a bailar abrazados. En las antípodas, antiguos hits, como Luces de neón (que apenas esperó cuatro temas para salir), Emborracharme o el ya himno festivalero Mi realidad. El público del Tomavistas despertaba por fin bajo los acordes de uno de los grupos favoritos de la capital. Sin duda bajo el sello de Lori Meyers quedará uno de los conciertos más animados y coreados de todo el Festival Tomavistas; con una predicción hacia el futuro: Siempre brilla el Sol, la canción de su nuevo disco que más ánimo levantó, podría estar llamada a convertirse en el nuevo éxito de los granadinos.

Cuando el rap se cuela en lo indie

Post – flamenco, krautorck, rock jazz,… ¿qué le faltaba al Tomavistas para consolidar un día indefinible con una sola etiqueta? Una acertada selección entre el panorama del nuevo rap nacional, por supuesto. Y C. Tangana era la respuesta más evidente pero también la más complicada. Recién llegado de su gira latinoamericana, subió al Escenario Wegow (¿de verdad habría sido un fracaso presentarlo en el escenario principal?) arropado por sus compañeros de Agorazein, el grupo de neo – rap – o trap, o cualquier otra posible definición con la que seguramente no se sientan contentos – con mayor salud en el país.

Al igual que Lori Meyers, pero antónimos en cuanto a actitud y sonido, despertó las pasiones de un público entregado a cada una de sus letras; desde los cortes de su EP inspirado por las bases de Drake (Drama, Nada, o C.H.I.T.O.), hasta temas más antiguos, como 100K pasos (que sigue siendo uno de sus mejores trabajos), para llegar a los éxitos que le han llevado a la cima (desde la que escribe Espabilao, en la que asegura haber firmado un contrato multimillonario del que todavía no sabemos casi nada). Entre éstas últimas, joyas como Persiguiéndonos o Lo hace conmigo, de una tranquilidad y erotismo característico; hasta sus hits veraniegos con Rosalía (otra de las voces que están revolucionando el flamenco): primero Llámame más tarde para calentar motores; luego Antes de Morirme para cerrar por todo lo alto y con la organización obligándole a cortar.

El electropop protagoniza la noche

Un rebelde C. Tangana abandonando el escenario se solapaba durante unos pocos minutos con Goldfrapp, verdadera protagonista de la noche al presentar en el Tomavistas su única fecha en España. Presentando ese nuevo Silver Eye (2017), que cumple con todas las promesas y expectativas, dio pistoletazo de salida a una noche protagonizada por el electropop más bailable. Frente a una audiencia multitudinaria no esperó para desplegar su recién estrenado potencial, y Anymore, uno de los cortes más aplaudidos y animados de su último disco, fue el encargado de abrir su directo. No faltaron de ese trabajo recién salido del horno Ocean, Become the One o la gran ovacionada Systemagic.

Pero a Silver Eye todavía le falta camino para alcanzar la repercusión y la pasión colectiva que se generaba con antiguos temas como Train, Ride a White Horse, pero sobre todo con las dos seleccionadas para cerrar la noche: Oh La La (de 2011) y Strict Machine (de un lejano 2003). Terminaba un concierto realmente breve para una cantante de estas características y autora de una carrera interminable. También faltaban algunos temas (todavía me duele que Utopia no hubiera encontrado su hueco entre el setlist de la noche). Pero al final todos estos pequeños detalles se disipaban si se observaba cómo el público reaccionaba, cómo ella conectaba con un Madrid que la acoge por primera vez en mucho tiempo, y si se escuchaba a su indudable capacidad para crear un pop enfermizo, bailable, en una palabra perfecta: festivalero.

Tras una breve espera amenizada por SVPER, que regresaban a las pistas con su característico techno de trazos agridulces (la letra de El final de la noche está ahí para corroborarlo) y presentaba en exclusiva un nuevo disco; subían al escenario principal los encargados de poner la guinda que completara el cartel del viernes. Hablamos de Hercules & The Love Affair, el proyecto del DJ neoyorkino Andy Mutler. Eran las dos de la mañana y las ganas de bailar parecían evidentes. Sobre el escenario un alegato de diversidad que no paraba de pedir a los madrileños un poco más de energía. Las canciones hicieron el resto. Controller, el último de sus singles; era solo la punta de un iceberg tecno que alcanzó su punto álgido en la interpretación de la esperadísima (y temíamos que no sonara) Blind. Cantada originalmente por Anthony Hegarty (sí, la de Antony & the Johnsons), no perdió nada de fuerza en otra voz. En conjunto, la sesión de Hercules & The Love Affair duró apenas una hora, aunque muchos de los presentes pedían bastante más. Se acababa la primera edición del Festival Tomavistas confirmando nuestra hipótesis de llegada: el panorama nacional de festivales ya no se podrá entender, a partir de ahora, sin esta temprana pero necesaria fecha.

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