Crónica del concierto de Angus & Julia Stone en Madrid, sala La Riviera (23-10-2017)

28 octubre, 2017
Redaccíon: dod Magazine

Angus & Julia Stone (2017)

Redacción: Ro Sánchez

Con las luces apagadas y mientras el público grita, Julia y Angus suben al escenario de La Riviera con cierta solemnidad y se sitúan uno al lado del otro, muy juntos, en el centro. Todo está preparado, el batería ha cogido las baquetas, el teclísta ha posado sus dedos sobre las teclas. Hay cuatro músicos sobre las tablas acompañándolos y ahora también un silencio expectante. Están ahí quietos, y bajo la iluminación tenue hay un beso, un susurro o algo que ni tú ni yo sabemos, justo antes de que suenen las primeras notas de Baudelaire y se conviertan en Angus & Julia Stone.

Este tema con el que empiezan, paradójicamente, es uno de los que cierran su último disco Snow, el primero que Angus y Julia han firmado más como hermanos que como dúo artístico, encerrándose para escribir juntos –y no individualmente como acostumbraban– cada una de las trece pistas del álbum. Este trabajo es la reconciliación de los dos después de pasar un tiempo separados, cansados de giras, cansados de grabaciones y de aguantarse a diario, hablando en plata. Así que cuando las luces se encienden por fin y comienza el show, no sabes qué esperar. En mi caso, esperaba ver una unión especial entre ambos, la exaltación del amor fraternal tras un momento difícil. Una conexión flamante y a estrenar. Y por supuesto que tuve que esperar. Esperé tres temas enteros hasta que se cruzaron palabra, alguna mirada y un par de sonrisas. Tres canciones de este Snow, un canto al reencuentro, con frases como «sígueme y lo arreglaremos» (Baudelaire), «sólo intentaba despertarte» (Make It Out Alive) y «si me llamas, estaré ahí» (Cellar Door), que sonaban mientras cada uno de los dos vivía su propio concierto, casi como si el otro no existiera si no fuera porque se cedían educadamente su correspondiente protagonismo: cuando él canta, ella retrocede un par de pasos hacia atrás y se resguarda en aquel rincón donde no alcanzan los focos. Si es ella la que se acerca al micrófono, él se refugia en su guitarra, retraído. Son dos actuaciones distintas, son dos conciertos diferentes, son dos pantallas simultáneas en lugares diferentes del mundo.

Suponía que Angus & Julia Stone debían dejarme dividida y sin respuesta, como cuando de pequeña alguien te pregunta si quieres más a tu madre o a tu padre. ¿La dulzura pétrea de una o la sobriedad tierna del otro? A veces dirías que con mamá pasabas más tiempo, y en La Riviera fue algo así. Apenas pude ver a Angus Stone, ocupado poniendo la parte seria y rígida, concentrado en colocar sus frases casi como un extra en la escena, comedido de principio a fin bajo su gorra de marinero. Y todo el que le echaba de menos alzó la vista en el momento en el que sacó su harmónica durante Wherever You Are, como si acabara de aparecer con toda la fuerza contenida. El personaje principal y la capitana del barco era su hermana. Julia se desliza sobre el escenario como si hubiera pertenecido a uno de por vida. Se mueve con gracia, baila con elegancia dejando flotar sus brazos en el aire y sin que aparezca una arruga en su blusa o un pliegue en su falda. La perfecta delicadeza a medio camino entre lo evidentemente construido y la naturalidad que tiene para agarrar su trompeta y tocarla sin soltar la guitarra para cerrar Nothing Else. Los dos terminan siendo la representación en vivo de los temas que solían componer por separado. Él más corto en palabras, ella más charlatana, disfrutando sonriente de poner en práctica su español entre canciones, y de hacer una más que digna versión de Ni tú ni nadie de Alaska y Dinarama que nos cayó como un regalo único a los presentes. Imagínate esa sutileza y diversión de Julia Stone, o ve corriendo a YouTube. Como decía, tiene una gracia especial.

Si tengo que hacer un top de momentos del concierto del lunes, cerca de este estaría escuchar en directo algunas joyas de sus discos anteriores como For You y And The Boys, pero sobre todo Big Jet Plane. Julia nos pidió al público que encendiéramos las linternas de nuestros móviles, y allí podías verte rodeado de lucecitas blancas en una sala que ya era más un cielo estrellado, dando vueltas sobre ti mismo con una sonrisa de fascinación que se te escapa. Sencillo pero brillante.

La noche es un ir y venir de instrumentos, de cambios de guitarra entre eléctricas y acústicas, e incluso de bajos cuando ambos cambiaron las cinco cuerdas por cuatro en Chateau. Sobre el escenario todo el conjunto, con esa banda que suena excelente, no puede hacer otra cosa que funcionar, a veces más pop y otras más rock, pero siempre abrazados por la esencia del folk que alguna vez fueron, solazo de banjo incluido. Un gustazo para los oídos.

Y funciona porque al final Angus & Julia Stone son Angus y Julia juntos. Superaron la tirantez del principio, casi a oscuras y con un pájaro gigante de ojos rojos al fondo del escenario, sólo sumando tensión a los momentos en los que Angus y Julia tornaban su mirada hacia lados inversos. Aunque después tuvieron sus gestos cómplices, aclamados por una Riviera que supongo que esperaba lo mismo que yo. Entiendo entonces tan sólo una pequeña parte de cómo se hizo este Snow que han venido a presentar, al que también le tocó salvar esta incertidumbre.

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