Crónica Carlos Sadness y Amatria - Madrid, Ochoymedio (16-10-2015)

18 octubre, 2015
Redaccíon: dod Magazine

Carlos Sadness (2015)
Redacción: Vitor Blanco

Existe indie en español. Esa es la teoría que el Ochoymedio de Madrid se ha propuesto demostrar para celebrar su 15 aniversario. No podría ser en otro lugar que en la sala asidua de los oyentes de radio 3. De momento ya han pasado por su pequeño escenario The New Raemon o Carmen Boza. En las próximas semanas lo harán Delorean, Nueva Vulcano, Niños Mutantes o Triángulo de Amor Bizarro. Y hace un par de noches fue el turno de Carlos Sadness y Amatria.

Ante una sala abarrotada por una cola de gente que rodeaba el edificio, y tras unos Amatria que tardaron en convencer pero que lo reventaron con su bailable Chinches: “Todo lo que pido es diversión”; Carlos Sadness entró en el escenario saltando, con su inconfundible melena (que fue el centro de todos los gritos desde el público), para darles a Amatria la fiesta que pedían a gritos. Él mismo comentó que hace unos años no se habría imaginado agotar las entradas para una sala así. Parece que todavía no ha asimilado el éxito de su obra maestra, La idea salvaje: número 1 de ventas de Fnac, 12 en el top español y uno de los álbumes más compartidos en Spotify.

Pero el público estaba allí, demasiado apretado para bailar los arrebatadores cortes del barcelonés. Y se sabía todas las canciones. Absolutamente todas: algunas tan viejas como las de Atraes a los relámpagos, su debut (sí, de cuando lo comparaban con Porta); las baladas que hipnotizaron bajo la bola de discoteca de Ciencias celestes; y esas mucho más fiesteras, de sonidos optimistas e inevitablemente bailables de La idea salvaje.

Con Perseide Carlos Sadness decidió que ya era hora de que Madrid empezara a bailar. Su progresión calmada y ese estribillo tan pegadizo convencieron a los espectadores a subirse a su nave espacial, astronómica, microscópica, ártica o nórdica (y todos esos adjetivos que no pueden faltar en sus canciones). Celeste fue la cuenta atrás y Sputnik (El día que dejaste la tierra) el despegue. El gran momento fue la primera canción en nuestro espacio sideral (“Te llevaré a un sitio que nadie conoce”). De ahí en adelante nos mantuvo agotados de saltar. Bikini calentó la sala y nos hizo olvidar el otoño fuera de nuestro cohete; No vuelvas a Japón no contó con la voz de Santi Balmes, pero fue tarareada por el público; mientras que en Au revoir sonó la voz de Zahara, pero no subió al escenario (algo bastante difícil teniendo en cuenta que cantaba en Ciudad Real esa misma noche). Y entonces, entre otros muchos, sonó ese estribillo que todos ansiaban: “Pero te voy a matar cuando me acabe de peinar”. Algo tiene esa oración tan simple, tonta (y, digámoslo también, problemática) que es gritada por todo el público y protagoniza camisetas y demás merchandising del cantante. Miss Honolulu explicó a la gente que estaban en la mejor fiesta de la noche en la capital, consolidando a Carlos Sadness en esa mezcla de sonidos entre Crystal Fighters y Bombay Bicycle Club.

En las canciones de su exitoso nuevo disco, el barcelonés relata un viaje espacial como metáfora de la separación entre dos personas. Conexiones, constelaciones, estrellas, sueños… no faltan en esas letras, que, paradójicamente, unen a la gente. Su concierto era un concierto para vivir en pareja; pero también un concierto colectivo, compartido. De esos de olvidarse de que la persona que tenemos a nuestro lado es completamente desconocida y bailar juntos como si no hubiera mañana. Sadness lo sabe y lo explota en su directo. Su diálogo con el público es constante, él relata, pregunta, y escucha las respuestas. No cantó ninguna canción solo, en todas ellas cedió el micrófono a un público que se dejó las cuerdas vocales. Y en un arrebato de pasión musical decidió que era buena idea salir del escenario, aparecer en la parte más trasera de la pista y cantar con su ukelele y sin micrófono. Este gesto, indudablemente mágico, fue un fracaso. El 90% del público ni se enteró de qué canción cantó allí atrás, y casi consigue provocar varias peleas entre los que pedían a gritos silencio y aquellos que no estaban lo suficientemente sobrios para hacer caso.

Pero volvió al escenario, pidió disculpas, y deleitó a todos con 20 minutos más de fiesta imparable. Tras baladas como Días impares, Feria de Botánica o Monteperdido era la hora de lo que todos estaban pidiendo. Hoy es el día, esa canción tan de anuncio de cerveza, sirvió de preparación para el arrebato final. Así llegaron los primeros acordes, que casi no se oyeron entre los gritos, de Qué electricidad. El público madrileño, entre abrazos y saltos, soltó las pocas energías que le quedaban. Incluso el cantante, no sabemos si sinceramente o por clichés del directo, afirmó que Madrid era la ciudad donde más le gustaba reventar salas.

Después de escasa hora y media, Carlos Sadness cerraba un concierto divertido, fiestero y lleno de ese buen rollo que tanto predica; donde pudo tocar las baladas conmovedoras que debe dejar de lado en los festivales que visita (que son casi todos). Pudo así confirmar la teoría con la que abrimos esta crónica. Quizás el Ochoymedio no es el mejor lugar para demostrarlo, pero el indie en español existe. En sus múltiples variedades ha ido tejiendo una red cada vez más grande, una bomba incendiaria cuyo momento de explotar ha llegado. Dinamitar las barreras de Radio 3 (sin criticar a la mejor dial de este país), Malasaña, Granada Sound y Villamanuela; eclosionar generacional, social e industrialmente es su siguiente paso lógico. Muchos ya lo han demostrado, llevan años demostrándolo y tienen una carrera que les avala. Carlos Sadness es uno de ellos. Y su concierto de ayer una prueba más entre cientos. Y es que, ¿acaso no es el español el segundo idioma más hablado en el mundo?


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