Crónica del concierto de James Vincent McMorrow y Kevin Garret en Madrid, Sala Joy Eslava (30-10-2016)

2 noviembre, 2016
Redaccíon: dod Magazine

James Vincent McMorrow (2016)

Redacción: Vitor Blanco

I will not cave under you for my heart is an unending tomb” comenzaba cantando James Vincent McMorrow la noche del sábado 30 de octubre en el teatro Joy Eslava. “I need someone to love, I need someone to hug”, continuaba con una evidente melancolía sollozante pero de una belleza indescriptible. Unos agudos arrebatadores que parecían tener la energía mística necesaria para juntar parejas en largos abrazos y sonrisas satisfactorias.

Incluso antes de la subida al escenario del compositor irlandés y de su banda, ya habíamos podido lamentar todos los golpes del desamor con la introspección afligida de Kevin Garrett y su R&B contemporáneo. Telonero de éxito, con una sala ya llena desde el primer momento en que se sentó en su pequeño piano. Interpretó los cortes más interesantes de sus abundantes sencillos publicados (sorprendieron gratamente Control y Refuse) e incluso pudo atreverse a versionar el Pray You Catch Me del nuevo álbum de Beyoncé. Sobre las teclas o guitarra al hombro su actitud cercana, su voz incomprensible (¿cómo es posible que ese cuerpo enclenque de joven americano consiga acercarse a esas notas imposibles?) y su reflexiva apuesta musical; consiguieron dejar muda a una audiencia que, por experiencia, no suele parar de hablar mientras suenan los teloneros.

James Vincent McMorrow comenzaba como abrimos esta crónica, con esa Red Dust de su penúltimo disco, Post Tropical. Una elección que, analizando el devenir de la noche, parece más que correcta. La canción es un ejemplo perfecto de las dos principales tendencias de su directo: una demostración vocal que sorprendería constantemente y una nostalgia que en su mezcla con ritmos folk más o menos bailables (recordemos que salieron al escenario a golpe del Every Loves the Sunshine de Roy Ares Ubiquity) podía resultar incluso perturbadora.

Así lo demostraron los temas siguientes, como I Lie Awake Every Night, que marcó la introducción de su último disco publicado, el tan aplaudido We Move. A él también pertenecían Last Story, pero fue especialmente exitosa la enérgica Get Low. Su riff repetido, sus coros pegadizos, su ruptura inesperada en bajos reverberados, han conseguido hacer de esta canción el hit más escuchado de su último trabajo. Con Breaking Hearts inauguraba la interpretación de su ópera prima, el Early in the Morning publicado allá por 2010, todavía con la banda al completo.

No le acompañaron mucho tiempo más. Un par de canciones después el teatro pertenecía totalmente a James Vincent McMorrow, con la difícil tarea de conquistar nuestras emociones sin más ayuda que su voz, su guitarra y su teclado. Lost Angels, Higher Love (incluida en su primer disco pero originalmente compuesta por Steve Winwood) o Hear the Noise That Moves So Soft and Low, fueron algunas de las escogidas. Y cumplieron. Sobre la imponente tarima de la antigua sala, la figura de Vincent McMorrow iluminada débilmente por un foco en diagonal conmovió los corazones del Madrid otoñal (pese al buen tiempo) e hizo aparecer alguna que otra sonrisa nostálgica.

La siguiente parte del concierto, que el propio James bautizó como “dance part”, mezcló ritmos vivaces con sus letras afligidas en un cóctel extraño pero funcional. Lágrimas en la pista de baile. Aquí, el protagonismo de su nuevo disco fue total, demostrando la nueva deriva del folk del irlandés. Killer Whales, One Thousand Times, Rising Water o Evil fueron las elegidas. Con Surreal James Vincent y su banda volvieron a la calma más introspectiva con un aura casi religiosa. Abandonaban el escenario con la sobriedad de haber concluido una misa, uno tras otro, intermitentemente, hasta dejar de nuevo la voz de James sola sobre el escenario.

Regresaron, sí. No para tocar la Wicked Games que le dio la fama al ser banda sonora del tráiler de Game of Thrones. Ni tampoco la Glacier que acompañaba a uno de nuestros últimos anuncios de lotería. No, las elegidas fueron If I Had a Boat, continuadora del sosiego precedente, y Cavalier, de intensidad progresiva y gradual hasta su final decadente en un coro repetitivo. Un final entregado a la prodigiosa voz del compositor irlandés con la intención evidente de no permitir la indiferencia de nadie. Lo consiguió, por supuesto. Conquistó ese viejo teatro céntrico con la presencia de las grandes voces atemporales y la añoranza otoñal de sus letras. James Vincent McMorrow fue, simple y extraordinariamente, descorazonador.


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