
Redacción: Vitor Blanco
En plena forma. Así subieron los Manel el pasado miércoles 29 de marzo al escenario de la sala OchoyMedio de Madrid. Sin necesidad de teloneros, retrasados tan solo unos minutos y avanzando entre un tupido humo gris hacia sus puestos de combate. Todo en su “modus operandi” expresaba determinación.
Aunque los de Barcelona no tenían razón alguna para la duda. La audiencia, tan entregada como pocas veces se ve en los conciertos de la capital, habría aceptado cualquier cosa con tal de que resonaran en la sala los acordes de sus himnos más característicos. Y así, si bien su directo pecó por breves momentos de monótono, allí estuvieron Benvolgut o Boomerang (de 10 Milles Per Veure Una Bona Armadura, 2011) para salvar los deslices de los catalanes. “No faltó ninguna” se escuchaba en múltiples ocasiones a la salida del concierto. Y es que incluso aquellos temas de ese lejano 2008 de su debut – pero que siguen anclados en las listas como sus canciones más escuchadas – se hicieron un hueco entre los ecos de todas las voces apasionadas, demostrando que en Madrid también se “parla català”. Nos referimos a Ai, Dolors (Els Millors Professors Europeus, 2008), ese tema tan folclórico como moderno y entretenido – con “chachachá” incluido – que se inicia en melodías nostálgicas pero el que directo supo convertir en bailable. Y también a Al mar!, oda oceánica que supo a playa y a verano en una ciudad céntrica. Por su parte, Atletes, baixin de l’escenari (2013) encontró su hueco en Teresa Rampbell, en el penúltimo lugar del concierto e inflada de una energía que no asoma en la versión de estudio.
Pero como ellos mismos afirmaban desde encima del escenario, Jo Competeixo (2016) era la razón por la que estaban allí aquella noche. Y como tal, el álbum ocupó la mayor parte del setlist. Que es un álbum de maduración es obvio desde la primera escucha, pero su actuación sobre el escenario lo demuestra con creces. Les cosines está llena de energía épica y es la mejor elección de su repertorio para abrir un concierto. Seguida por BBVA genera un contraste curioso, un paso de guitarras potentes a electrónica semi onírica que pone banda sonora a la huida de unos fugitivos inspirados por Bonnie & Clyde.
No fallaron tampoco Sabotatge – en el otro polo, el del cierre del concierto – o la que está llamada a ser su siguiente rompepistas bailable: La Serotonina. Inspirada en La Bilirrubina (sí, esa de Juan Luis Guerra que todos conocemos) explotó sus ritmos invitando a todos los presentes a mover las caderas y se estiró algunos minutos más ante la cómica improvisación de Guillem Gisbert. Incuestionables dosis de buenrrollismo que consiguieron despertar numerosas sonrisas.
La sorpresa la dio Arriba l’alba a Sant Petesburg. Prácticamente desapercibida en el álbum, sobre el escenario adquirió una potencia inaudita, casi comparable a la que fue la interpretación por excelencia del concierto. Hablamos de Jo Competeixo, por supuesto. No nos cansamos de repetirlo: una de las mejores canciones nacionales del año pasado. Y ahora, sin tapujos, podemos afirmar que tanto en disco como en directo sus ocho minutos de desarrollo y heterogeneidad alcanzan los listones más alto que le podríamos colocar a este grupo catalán.
Faltó la noticia que todos estábamos esperando. Esa esperanza insatisfecha de que terminado el concierto, Manel confirmara una fecha madrileña más: su actuación en el próximo Festival Tomavistas. No llegó, repetimos, pese a que la organizadora de la velada fuera la propia promotora del festival (en su apuesta por una oferta en salas, a la que han bautizado como Tomavistas Ciudad). Y si en nuestras caras podría asomar la decepción, pensándolo fríamente la decisión elevó al concierto de Manel un escalón – incluso – más. No solo demostraba la buena consideración de los de Tomavistas para ofrecer un abanico variopinto en Madrid más allá de sus tres días de festival; sino que, además, colocaba a Manel en un riesgo: solo una única oportunidad para conquistar los corazones madrileños, ningún segundo intento para remendar cualquier error.
Las últimas notas de Sabotage (que cerraron el concierto después de hasta tres falsos desenlaces) demostraban que Manel no necesitaba esa segunda oportunidad. Apostaron todo a una y ganaron. Ganamos todos. Ahora solo nos queda lamentarnos por esa fecha supuestamente perdida en el Tomavistas, en la que nos gustaría volver ver – quizás con algunas variaciones, entre las que destacaría una mayor heterogeneidad, unos cambios más marcados – lo mismo que la noche del miércoles ofrecieron en el Ocho y Medio para el deleite de una sala con las entradas acertadamente agotadas.