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Crónica de The Cinematic Orchestra en Madrid, Sala Joy Eslava (6-11-2015)

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The Cinematic Orchestra

Redacción: Vitor Blanco

Ya nos habían avisado de que el paso de los británicos The Cinematic Orchestra por Madrid no sería una anécdota más en la agenda musical de la capital. De Barcelona solo nos llegaban noticias de éxito, de dos horas de concierto imperdibles y de unos teloneros asombrosos. Noticias que, a cuenta gotas, inundaban las pantallas de nuestros teléfonos el viernes seis de noviembre, aumentando más y más nuestras ansias por esa noche.

Hasta que finalmente estábamos allí, en la céntrica Joy Eslava, paraíso de la juventud turista de la ciudad, delante de un Thundercat que hacía realidad nuestro sueño con los punteos de su enorme guitarra. Con ella improvisaba imparable junto a Miguel Atwood – Ferguson al violín. Parecía que nada estaba planeado, que juntos habían salido al escenario como entretenimiento y crecimiento personal: hablaban entre ellos para coordinarse, se reían de sus errores y asentían con sus aciertos. Una delicia de ensayo musical (sí, ensayo más que concierto) que tuvo como resultado un sonido irregular, pero que acabó encontrado su camino en la voz de Thundercat. Y que, por su propia naturaleza, preparó nuestras mentes para la eclosión orquestal que venía a continuación.

La salida al escenario de The Cinematic Orchestra fue tan larga como una de sus canciones. Dejando de lado esta exageración de realismo mágico, lo cierto es que los once integrantes de esta orquesta cinemática tardaron su tiempo en ocupar sus puestos a lo largo de un escenario enorme (¿cómo si no?). Cuando ya estuvieron en sus posiciones, de nuevo un increíble y polifacético Atwood – Ferguson dio el pistoletazo de salida como un clásico director de orquesta. Levantó sus brazos y empezó a dirigir una sinfonía de viento y cuerda, en un viaje en el tiempo totalmente convencible en la ambientación de la clásica Joy Eslava; semicircular, de tres pisos, ricamente decorada en columnas góticas (e incluso bustos en las paredes). El crescendo musical colisionó entonces con el presente con la entrada de la mesa de mezclas, la guitarra eléctricas o los sintetizadores; iniciando el sonido mágico con el siempre nos han encandilado.

Y así sonaron las archiconocidas Breathe, To believe o Man with a movie camera. Acompañados de la increíble voz de dos mujeres desconocidas en la banda, pero que conmovieron nuestros corazones; la primera con una voz inhumana, y la segunda con unos tonos desgarradores de la letra de una nueva canción que incluso le hizo llorar. No faltaron tampoco Lessons, o Burn out. O, claramente, la increíble Child song. Tampoco los solos de piano, del mágico saxofón de Tom Chant, o del batería que tuvo que cortar su proeza asfixiado por el tiempo.

Y es que The Cinematic Orchestra es una suerte de oasis entre la oferta de electrónica trap y edm, o pop, o incluso indie – rock que copan las salas y festivales. Una experiencia donde sobreviven violines, violonchelos, saxofones y trompetas. Y atriles con pentagramas. Pero entre los instrumentos de metal, o los viejos instrumentos de madera asoman, discurren y reptan infinitos cables de mesas de mezclas, sintetizadores y baterías electrónicas. Un escenario que justifica visualmente el sonido que desprende, un eslabón necesario entre tradición y modernidad, entre lo clásico y lo contemporáneo, entre el jazz y la electrónica. Una visagra de unión entre dos épocas, una dosis para modernos nostálgicos.

La solución ya la hemos disfrutado desde los inicios de su carrera, allá por los 90. Pero la noche del viernes tuvimos la oportunidad de comprobarlo con creces. Entender que esta orquesta está diseñada para disfrutar en directo. Parece que la teoría del aura de Walter Benjamin es exportable a la música: no es lo mismo ver un cuadro en internet que verlo en la sala del museo. Y también pudimos comprobar que The Cinematic Orchestra no están inactivos, que pronto tendremos nuevo disco y que ya existen nuevos temas. Nuevos cortes melancólicos de voces llorosas, sonidos que semejan a una colaboración entre la electrónica más pausada y contenida de Jamie xx junto a las letras y el minimalismo de James Blake.

Fue sobre esa base repetitiva y calmada donde la orquesta del siglo XXI vertió todos sus matices. 11 matices mágicos de un grupo donde no falta ni sobre nada, donde todo parece maravillosamente meditado y seguro. Profundamente debatido, cuestionado, contrastado y finalmente consagrado. Una orquesta cinemática que actúa rodeada de ordenadores, pero que, tras despedirse, hacen, literalmente, caer el telón.

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