Crónica de Ducktails en Madrid, sala Boite (26-11-2015)

29 noviembre, 2015
Redaccíon: dod Magazine

Ducktails (2015)

Redacción: Vitor Blanco

La sala Boite es uno de los mejores lugares de Madrid. Es inevitable enamorarse de los directos de este pequeño enclave céntrico que hasta ahora solo ha aportado a la escena nocturna momentos mágicos (el anterior fue el recital existencialista de Soak). Puede ser lo mal decorada que está o su escondida ubicación. También la luz rojiza de club de strip-tease o sus paredes – espejo que, estés donde estés, te permiten ver el escenario desde al menos tres puntos de vista. Y, claro, la elección de quien sube a su pequeña tarima de madera. Un comisariado musical de medalla donde solo tienen cabida sonidos pausados, dream pop intimista y pretenciosos ambientes envolventes. Odas a la nostalgia acompañadas del lento giro de la bola de discoteca que corona este pequeño salón.

Esta es la base con la que, la noche del jueves, más fría y vacía que de costumbre en pleno corazón madrileño; triunfaron Ducktails. Y pocos fuimos los afortunados de verlo en un aforo medio vacío. O medio lleno. Afortunados porque pese a las dificultades de Ducktails para conseguir un buen sonido (aunque acabaron por conseguirlo), supieron conquistar nuestros corazones. Los de Massachusetts, que no han conseguido triunfar comercialmente pese a sus nueve años de carrera y sus cinco larga duraciones; se mostraron naturales, ingenuos y humildes. No pudimos ocultar una ligera sonrisa cómplice con los chistes (pésimos por cierto) del bajista; o con el baile de espasmos del vocalista Matt Mondanile. Incluso uno de ellos respondió “salud” a alguien que tosía del público; y brindó cálidamente con su cerveza. Cheers.

La música también fue importante. Claro. Lo más importante. Los acordes de St. Catherine, hit absoluto de su último álbum homónimo, se repitieron durante unos minutos, sin voz. Solo guitarra, bajo, batería y teclado continuos, homogéneos, pero creando una atmósfera de ecos psicodélicos anticipando lo que vendría después.

Y a lo que vino después le costó encontrar su sitio. Ivy Covered House fue, para desgracia de todos, una canción prueba. La voz no acababa de funcionar, sonaba desafinada, desconcertante. La batería silenciaba al resto de instrumentos y el bajo ni siquiera se percibía. Eso sí, los solos de guitarra fueron magistrales. Pero con Headbanging in the mirror Ducktails ya habían entendido las peculiaridades de la sala y ya sabían como explotar al máximo el potencial de su repertorio. Ese rock suave, tan en la línea de Unknownm Mortal Orchestra (que nos visitaron hace nada), pero con los aires del folk alternativo de Daughter (que podría visitarnos dentro de poco a presentar su nuevo trabajo). Con Heaven’s Room y Surreal Exposure, consolidaron los sonidos de su último trabajo, cerrando el ciclo de estos cuatro monumentales temas en los que la voz ya afinada, la batería menos exagerada y la magistral guitarra continuando su línea; construían estructuras de ecos barrocos.

Hubo hueco también para temas más antiguos, como Under Cover, de The Flower Lane, o la misma The Flower Lane. “So now she’s gone, and I feel a mess”. Tye-Dye, publicada el mismo año, sonó como en el estudio, con ese ritmo de percusión que parece directamente sacado de la Rose Rouge de St Germain. Con Fine Initial nos proyectamos hacia el futuro. Un tema inédito que suena exactamente como todo lo anterior, surrealista y mágico. Y con Killin The Vibe viajamos a un pasado 2011, el año de Ducktails III: Arcade Dynamics, en esa licencia bailable que se permitieron los americanos y que fue la escogida para el falso final.

Porque volvieron al escenario solicitados por los aplausos y silbidos de los pocos asistentes. Sonriendo por la cálida, aunque limitada, acogida. Volvieron para dos temas más de atractiva excentricidad. Construyendo los últimos detalles de esa burbuja nostálgica ajena a la realidad, oculta en una esquina invisible del centro de la mayor ciudad española. Cuando la despedida fue verdadera, y los vimos bajar del escenario y escuchamos de nuevo la música predeterminada de la sala, la burbuja se descompuso. Estalló definitivamente cuando subimos los escalones de este local subterráneo y nos volvimos a encontrar de frente con el gran árbol de luces navideñas en la Puerta del Sol. Habíamos viajado lejos y no nos habíamos dado ni cuenta. Nos habían conducido por senderos psicodélicos hasta el clímax envolvente que llevan nueve años creando. Y habíamos sido pocos pero muy buenos pasajeros, callados y serviciales, impresionables, y agradecidos por el trayecto.


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