Crónica: Concierto de Hermanos Gutierrez en Barcelona, Gran Teatro del Liceu (30-08-2026)

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Hermanos Gutiérrez (2026)
Foto: Jackie Lee Young

Redacción: Marcos Molinero.

Hay lugares que parecen haber sido construidos para cierta música. El Liceu, con su oro, sus terciopelos rojos y esa solemnidad quasi rancia que pesa sobre las butacas, no debería parecer territorio para dos guitarras fronterizas. Pero el 30 de agosto Hermanos Gutiérrez demostraron que el desierto cabe en cualquier parte. y al día siguiente repitieron. que un duo de guitarristas con una propuesta instrumental basado en Musica western, fronteriza y cósmica logren su éxito es Digno de estudio.

Hijos del Sol abrió la puerta. Sin discursos innecesarios, sin fuegos artificiales: guitarra, guitarra y percusión. Loops creados al instante y la gente en un silencio abrumador. El resto lo puso la imaginación. El camino de mi alma, Thunderbird y Low Sun fueron levantando una carretera invisible que parecía alejar Barcelona varios miles de kilómetros. Una hazaña.

Su música tiene algo de western sin pistoleros, de película de Morricone sin película, de madrugada después de una noche demasiado larga. El bueno y el malo lo dejó claro. Y cuando apareció Cumbia lunar, la frontera se desplazó todavía más al sur.

El Desert Medley, con tres piezas de su trabajo  Hijos del Sol, fue uno de los grandes momentos de la noche: una película imaginaria proyectada directamente sobre la cabeza de cada espectador. Después llegaron Los chicos tristes, Canto Andino, Los Andes y Los ojos del cóndor, llevando el concierto de la tierra hacia las alturas. Ya en sudamerica.

Porque ese es uno de los milagros de Hermanos Gutiérrez: hacer que una música aparentemente mínima termine resultando gigantesca.

Con Sonido Cósmico, el viaje ya no necesitaba carreteras. Habíamos abandonado el desierto para mirar las estrellas. Tres hermanos añadió una inevitable dimensión emocional antes de Hold On To The Light, la colaboración con Jack Johnson, que funcionó como una ventana abierta hacia otro paisaje.

Y entonces, Esperanza. Y un corte como bis posterior perfecto para cerrar una noche construida sobre la melancolía, el viaje y la posibilidad de seguir adelante.

Hermanos Gutiérrez no necesitan hablar demasiado. Tampoco necesitan una banda gigantesca detrás. Su música funciona precisamente porque sabe contenerse. Una guitarra pregunta, la otra responde. La percusión empuja. El silencio hace el resto.

Quizá por eso el Liceu terminó pareciendo menos un teatro y más una estación de paso.

Durante casi un par de horas, dos hermanos nos llevaron lejos.

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