Crónica del concierto de Primal Scream en Madrid, Sala La Riviera (11-06-2017)

15 junio, 2017
Redaccíon: dod Magazine

Primal Scream (2015)

Redacción: Ro Sanchez

Crucé la puerta de La Riviera a las 20:59. Apuradísima, bajé las escaleras de la sala y me acerqué al escenario como si ya estuviera perdiéndome algo. El concierto empezaba a las nueve, pero se me había olvidado que eso de la puntualidad británica ya no existe. Cuando los demás se dieron cuenta de esto como yo, sus conversaciones empezaron a subir los decibelios. Al darme la vuelta por el jaleo vi que era la única millennial del sitio, mientras los parlanchines fans de Primal Scream, entre sus treintaysiempre y sus cuarentaynunca, se preguntaban dónde estaba el padre al que había venido a acompañar. Quizás tú lo sabías, pero yo no me imaginaba ser la que clamara que el rock no tiene edad. En mi versión de los hechos diría que esos minutos de espera me dejaron un poco fría. En la suya, que sirvieron de calentamiento: allí donde mirase había alguien sujetando un mini de cerveza.

Bobby Gillespie salió con su tropa y una camisa metálica reflectante, muy en sintonía con la psicodelia de Swastika Eyes con la que pisaron el escenario. Gillespie nunca ha sido un tipo robusto, pero vestirse con ropa tres veces más su talla no ayuda. Sus pantalones campana y los botines de tacón bajo confirmaban que sigue viviendo en otra década. El conjunto parecía muy vintage, con la falda de estampado de cebra de la bajista Simone Butler y el sombrero de cowboy de Andrew Innes. El frontman, por su parte, es bastante inquieto y cada movimiento o contorneo raquítico frente a las primeras filas le costaba ciertos comentarios sobre lo que pudiera haberse tomado antes de empezar el concierto, y también aplausos y vitoreos continuos. Dejó caer el micro, no sé si por accidente o de manera intencionada, y las sospechas y los gritos fueron aún mayores.

Las canciones se sucedían sin rastro del Chaosmosis que habían venido a presentar, pero como un buen repaso a su discografía. El gran protagonista fue Screamadelica, con Slip Inside This House, Shine Like Stars o Loaded, y casi todo el setlist estaba dedicado a agradar a sus seguidores de los noventa. Poco se dejó escuchar el álbum que salió el año pasado, sólo con 100% Or Nothing y (Feel Like A) Demon Again. Pero el éxtasis de los presentes ya no era el mismo a mitad de concierto. No sería porque a Primal Scream no intentasen poner todo a su favor: Gillespie bailaba, le acercaba el micrófono al público e incluso trataba de animar la sala inseparable de sus maracas, pero no parecía surtir efecto más allá de los acérrimos sujetos a la valla antiavalanchas. Vale, sus fans no estaban tan emocionados como al principio, pero hay varias maneras de vivir el bajón en un concierto. La primera es venirte abajo un ratito y aguantar hasta que toquen el hitazo. La segunda es ponerte a rajar como si hubieras estado callado un mes. Y esta última fue la que escogieron unos cuantos a mi alrededor, hasta tal punto que tuve que cambiarme de sitio para poder escuchar al grupo sin coros adicionales. Señores mirando la predicción meteorógica y el Marca, un caballero intentando hacer una foto sin soltar su cerveza y con el dedo en el objetivo –no es tan fácil después de beberse algunas cañas– y otro poniendo su nueva foto del show como avatar en WhatsApp.

Como era de esperar, esa situación no duró mucho y al sonar los primeros acordes de Rocks de nuevo todos los presentes se vinieron arriba. Y alzaron sus vasos de la euforia. Y bailaron. La gente ya no charlaba, ahora cantaba de verdad y volvía a estar en el concierto en cuerpo y alma. Esta era la última canción antes del bis, pero sólo tardaron apenas unos segundos en reaparecer para tocar I’m Losing More Than I’ll Ever Have y otra emblemática Movin’ On Up. La atmósfera ya no decaía y Primal Scream se estaba creciendo según avanzaba el concierto, así que a los temas finales llegaron pletóricos, presumiendo de calidad instrumental y Gillespie de vocales con potencia y afinación.

De lo que presumió el público fue de voz bien alta. Al final del concierto comenzaron a gritar y silbar muy al estilo “suena el himno de España en la final de la Copa del Rey que juega el Barça”. Vi bastante enfado y mala leche, pero también tasas bastante altas de alcohol en sangre. Otros, entre los que me incluyo, comenzamos a andar hacia el cartel de salida. Las luces estaban encendidas y parecía que por muchas ganas de fiesta que la gente tuviera –voceando un “oé oé oé” con más intensidad que ninguna de las canciones que habían sonado antes–, la noche se había acabado. Pero de repente los técnicos volvieron a sus puestos, el staff devolvió los instrumentos a su sitio y las luces devolvieron el ambiente. Primal Scream regresaron al escenario para tocar Come Together, y banda y público hicieron lo propio de manera absolutamente improvisada y épica. Unos a otros se completaban las letras, Bobby Gillespie les regalaba los cánticos futboleros de vuelta y todos se despidieron entre aplausos. Así es como los escoceses embriagaron Madrid y la dejaron contenta. En todos los sentidos en los que quieras entenderlo.

 

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