Crónica: Concierto de The Black Keys en Madrid, Movistar Arena (13-09-2026)

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The Black Keys (2026)

Redacción: Javier Nieto

Anoche, el Movistar Arena de Madrid recibió a Dan Auerbach y Patrick Carney para una de esas noches en las que el rock recupera su esencia más física: guitarras, batería, volumen y canciones que llevan más de una década demostrando que el blues todavía puede sonar enorme. La cita tenía algo de reencuentro, por lo menos para mí. Haciendo memoria, y con una pequeña ayuda de Internet, caí en la cuenta de que habían pasado catorce años desde la primera y única vez que había visto a The Black Keys, también en este mismo recinto, cuando todavía se llamaba Palacio de los Deportes, durante la gira de El Camino.

The Black Keys nunca han necesitado demasiados adornos para explicar quiénes son. Su fórmula sigue siendo aparentemente sencilla: las crudas guitarras de Auerbach y la potente batería de Carney al frente. Pero precisamente ahí reside buena parte de su virtud. Lo que sobre el papel puede parecer minimalismo, sobre un escenario se convierte en una auténtica pared de sonido.

Esta vez se hicieron acompañar por otros cuatro músicos que aportaron todavía más rotundidad a ese sonido de rock americano. Todos con gafas de sol y con el bueno de Dan luciendo un polo de la selección española. Aunque, qué quieren que les diga, yo casi le prefería con aquella camisa de flecos de hace catorce años.

La noche madrileña sirvió también para comprobar que canciones como I Got Mine, con la que arrancaron el concierto, Howlin’ for You o Tighten Up siguen teniendo una capacidad casi inmediata para levantar al público. Son temas construidos alrededor de riffs reconocibles desde el primer segundo, estribillos que no necesitan presentación y ese equilibrio tan característico de la banda entre el blues de raíz y el rock pensado para escenarios cada vez más grandes.

Ir a ver a The Black Keys es comprobar cómo han conseguido transformar una estética nacida en la intimidad de una guitarra y una batería en un sonido capaz de llenar un pabellón. Su música funciona precisamente porque todavía conserva algo de aquella sensación de garaje, del amplificador llevado al límite. Ahí está Carney, un grandullón aporreando la batería con precisión y ritmo, mientras Auerbach mueve los dedos por la guitarra con un desparpajo que por momentos recuerda a Mark Knopfler. Todo ello envuelto en un sonido impecable, suficientemente potente para golpear en el pecho, pero también limpio como para apreciar los matices.

Para cerrar el bloque principal escogieron I Wanna Be Your Dog, una encendidísima versión de The Stooges, y She’s Long Gone, de su imprescindible Brothers. Tras un breve parón, con la grada enfervorecida reclamando más, The Black Keys todavía guardaban su mejor medicina. Little Black Submarines y Lonely Boy pusieron a todo el Movistar Arena a bailar y menear las caderas antes de echar el cierre definitivo.

La sensación final fue la de haber asistido a algo tan sencillo como efectivo, sin necesidad de artificios ni intención de reinventar lo que llevan haciendo desde hace décadas. The Black Keys salieron a tocar rock. Y Madrid respondió.

Si algo quedó claro anoche en el Movistar Arena es que, después de catorce años, un buen, muy buen riff, todavía puede ser suficiente para poner a miles de personas de pie.

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