Crónica de Ballantine’s True Music Festival - Sábado

13 junio, 2017
Redaccíon: dod Magazine

Ballantine’s True Music Festiva
Redacción: Ro Sánchez

Pues sí, os estabais reservando para el sábado, pero eso lo comentamos luego.

La segunda jornada del Ballantine’s True Music Festival empezaba con un lleno en la sala Galileo Galilei para el acústico de Lori Meyers ahora que están de regreso a los escenarios con su nuevo disco. Tengo que decir que las opciones del primer slot del festival le hacían pensar a uno dos veces antes de decidirse por un concierto. En mi Instagram Stories vi muchos vídeos de Youngr, y otras partes de mí hubieran querido acercarse a ver a Polock en el Café La Palma. Pero tuvimos un instinto con el concierto de Belako en la But, como si la sala, a la que estamos acostumbrados a ver de noche, tuviera el mismo canto de sirena por el dÍa. Eso sí, una vez dentro vas a olvidar que el sol aún estaba en lo alto. El espectáculo de Belako tampoco entiende de horarios: cuando las luces se apagan y los focos iluminan de rojo el escenario estás ante una señal de alarma y los primeros acordes de distorsión te recuerdan a la sirena de los bomberos –no es casualidad que una de sus canciones se llame Fire Alarm– porque sabes que algo va a arder en el sitio. El concierto fue más que brutal, entendiendo por brutal los directos de Belako habitualmente. Creo que es lo que ocurre cuando tanto público como banda tienen ganas de hacer algo increíble. Las gotas de sudor en tu cara no podían frenar el impulso de empujarte hacia los pogos en la pista y la tarima se desgastó en Sea Of Confusion y Haunted House. Hablando de canciones, por el escenario pasaron dos temas inéditos –de momento– además del single Render Me Numb, adelanto de su nuevo disco que, anunciaron este sábado, saldrá en septiembre. Y aprovecho estas líneas para reconocer el mérito de una banda que llega de fuera de Madrid cantando en un idioma que no es el nuestro y que mueve tanta gente en la capital. Y de qué manera.

BTMF es un festival de contrastes también. Esto significa que tras la descarga energética de Belako existía la posibilidad real de acercarte a Clamores para ver a Charlie Cunningham cantar folk con acento inglés y tocarlo a la española, en acústico y con la sala quieta y en completo silencio. Cunningham siempre cuenta que los años que estuvo viviendo en Sevilla fueron una gran influencia para su estilo. Su sonido parece nacido en plena línea fronteriza con Gibraltar, mitad británico, mitad andaluz y lo mejor de ambos mundos. Un concierto tras otro fueron la calma después de la tormenta.

De un extremo a otro llegamos a Penélope para comenzar la noche, primero con The Hunna y luego con Sundara Karma. El de The Hunna era el escenario difícil –una sala lejana al resto de la programación y un grupo de rock menos conocido frente al pop de Oh Wonder en pleno centro en Joy Eslava–, pero acercaron a fans y curiosos. Esta era una de las jugadas importantes del festival: si no estás viendo a tus artistas preferidos estarás viendo a alguien que puede estar entre ellos a partir de ahora. The Hunna pueden recordarte a la banda de tus compañeros de instituto. Camisetas rajadas, cuadros escoceses y botas de tachuelas como banderas de rebeldía. No te preocupes, ese déjà vu no va a durarte mucho cuando pongas el oído. Millones de reproducciones en Spotify y una banda muy extendida por Inglaterra sólo con su debut, son uno de esos grupos como Catfish & The Bottlemen, Blossoms o VANT de indie-rock alternativo británico que atraen, empiezan por la puntita y cuando te quieres dar cuenta te la han colado entera. Un frontman inquieto con su guitarra, un bajista que apunta a matar como si su instrumento fuera un rifle y una batería agitada pero no revuelta resuelven bastante bien una producción que funciona sola en el estudio. Letras sencillas hechas himnos que van a tocar tu versión más adolescente van a hacer que acabes tarareando cada tema antes de que te enteres.

The Hunna fueron el telonero perfecto para una de las propuestas más interesantes de la jornada del festival. Hablo de Sundara Karma, que repetían en nuestro país tras ser teloneros de Wolf Alice el año pasado. Voy a ir directa a aplaudir el carisma de Oscar Pollock, guitarrista y hombre frente al micrófono, vestido con un traje de raya diplomática blanco, monocromático con su melena platino, y una camiseta que más bien parecía de un pijama infantil. No seré yo quien cuestione un estilo cuando es totalmente propio, de hecho, diré que me encanta. Es imposible quitarle la mirada de encima, como si la belleza de lo andrógino te atrapara en un embrujo. Pollock no sólo eclipsa al resto de la sala con su aspecto, también lo hace con su voz, y llegado un momento no crees estar viendo a un ser de este planeta. ¿El concierto? El concierto fue una pasada porque las canciones lo son. Es ese sonido que bebe de todo y se hace único en sí mismo, que se puede escuchar en cualquier momento, que nunca está de más. Tampoco es que el resto de la banda sea expresiva o se consuma en moverse sobre el escenario. Tampoco es que lo necesiten. Ellos tocan, tocan muy bien –las melodías suenan más finas y lo que tiene golpear más robusto, lo hace–, y Pollock echa el resto. Desde luego, menuda evolución en un año.

La llamada programación de noche –que mi madre más bien llamaría programación de madrugada– estaba capitaneada por el djset de Hot Chip en la Arena, que provocó un verdadero fiestón de electrónica a una masa de cuerpos que bailaban en la oscuridad copa o botella de agua en mano llenando la pista. Cerca de terminar la sesión la sala se iba desalojando y los presentes más que rendirse se preparaban para un round 2 de vuelta en Penélope con el djset de Digitalism que iba a cerrar el festival. Cuando me fui quince minutos antes de que se encendieran las luces todavía quedaba gente bailando como si sólo fueran las tres de la mañana. Me han ganado la partida, pero seguro que ellos no intentaron salir el viernes.

Esta primera edición del Ballantine’s True Music Festival se lleva el notable. Primero por ser una propuesta tanto arriesgada como original dentro de nuestro país, que ha sabido aprovechar la buena oferta de las salas de Madrid, conseguir acertar en un público sin monopolizar en el género y saber adaptar la idea de un SXSW o un Great Escape en pequeña escala y más nuestro. Que sí, que era un poco lío. Que vale que mucho artista y que al final no ves tantas cosas. Que ya sé que las salas no estaban tan cerca. Pero hay que ir, aprovecharlo. Porque cuando estas ideas no estaban, cuando no había festivales urbanos en Madrid, proyectos así se echaban en falta. Yo sí que voy a echar de menos encontrarme con amigos y desconocidos por las calles de mi ciudad con la misma pulsera en el brazo.


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