Crónica de Richard Hawley en Barcelona, sala Apolo (17-11-2015)

20 noviembre, 2015
Redaccíon: asier

Richard Hawley (2015)

Redacción: David Díaz

Hay pocas experiencias artísticas que tengan esa capacidad de hacerte sentir en paz y en armonía con uno mismo y con el resto del mundo. Es una sensación, que teniendo en cuenta los acontecimientos de este fin de semana aún cobra mayor enjundia y una dimensión mucho más profunda.

LA MÍSTICA DE LA BUENA MÚSICA.

Lo maravillosamente increíble de la música es que se trata de la representación artística más efímera e inmaterial, pero a su vez tiene quizá la mayor capacidad de afectación sobre nosotros. Y es ahí donde radica su fuerza más fundamental, en ser ese instante en el que alguien toca una guitarra o suena una canción por los altavoces sin que haya nada más y te sientes envuelto por un calor especial y eso no hay Dios que lo destroce, literalmente. Podrán destrozar la ciudad antigua de Palmira; dinamitar los Budas de Bamiyán; podrán enviar drones teledirigidos a bombardear en Siria; pero por mucho que acaben a tiros con un concierto, resulta que unos días después, en una sala de Barcelona, aparece el Sr. Richard Hawley y durante algo más de dos horas de concierto nos recuerda aquéllo que ya nos decía Aristóteles: Que la música es el sonido que hacen las estrellas al moverse.

Y es que el diapasón pop-rock con el que se rige el Sr. Hawley para componer sus canciones, está afinado en La cósmico que hace que escuchar un disco suyo o asistir a un concierto en sala (porque es en sala y no en festivales donde mejor se disfruta de una experiencia así) tenga ese punto redentor universal. Se te hincha el pecho, te sientes mejor contigo, con el de al lado aunque sea un pesao que no para de rajar y con el mundo en general, y sales del Apolo, un poco más feliz de lo que entraste. Y no es que el ex guitarra de Pulp haya inventado nada ni sea una música que sorprenda, para nada. Si algo es Richard Hawley en todo caso es canónico: melodías entre la balada y el medio tempo; una voz crooner al mejor estilo americano de Johnny Cash, Roy Orbison o hasta Neil Diamond; un saber darle a cada canción ese punch épico sin sobresaltos que obliga a la audiencia a respirar más hondo. Richard Hawley huele a casa, a café recién hecho, a sábados por la mañana. Es esa música que hemos escuchado siempre y que nos hace sentir especiales. Durante el concierto estuve rodeado de una pareja que no dejaba de besuquearse mientras estaban abrazados y un señor mayor, con pinta de arquitecto jubilado que cerraba los ojos y cantaba todas las canciones del nuevo disco Hollow Meadows (Parlophone, 2015) y que venían a presentar a la Sala Apolo, y pensé en ese momento que ésa era precisamente la mejor crónica que se podía hacer de este concierto: el lugar perfecto para ir con tus seres queridos, con tus padres, con aquella ex, con tu pareja o para tener un momento de conexión con un perfecto desconocido.

Pero no os engañéis, Richard Hawley puede moverse bien en los medios tiempos, pero no hay ñoñería barata. Se trata de la mística de la buena música. Como rezaba una de las camisetas que te podías comprar si después de apoquinar 30 pavazos te sobraban otros tantos para gastártelos en una t-shirt, que telita los precios amigos... Pero en fin, no nos desviemos, que como rezaba la camiseta en cuestión LET'S BALLAD, así en mayúsculas y en plan malote, como si fuera LET'S ROCK. Porque otro de los factores que hacen que la música de Richard Hawley trascienda es que es totalmente honesta y este tío tiene pinta de ser de esa parte de Sheffield en la que si preguntas la hora te parten la cara. Vamos, que nada de moñerías, cuando habla de amor y le dedica una canción como What love Means a su hija, con cerca de 50 tacos, es porque ya se ha peleado lo suficiente con la vida para saber lo que vale un peine y dejarse de hostias romanticonas waltdisneylosas. En sus letras no encontraréis princesitas, ni colores rosas, ni perdices, pero sí cosas auténticas y muy muy de verdad. En cada disco de Richard Hawley siempre te encuentras con un par o tres canciones que se te agarran al corazón y a la boca del estómago y te hacen ver que pese a ser muy pequeñitos, participamos de algo mucho más grande.


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