Crónica del concierto de The Tallest Man on Earth en Madrid, Joy Eslava (08-02-2016)

10 febrero, 2016
Redaccíon: dod Magazine

The Tallest Man On Earth (2015)

Redacción Vitor Blanco

Es posible que desde las alturas sea más fácil comprender la música. Es posible que desde allí arriba Kristian Matsson comprenda mejor que el resto de nosotros cómo funcionan los sentimientos. Que desde esa azotea sea capaz leer sentencias tan arrebatadoras como “no more nights of what you worte back then, no relief of no rain”.

Y es que físicamente The Tallest Man on Earth no es, ni de cerca, el hombre más alto de la Tierra. Entre la gran multitud que este lunes llenaba la Sala Joy Eslava había personas mucho más elevadas. No es coloso de altura. No. Es coloso de corazón. O de mente, o de donde quieran que nazcan los sentimientos. Es ese cantante capaz de arrancar lágrimas nada más comenzar su concierto con la descorazonadora Winds and Walls que ha abierto esta crónica. Para inmediatamente hacernos bailar con sonrisas agridulces: a 1906 me refiero. Porque desde su azotea también se vislumbra la esperanza.

Pero también es, sin duda, uno de los nombres más prometedores del indie – folk. Al que le basta con su voz para alcanzar la cima. Aunque no dude en acompañarla con muchas (muchas) guitarras, que cambia con cada canción. Con la angélica voz de su violinista, que también sorprendió al violín en Sagres. Y con su compañero batería, que tocaba con una baqueta en la mano y una pandereta en la otra. Tampoco faltó el piano, incluso él se atrevió a tocarlo (demostrando que era mejor dejarle al experto que le acompañaba). Creando una harmonía perfecta para los temas de su nuevo disco, Dark Bird is Home, como la ambiental Fields of our home, o Slow Dance. Con The Wild Hunt nos trasladó a su debut homónimo, para traernos de golpe al 2015 en Darkness of the Dream. Una melodía rebosante de alegría para una letra donde la oscuridad de los sueños pasados arrebatan a Kristian el presente.

Sí que prescindió de su banda en Love is All, su indiscutible gran éxito de ritmos y voz country. El rejuvenecimiento del mejor Bob Dylan, con la melancolía de Bon Iver y la intimidad de Iron & Wine. “No, we don’t dream anymore”. Tampoco tuvo ayuda en I Won’t Be Found o en The Gardener. Ni en Where Do My Bluebird Fly, más directa, más apocalíptica. Como si su presencia firme y desnuda (metafóricamente) en el escenario no fuera lo suficientemente impactante. Saltándose constantemente la cronología de su discografía. De The Wild Hunt a There’s No Leaving Now, pasando por Shallow Grave. Denotando una continuidad mágica en toda su carrera. Convencido de que en la repetición estará la perfección. Perfección que con su último álbum de estudio, Dark Bird is Home, parece tener al alcance de la mano. 

Y sí tuvo ayuda, con mayúsculas, en Revelation Blues, que junto a su pianista extendió en varios minutos. Consiguiendo lo único que le faltaba: dejarnos boquiabiertos sin necesidad de abrir su boca.

Para entonces ya llevábamos el suficiente tiempo de concierto para que los primeros presentes perdieran la timidez y comenzaran a gritar las canciones que querían oír. Y de entre todos los títulos uno era el que más se repetía. Tardó en llegar, pero finalmente lo hizo. King of Spain coronó la noche y coronó a The Tallest Man on Earth. Y trasladó la sede del Palacio Real a la Joy Eslava. Coreada por los súbditos de nuestro, ya, tercer monarca. Porque tiene su gracia gritar Barcelona, Madrid o “siesta” cantando las canciones llorosas de un sueco.

Le siguieron la increíble Dark Bird is Home, en la que invitó al escenario a su mejor amigo, y por sorpresa telonero, The Tarantula Waltz; consiguiendo, juntos, esa energía optimista que traen consigo los últimos segundos del tema. Parecía la última canción pero no lo fue. The Tallest Man on Earth regresó al gran escenario de esa sala que ya le queda pequeña para primero endulzar con The Dreamer, y luego agriar con Like the Wheel, su último tema de la noche, dejando en el aire una última pregunta: “Oh my lord why am I not strong”. Resumiendo todo su concierto en los últimos diez minutos: aplausos para letras trágicas, melodías desgarradoras, momentos de destellos de optimismo y baile. Y sobre todo, sobre todo, un sonido folk increíble, de un productor que sabe exactamente cual es el mejor acorde con el que continuar la melodía. Y la voz, una voz capaz de cambiar y de mutar, de gritar y susurrar. De expresar. De transmitir, que en eso se basa su música.


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