Crónica: Biffy Clyro en Madrid, Noches del Botánico: Catarsis colectiva y puro nervio

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Biffy Clyro - Noches del Botánico 2026

Redacción: Ana Dara / Fotos: Vega Halen

Bajo el intenso calor del verano madrileño, lo de Biffy Clyro este martes 21 de julio en el Real Jardín Botánico fue una auténtica lección de contrastes. Los escoceses firmaron un directo apabullante, de esos que saltan de la tralla más salvaje a la intimidad absoluta sin que el concierto pierda un solo gramo de intensidad por el camino. Con el horario de inicio fijado a las 21:30 horas, el sol aún acariciaba las copas de los árboles cuando arrancó la velada. Aunque se colaban algunos acentos anglosajones entre el público, lo que verdaderamente destacaba era la mezcla de generaciones: asistentes de todas las edades y seguidores incondicionales enfundados en sus camisetas del grupo, listos para transformar la tranquilidad del recinto en una olla a presión.

Sobre el escenario vacío, el comienzo vino marcado por Nimrod de William Orbit, para luego dar paso a la sobrecogedora letanía a capela de Erghen Diado a través de la megafonía. Tras este prólogo casi cinematográfico, la inmensa maquinaria escocesa tomó posiciones. Ante la ya conocida ausencia de James Johnston por problemas de salud mental, Naomi MacLeod asumió el bajo con una solidez inquebrantable, apuntalando a la perfección la sección rítmica junto al hermano gemelo del ausente, el infalible Ben Johnston, a la batería. La gira presenta un formato expansivo de septeto que incluye a los habituales Mike Vennart (guitarra y coros) y Richard Ingram (teclados). Este despliegue brillaba especialmente gracias a la sección de cuerdas formada por la violinista Ailbhe Catherine y la violista Annemarie McGahon, anticipando una noche rica en texturas. Todo ello envuelto en una propuesta lumínica sobresaliente: hileras horizontales de focos parpadeaban y cambiaban de color con cada riff, creando un espectáculo tan elegante para el público como desafiante para los profesionales del foso.

La irrupción de su líder Simon Neil actuó como el detonante definitivo. Aferrado a su Fender Stratocaster negra —que alternaría después con una blanca, una acústica y una elegante Gretsch burdeos—, el líder transpiraba actitud visceral desde el primer segundo. Apareció sin camiseta, luciendo unos pantalones cortos rojos con las clásicas rayas de Adidas y calcetines a juego; un claro guiño futbolero para celebrar la victoria de la selección española en el Mundial. Subido en lo alto de la plataforma, los primeros acordes de The Captain cortaron el aire. Apenas Neil cantó "Angels fall to the floor like they would if I was captain", la audiencia devoró el sonido del equipo vociferando el puente al unísono: "Somebody help me sing, woah!". Sin conceder un respiro, la banda atacó la complejidad de That Golden Rule. A base de pura distorsión, ejecutaron su laberíntico fraseo mientras Neil clamaba "The son of Henry, I'm the first in line" y la multitud exigía su "golden rule". Justo antes de desatar la urgencia de Who's Got a Match?, el escocés rugió al micrófono: "¡Buenas noches, Madrid, y felicidades, España!", disparando aún más la euforia. El verso inicial del tema ("To which of the witches do you belong?") precipitó un frenesí colectivo al grito de "I'm a fire and I burn, burn, burn tonight".

El viaje emocional continuó con Biblical, una inmensa pieza confesional que ahonda en los altibajos personales de Neil con su esposa y con la propia banda. Bañados por una cálida combinación de focos amarillos y azules, el tema culminó en un instante de comunión absoluta: la pista entera entregada a un "oh, oh" convertido en un colosal y catártico karaoke. La dinámica escénica giró entonces hacia la infecciosa factura melódica de A Little Love. Con Simon nuevamente en la plataforma superior, la sección de cuerdas abandonó su discreta posición para dar un paso al frente y reclamar el protagonismo. El público arropó al vocalista coreando la letra a pleno pulmón, a lo que un emocionado Neil respondió fuera de micro con un sincero "beautiful" al comprobar cómo el respetable hacía suya la canción. Acto seguido, asestaron un golpe directo al corazón con Goodbye. Qué manera de convertir un día de verano en algo mucho más grande.

Fue en este clímax cuando el grupo hizo gala de su pericia técnica con la esperadísima Living Is a Problem Because Everything Dies. La caja de Ben Johnston y los afilados riffs en staccato tejieron un pulso esquizofrénico de paradas y arranques. Todo colapsaba maravillosamente bajo el peso de los arreglos orquestales y operísticos, impulsado por los aplausos rítmicos de un público totalmente entregado. A este asalto de precisión quirúrgica le siguió la urgencia de Hunting Season; un corte que desató tal derroche de energía que el guitarrista Mike Vennart terminó tocando literalmente tirado por los suelos, elevando la intensidad en perfecta sintonía con los impecables arreglos de cuerda. El contraste orgánico floreció después con Space. Con Neil cantando de nuevo desde las alturas y empuñando su elegante Gretsch burdeos, las cuerdas dotaron a la balada de un cariz majestuoso, meciendo al Botánico al compás de "There's always a space in my heart / I'm still caught in your gravity". Con temas así, descubres que siempre queda un poco más de espacio en el corazón para los escoceses.

Biffy Clyro - Noches del Botánico 2026

Pero en el universo de Biffy Clyro, la paz siempre es la antesala de la tormenta. Esa quietud fue triturada por la brutalidad de Cop Syrup. En un cruce perfecto entre misantropía y espectacularidad, la banda nos arrastró a un alarido liberador de "Fuck everybody!", culminando la catarsis en un apoteósico final instrumental envuelto en un frenesí de luces parpadeantes. Es cierto que un murmullo inoportuno de una parte del público restó algo de solemnidad al inicio de la monumental Different People, pero ese ruido de fondo quedó pulverizado ante la entrega absoluta del líder. Simon Neil lo dio todo en la ejecución de este tema, hasta el punto de llegar casi asfixiado a la energía febril de la posterior A Hunger in Your Haunt. Este torrente de adrenalina desembocó en la inconfundible síncopa de Black Chandelier, un momento estelar donde la bajista Naomi MacLeod acaparó todas las miradas al ascender a la plataforma superior del escenario. Acto seguido, la solemne entrada de Mountains cerró el bloque principal con el respetable rugiendo "I am a mountain / I am the sea" en completo estado de gracia. Quedaba claro: Biffy Clyro han venido a escalar montañas. O, directamente, a moverlas.

El bis nos sumió en un intimismo desarmante. Neil se acomodó de nuevo en la escalinata, esta vez solo con una guitarra acústica, para interpretar Machines. El recinto quedó sumido en un respetuoso silencio, apenas roto por miles de linternas de teléfonos que horadaron la noche mientras su voz quebrada musitaba "I've forgotten how good it could be to feel alive". Sin embargo, el recogimiento saltó por los aires con las cegadoras luces estroboscópicas de la beligerante Wolves of Winter ("We are the wolves of winter / We live in a kingdom of blood"). Fue aquí donde presenciamos una de las estampas más potentes de la velada: Simon Neil y Naomi MacLeod tocando frente a frente, retándose en un cara a cara rebosante de química y fiereza que levantó chispas sobre las tablas.

Esta arrolladora descarga de energía allanó el camino para el rebote hiperbólico e irresistible de Bubbles, donde Naomi volvió a lo alto para dominar la estampida rítmica final. La noche se clausuró definitivamente con la punzante Many of Horror. Siendo justos en el análisis, es innegable que el cierre con estas dos últimas canciones rozó, por momentos, la frontera del exceso de karaoke, llegando a ahogar los matices vocales de la banda bajo el ensordecedor clamor popular. No obstante, era una estampa perfectamente comprensible: la devoción del público que abarrotó ayer el Botánico era la de un fanatismo absoluto. Sudorosos y extasiados, los asistentes se unieron en un solo lamento épico ("When we collide we come together / If we don't we'll always be apart"). En medio de un calor implacable, la maquinaria de Kilmarnock demostró con alta fidelidad por qué su directo sigue exigiendo rendirse incondicionalmente a su sonido.

Hacía tiempo que un concierto no dejaba semejante dosis de adrenalina, de esas que impiden conciliar el sueño al llegar a casa. Su arrollador paso por las Noches del Botánico se inscribe, por derecho propio, entre los mejores directos que ha albergado esta edición del ciclo madrileño. Presenciar este despliegue sónico es una oportunidad de oro. ¿Una velada para el recuerdo? Clyro que sí.

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