Crónica de Iron & Wine en Madrid, sala Teatro Barceló (8-11-2015)

10 noviembre, 2015
Redaccíon: asier

Sam Beam

Sam Beam, o Iron & Wine, llevaba mucho tiempo sin pisar Madrid. Tanto que dudó lo suyo antes de confirmar que no veía la capital desde un lejano 2002. Una ciudad que recordaba con empatía en un tono melancólico de quien vuelve tras mucho tiempo a un lugar querido. Bromeó incluso sobre no irse, o sobre volver muy pronto: “What are you guys doing next week?”. Y pidió perdón por haber hecho esperar tanto a sus fans. Pidió perdón con un concierto a la carta.

Sabíamos que vendría solo, acompañado únicamente por su guitarra, con un intimísmo imperdible y asombrosamente acorde con sus canciones. En el mismo fin de semana en Madrid pasamos del sobrecargado escenario de los once integrantes de The Cinematic Orchestra; al tijeretazo de medios e instrumentos de Iron & Wine. Al final se trajo dos guitarras, pero el resultado fue el mismo. Diminuto en el gran escenario del Teatro Barceló, repleto tras haber agotado entradas, con un vaso de vino que sorbía cada vez que acababa una canción y una botella de agua que ni siquiera tocó; pidió al público que decidiera el setlist de la noche.

De entre todos los rincones, primero débiles e inseguras, pero después fuertes y rotundas, se alzaban voces con títulos de más de diez años de carrera, seis álbumes e incontables singles. Algunas eran sus éxitos más conocidos, otras solo las recordaban sus seguidores más fieles. Pero Sam Beam conocía todas, o aparentaba conocerlas obviando las que ni él recordaba. Se emocionó con canciones que llevaba años sin tocar y se rio de algunos de los títulos que le proponían. Desde el primer momento estableció un vínculo irrompible con un público entregado, y lo mantuvo durante las casi dos horas de concierto con sus chistes, sus comentarios en español o sus peticiones de traducciones: “How do you say dessert?”.

Lo cierto es que sonaron increíbles los temas de The Shepherd’s Dog, ese álbum de portada fauvista que vio la luz en 2007. A Resurrection Fern le faltó el ritmo de maracas, pero cumplió. Y Boy with a coin, si bien dejó de lado la épica de su percusión, conmovió a todos por su letra desgarradora, interpretada con una voz indescriptible. Una voz que forzó hasta sus límites agudos y con la que incluso se atrevió a cantar onomatopeyas.

No faltaron nuestras queridas Rabbit Will Run o Tree by the river de Kiss each other clean. Ni las letras largas y ritmos de jazz (sin saxofón, claro) de Lover’s Revolution. Y de entre todos los gritos, eran claramente mayoritarios los que pedían la balada romántica de Jezabel; o su mayor éxito: Naked as we came. En ambos casos hizo caso a un público absorto por completo en las interpretaciones perfectas de ambos temas, pero sin atreverse a cantar para no perder ninguno de los tonos que salían de la voz de Iron & Wine.

Porque cada vez que rasgaba su guitarra acústica, o abría su boca para cantar, cerraba las nuestras (o las dejaba totalmente abiertas) enmudeciendo a la abarrotada sala. Abríamos nuestros ojos y nuestros oídos a la belleza minimalista de sus canciones y al intimísmo que desprendían. Y al término de cada una regresábamos de ese trance poético (de ese Fever Dream que canta en el redondo álbum Our Endless Numbered Days) y hablábamos todo los que nos habíamos tenido que callar para no molestar la hermosura de su música. Por ello, entre canción y canción el teatro se envolvía en bullicio, hasta tales niveles que el mismo Sam Beam bromeó con mandarnos callar.

Iron & Wine acertó en el recorte de medios. Sobre el escenario no habían ni baterías, ni teclados, ni sintetizadores; pero tampoco se echaban en falta. La voz era lo único que Sam Beam necesitaba para calmar con un espejismo de melodías tranquilas a una ciudad de multitudes ruidosas que ya prepara las luces de esa histeria colectiva llamada Navidad. Tal es el poder de su voz que en muchas ocasiones no nos dimos cuenta que ni siquiera rasgaba su guitarra, que la magia del momento desprendía única y exclusivamente de sus cuerdas vocales.

Lo hizo en Joy, miles de veces pedida desde el público, pero que se hizo esperar hasta casi el final de la noche. Nos acababa de regalar nuestro concierto. En el que nosotros decidimos cómo emocionarlo a él para que él nos emocionara a nosotros. En nuestros ojos lagrimosos, sonrisas melancólicas y abrazos cálidos quedó demostrado que Iron & Wine (o más bien Sam Beam) consiguió el objetivo que se había propuesto esa noche en una calle céntrica de Madrid.


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