
Redacción: Vitor Blanco
Cuando Cage The Elephant anunciaron sus conciertos en Barcelona y Madrid allá por octubre, nuestra primera reacción fue escéptica. Muy bien tendrían que hacerlo los de Kentucky para superar aquel mega-concierto que nos dejaron en la última edición del Festival Paredes de Coura. Y con esta duda rondando nuestra mente – ¿estarían a la altura? – nos aventuramos hacia La Riviera inconscientes de que esa noche recibiríamos una enorme sorpresa.
Era domingo 5 de Febrero y sobre la orilla del Manzanares el frío de Madrid era exagerado. Algo de lo que parecieron darse cuenta los Twin Peaks, presentadores de la velada, que desde el primer momento ofrecieron un espectáculo irresistible de irreverencia y energía desenfrenada. Su garage rock es cercano a las propuestas de nuestras Hinds (que también se dejaron ver por la Riviera la noche del domingo) o de The Parrots. Si a ello le sumas su actitud descontrolada, el cóctel final será la media hora de calentamiento despreocupado que regalaron sobre el escenario de La Riviera. Un ejemplo más de que el sonido perfecto y detallista no es siempre lo que define a un buen concierto.
Cage The Elephant quisieron continuar esa estela de energía. Para ello decidieron iniciar su concierto con algunos de los temas menos contenidos de su repertorio. Cry Baby (de Tell Me I’m Pretty, 2015, su último álbum publicado), In One Ear (Cage The Elephant, 2006), Spiderhead (Melophobia, 2013) y Aberdeen (Thank You, Happy Birthday, 2006) fueron el combustible que mantuvo la llama prendida por Twin Peaks. Y también un repaso veloz a su carrera completa con sus cuatro álbumes de estudio publicados desde 2006.
El resto del repertorio se columpiaba entre el rock alternativo preparado para hacer saltar a La Riviera, y las baladas de indie, blues y rock perfectamente articuladas para conmover corazones. En el primer grupo algunas como Mess Around (Tell Me I’m Pretty, 2015), Aint No Rest For The Wicked y Back Against the Wall (ambas de Cage The Elephant, 2006). Todas perfectamente acompañadas de el baile incontrolable e impredecible de Matt Schultz, cantante de la banda. Una coreografía irreflexiva que ya le ha hecho famoso, y que por momentos trajo a Madrid el recuerdo de Ian Curtis o de Iggy Pop sobre el escenario. Si añadimos la irrupción de unos Twin Peaks cargados de botellas de whiskey, dispuestos a tocar hasta la pandereta, el resultado es la fórmula perfecta para un concierto de rock desenfrenado. Era la primera de las sorpresas que poco a poco nos alejaron de nuestro esceptismo inicial. En nuestra mente se comenzaba dibujar la idea de que aquel concierto sí estaría a la altura de nuestras expectativas.
Pero no solo fue energía arrolladora lo que Cage The Elephant ofrecieron el pasado domingo. Tal y como hemos anticipado, en su setlist también hubo hueco para baladas tiernas de amor y desamor. Las mejores: Telescope y Come a Little Closer (de Melophobia) pero, sobre todo, los grandes temas de su último trabajo. En él cobran protagonismo las melodías más agridulces, de compases lentos y letras a medio camino entre la esperanza y la amargura. Así lo demostraron Too Late To Say Goodbye o Trouble. Pero sobre todo fue la apasionante (aunque anterior) Cigarette Daydreams (extraída de Melophobia) la que puso la guinda final a esta corriente pausada, con una interpretación que supo extraer su energía oculta y su grito existencialista.
No necesitaban nada más para convencernos. Ya habíamos asimilado que volver a apostar por Cage The Elephant, esta vez en sala, había sido una idea perfecta. Y sin embargo, Schultz y sus compañeros de Kentucky querían desplegar un par de sorpresas más. La primera se titula Shake Me Down y con los altibajos que despliega a lo largo de su melodía supo resumir con exactitud el desarrollo de la noche. La segunda, Teeth es uno de sus temas rockeros más reconocibles, y fue el pretexto final para que su “frontman” pudiera perderse una última vez entre contorneos y saltos irrepetibles. Tanta energía había reservado para esta última interpretación que incluso acabó tumbado en el escenario en una postura indefinible, encima de los brazos del público y golpeando con el micrófono los altavoces del techo.
El despliegue de irreverencia marcaba el final de un concierto redondo, capaz de compaginar y enhebrar los dos polos de su carrera sin por ello perder su esencia. Si acudir a su directo en sala era, en principio, una decisión escéptica; acabó por conquistar nuestros oídos y corazones con la misma energía que habían proyectado desde un gran escenario de festival. Bajo su actitud irreflexiva descubrimos una capacidad infravalorada: Cage The Elephant saben calcular y orquestar cualquier tipo de contexto.