Crónica del concierto de Noah Gundersen en Madrid, Sala Moby Dick (19-05-2017)

22 mayo, 2017
Redaccíon: dod Magazine

Noah Gundersen (2016)

Redacción: Ro Sánchez

Claro que conozco a Noah Gundersen. Le conozco de mis domingos de invierno, de las tardes de lluvia tras la ventana, de las noches de sábado en las que he cambiado las luces de la discoteca por la tenue bombilla amarillenta de mi habitación. Conozco a Noah Gundersen, por eso, cuando supe que actuaba en Madrid, me apunté la fecha. Pero he de reconocer que no soy una gran fan: no había visto ningún vídeo, apenas recordaba su cara y sus canciones pululan por mi memoria junto a las del resto de cantautores de mi playlist melancólica. No me malinterpreten, es sólo que me gusta dejarme sorprender hasta que llego al momento del directo.

Asomé la cabeza por la puerta justo en el momento en que Adam Giles Levy, que abría la noche para Gundersen, se colgaba su guitarra de jazz sobre los hombros. Tan puntual un hecho con el otro que parecía una llamada telepática. Y efectivamente, primera nota y caes en la hipnosis. Qué solidez en la voz, casi podía tomar forma. Fui dejando a gente atrás hasta que encontré mi sitio frente al micrófono en medio de la sala, sin apartar la vista del escenario. A mi alrededor la Moby Dick era un constante murmullo de parejas acarameladas. Resultará difícil de creer, pero las tres señoras de la esquina, igual de maravilladas que yo con el descubrimiento, guardaban mucho mejor el silencio. Creo que a ninguna de las cuatro nos hubieran importado unos minutos más de Adam Giles Levy.

En el intermedio entre un concierto y otro el resto del público desenfundó sus cigarrillos del paquete para salir a fumar o fue a la barra central a recargar las pilas con cerveza. Yo me quedé allí y avancé un poquito más. Dirán que para no ser fan acérrima me esforzaba bien en estar cerca. Me explicaré.

Cuando se apagaron todas las luces salvo una línea de focos azules que iluminaban todo el escenario –y que no, no iban a cambiar de color en toda la noche–, Noah Gundersen apareció en el escenario, se sentó al piano y bebió de la copa de vino que estaba apoyada en el mismo. Al otro lado del piano había una mesa con un sintetizador y un teclado custodiados por la hermana de Noah, Abby Gundersen, que estaba algo ocupada con su violín para hacerles caso en ese instante. Tanto para él como para ella parecía no haber nadie más que ellos mismos y su instrumento, como el que toca y canta en la intimidad de su habitación. Pero esa intimidad es contradictoria, es de esa que cuando está nos vuelve extrovertidos y sacamos al exterior todo lo que sentimos. Así que, ¿por qué permanecí quieta frente a Noah Gundersen unos instantes? Por ver cómo apretaba los ojos al tocar Show Me The Light como si se le escapara un suspiro entre los labios, o interpretaba varias canciones nuevas (el setlist dice que se llaman Heavy Metals, Number One Hit, Fear and Loathing y After All) con candidez. La escena era tan dulce que cuando dijo que tendría un nuevo disco para este invierno, casi parecía una confesión más que una buena noticia.

Noah es pura honestidad y sentimiento sobre las tablas, muy concentrado en las teclas de su piano y en los acordes de la guitarra. Abby es delicadeza ya sea con el violín, manejando el sintetizador o acompañando a los coros a su hermano. Quizás sea cosa de familia, pero sus voces empastaban perfectas. Ya con estos detalles en mi cabeza hice lo que más me gusta de los conciertos en bares: agenciarme el último taburete libre y apoyarme al fondo en la barra a contemplar el ambiente desde lejos, cerrar los ojos y dejar que la música en directo te llene un poquito. A veces funciona y es magia.

Otras veces lo que ocurre es que el camarero decide poner el lavavajillas mientras suena First Defeat y rompe un poquito más de lo que ya estaba el silencio de la sala. No pasa nada, porque siempre hay justicieros que miran con odio al alterador del orden público en cuestión. El lavavajillas se apaga, ¿pero y qué? Otros dos camareros estaban comentando sus planes vacacionales pinta en mano. Gundersen agradeció al público estar más callado de lo que acostumbra la cultura española, pero yo no estoy tan convencida.

Desde mi posición pude escuchar la belleza de los tonos agudos que Noah se había guardado hasta casi el final, con unos falsetes muy bien encajados en Exit Music (sí, For a Film, la de Radiohead), una potencia fascinante cantando Bad Desire y los aplausos que consiguieron separar durante más de cinco segundos a todas las muchas parejas que abundaban en la sala al terminar Annie, de Young In The City –grupo al que pone guitarra y vocales–.

Tan sincero como os decía, después de Cigarettes dijo que no le apetecía mucho marcharse al camerino y volver a salir otra vez, así que tras dar las gracias interpretó Ledges, que no sólo cerraba el concierto, también la última fecha de esta gira.

Organización del concierto | Cooncert

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