
Redacción: Marcos Molinero
Bajo ese azul nuclear de La [2] de Apolo, más quirófano clandestino que sala de conciertos, y con los beats aún retumbando de la impecable sesión de Ivy Barkakati, Mike D salió a escena con la tranquilidad de quien sabe que va camino de la victoria. Infiltrado entre sus tres DJs, un bajista y un guitarrista, subió al escenario como si alguien hubiese hackeado la nostalgia noventera y la hubiese reprogramado con firmware 2026.
Y ahí estaba, sí, el Beastie Boy, pero rodeado de una banda que parecía recién salida de un after de laboratorio sonoro: juventud insolente, energía sin barnizar… y sí, hijos incluidos, porque esto ya no va de legado; va de genética en tiempo real. Y funciona.
El setlist, ese papel pegado con cinta como si fuera una amenaza, no mentía: Hello Brooklyn, What We Got, Make It Stop, Looking Down the Barrel… Pero lo que sonaba no era revisionismo ni nostalgia. Era mutación. Un cóctel potente de psicodelia de garaje pasada por big beat musculado, ráfagas de drum & bass noventero como latigazos, hip hop con ADN mutante, punk y hardcore latiendo debajo como un motor a punto de gripar. Un caleidoscopio que no gira: convulsiona. Una fiesta con seis tipos saltando, brincando y disfrutando sobre el escenario como si fuera el último concierto de sus vidas.
Aquí no hay hits. Hay colisión. Cada tema era menos una canción y más un estado alterado. Fiesta y peligro a partes iguales. Crypto sonó como si Wall Street se hubiera metido ácido y toda la sala le hizo los coros de manera voluntaria. True Colors, como si alguien hubiese cogido la paleta y la hubiese estampado contra el suelo. Y en medio, Mike D ejerciendo de chamán irónico, de frontman que ya no necesita demostrar nada, pero decide dinamitarlo todo igualmente.
Salvo los temas de Beastie Boys y los tres singles de adelanto, el resto eran canciones que aparecerán en agosto en su primer disco en solitario.
Lo verdaderamente salvaje no era él, leyenda con licencia para dormirse en los laureles, sino los que le rodeaban. Esa banda joven, afilada, sin respeto por el pasado, tocando como si no hubiera mañana ni contrato discográfico que proteger. Hay algo profundamente punk en ver a un veterano rodearse de sangre nueva y dejar que le empuje al borde. Todos iban al filo del abismo y empujaban a la audiencia hacia el mismo lugar. Hacía años que no veía la sala tan abarrotada y tan caldeada.
El tramo final, con Secrets, It's Time, Switch Up, Thank You, no cerró nada. Los dos bises fueron las míticas Mind Your Own Business y Whatcha Want, que sirvió como el mejor final de fiesta posible. Mike D no está volviendo. Está mutando. Y lo peor —o lo mejor— es que suena peligrosamente vivo.