Crónica del concierto de Forest Swords en Madrid, Sala Caracol (01-12-2017)

5 diciembre, 2017
Redaccíon: dod Magazine

Forest Swords (2017)

Redacción: Vitor Blanco

Un posible e indiscutible éxito para la electrónica de Forest Swords a su paso por Madrid se vio truncado por el repentino y abrupto final de su concierto. Tanto marcó al público ese desenlace inesperado, apenas cincuenta minutos después de haber comenzado el concierto y justo cuando alcanzaba su cénit, que eclipsó al resto del directo y, para la gran mayoría, dejó un sabor agridulce (más próximo a lo agrio).

Durante los cincuenta minutos en los que sí estuvo sobre el escenario, el productor británico de nombre Matthew Barnes desplegó su potencial electrónico con – hagámosle justicia pese a lo corto de su set – gran calidad. Buceó entre las grandes constantes de su carrera: la electrónica que algunos llaman “embrujada” (witch – house) porque mezcla lo ambiental con lo onírico creando paisajes extraños y algo psicodélicos, la guitarra rasgada, sucia; el bajo grave que marca el pulso, todo ello combinado con influencias del trip – hop y el postpunk; y las voces a veces sugerentes, otras incomprensibles, muchas veces con un carácter etnográfico. Con este peso musical en sus espaldas Forest Swords discurrió desde la experimentación menos bailable hacia sonidos más melodiosos susceptibles de convertirse en hits de las pistas de baile de las discotecas tecno de la ciudad.

Para su parte más hermética, al inicio del concierto, se enfrentó al público en solitario. Sin más compañía que su mesa de mezclas arrancaba beats de difícil emparejamiento, imposibles de prevenir entre los desarrollos habituales de los temas tecno (por lo general, bastante fáciles de adivinar). En temas como Congregate o Ljoss – la primera, su último tema publicado hasta la fecha en un EP homónimo (Congregate, 2017), y la segunda extraída de su Engravings, CD publicado en 2013 – se reconoce perfectamente la experimentación a la que me refiero.

Mientras que para su devenir más melódico, con el que consiguió por fin poner a bailar a una sala Caracol que con sus primeros temas no sabía cómo moverse; contó con la ayuda de un bajista que introdujo esos ritmos graves que ya parecen casi obligatorios para cualquier propuesta electrónica que quiera triunfar entre los “raveros”. Con la incorporación del bajo el discurrir de las canciones varió hacia lo predecible, lo cual no es necesariamente un aspecto negativo. Instauró una estructura que se repetía habitualmente a lo largo de las canciones y de los temas que sonaban desde el escenario: una bipolaridad entre momentos calmados, donde el bajo dejaba de sonar y los beats se agudizaban y deceleraban; para luego dar paso inmediato a una parte mucho más “violenta”, más enérgica, donde el bajo regresaba, los graves se subían, los beats se consolidaban para provocar el baile y, por lo general, se aceleraba el ritmo. The Weight Of God de Engravings ilustra esta estructura dicotómica con gran acierto.

Pero el disco que le traía a Madrid (y que en general le está llevando a una gira de micro – conciertos a lo largo de varias ciudades) era Compassion, una nueva publicación de difícil localización en el directo. Lo cierto es que los temas de Forest Swords pierden la pulcritud onírica de su versión en estudio cuando suenan desde el escenario, y me atrevería a decir que esa es la mejor virtud de su directo. Suenan mucho más sucios, distorsionados y, por lo tanto, reales. Suenan a garaje en plena rave ilegal, a otra época más ingenua y menos institucionalizada.

Por todo ello me atrevería a decir que el concierto de Forest Swords fue un concierto interesante, no ya desvelador, o fundamental; pero lo suficientemente talentoso como para tener a Matthew Barnes en cuenta. Las sensaciones del público, sin embargo, eran otras. Se multiplicaban las críticas por su brevedad, que inevitablemente impidió hablar de cualquier otro aspecto del concierto. Al final llevaban razón, el precio de la entrada merecía una mayor duración. Forest Swords podría haber vuelto a salir al escenario cuando el público lo pedía a gritos y pitidos, por lo menos organizar un set algo más extenso. O, si ninguna de las anteriores es plausible, se debería haber informado de la corta duración antes de vender las entradas. Pero ahora, concluido aquel concierto, solo nos quedan dos opciones: seguir soltando quejas o intentar meditar por qué los cincuenta minutos de Forest Swords pueden haber sido realmente interesantes en el panorama de la electrónica internacional.


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