Crónica del concierto de Rolling Stones en Barcelona (27-09-2017)

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1 octubre, 2017
Redacción: dod Magazine

The Rolling Stones (2016)

Redacción: Andrea Genovart

Simpathy for the Devil fue la encargada de romper el murmullo nervioso del Estadi Olímpic Lluís Companys, con la impaciencia de un retraso de 15 minutos que se vivió como una eternidad. Con los coros entonados por un público heterogéneo y de todas las edades, con unas luces rojas diabólicas humeantes, sus satánicas majestades entró en el escenario con unos movimientos rítmicos y acompasados que solamente podrían desprender la elegancia y serenidad de alguien que se erige ante la banda del rock estrella capaz de unir a todas las generaciones.

Dos horas con un set list que no podía ser más generoso. Obviamente, a cualquier fan de los Stones siempre le faltan algunas imprescindibles pero no por la organización del mismo sino porque su repertorio de hits da para una semana entera y sin pausa. Pero esa noche a Barcelona le tocaba bailar y celebrar que hacía 10 años que el grupo no se dejaba ver por la ciudad condal, y así se encargaron de hacerlo. Its only rock and roll y Tumbing dice fueron los siguientes temas protagonistas de empezar un show en directo que impresionaba a todos los que estábamos envueltos en él, con un juego de luces distinto en cada uno de ellos pero todos de una gran sofisticación y fundamentales en la recreación de tal escenario.

Si bien el público estaba fuera de sí desde antes que saliera la banda, sin entender de términos medios ante la entrega que ofrecía su paso por el escenario, los Rollings fueron viniéndose arriba de un modo progresivo y, sobretodo, agradecido. Si en el minuto uno podíamos ver a unos genios de la música concentrados en la exigencia formal que ofrecen unas canciones de reconocimiento universal, empezaron a revivir lo que era desmelenarse a partir del Can’t always get you want, Paint it black y Honky Tonk Woman. Las palabras sobre Barcelona, incluso las anécdotas (habían comido ese día botifarra i Trinxat de la Cerdanya) empezaron a ser recurrentes y espontáneas. Y en castellano fluido, claro. Empezaron y hasta el final, sin medias partes, los cambios de vestuario, los saltos infantiles de Ron Wood - declarado amante y con casa en Barcelona, por cierto -, los sprints en la pasarela de Jagger que no podían no provocar un miedo silencioso y paternalista entre los asistentes, los solos capaces de acariciar la intimidad de cualquiera de la multitud de un siempre tímido de Keith Richard - quenos regaló uno de los mejores momentos de la noche en las vocales de “Happy” y “Slipping Away”- y la impresionante agilidad de un caballeroso Charlie Watts a la batería. Un conjunto de constantes que desprendía, por encima de todo, una alegría natural, cómplice y compartida con el público. Tal cóctel molotov - que no dejaba de impresionar por su inmortalidad, rastreada por la mayoría de los asistentes de una media de edad suficiente avanzada para ello - estaba acompañado de una banda de músicos y coristas que no podía ser otra que los mejores del mundo, elegidos por los otros mejores del mundo, por los líderes mundiales, los Rollings.

Como es sabido - y otro gesto de que la modernidad no tiene nada que ver con la edad - los Stones dan a elegir al público de cada concierto qué tema quieren oir. Esta vez las opciones de Barcelona eran Rocks off, All down the line, Bitch y Live with me. Y la ganadora fue la primera, la que da el pistoletazo de salida a Exile on main st. (1972); todo un gesto de peculiar melomanía símbolo de que, aquí, el acogimiento del grupo es cosa seria. Otra guinda del pastel, sin duda, fue Gimme Shelter, con un dueto de Mike y la verdadera protagonista de éste, Sasha Allen, miembro vocal de la banda que los acompaña. Cabe mencionar la presencia blues con la canción Just your fool, tema no tan famoso y perteneciente a su último disco Blue & Lonesome (2016) pero que su interpretación desprendía esa conciencia de haber alcanzado una gran madurez por parte de una banda que ya ha pasado por todas las fases de prueba y error, de tanteo divertido, de posible experimentación.

Como no podía sorprender a nadie, Satisfaction fue la canción encargada de que la catarsis llegara a su fin. Coreando con unas fuerzas que no eran capaces de sentir el mínimo resquicio de cansancio, inexistente, el público fue sorprendido por una lluvia de fuegos tras el escenario. Un momento que alcanzaba su máxima expresión, que bien podía decirlo todo: una calidad que supera toda expectativa, una energía atemporal, unos músicos que desde el minuto cero ya nos tiene a todos en el bolsillo con su diversión, con su cordialidad. Un final, en definitiva, que nos alertaba que los Rollings siempre pueden ir a más, que son los únicos capaces de reunir a tanta gente bajo los mismos himnos, bajo la conciencia que estamos ante una oportunidad histórica y la duda de poderla revivir. Y un público que sin dejar de cantar a pleno pulmón, sin dejar de poder descentrar la mirada ante los últimos minutos de esa banda literalmente espectacular, pensaba para sus adentros: Volved. Da igual si más tarde que pronto, pero volved. Para sorprendernos otra vez, para no dejar de hacernos creer que sí, que quedan bandas que se presentan ante nosotros - ¡otra vez! - y nos roban toda posibilidad de palabra mientras os vemos y nos damos cuenta que , que más allá de vuestra música, hay un grupo que es inmortal. Y lleva vuestro nombre.

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