Crónica: Arcade Fire en Madrid, Wizink Center (21-09-2022)

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22 septiembre, 2022
Redacción: dod Magazine
Arcade Fire (2022)
Foto: Michael Marcelle

Redacción: Jonas Fernandez

Cuatro años después de su última visita a la capital de España, Arcade Fire volvía a hacer acto de presencia en el Wizink Center con un show que presentó varias novedades y sorpresas pero que, a fin de cuentas (y si bien es cierto que el sonido no fue el óptimo ni el deseado en ciertas partes del recital), demostró que los canadienses siguen siendo una banda única en su estilo y a la que merece la pena ver en directo al menos una vez en la vida.

La gira We tour (con motivo de la presentación del disco homónimo lanzado en mayo) hacía su parada en Madrid la noche del miércoles, después de que ciudades como Dublín, Londres, Lille o Munich fuesen testigos del último as en la manga de los canadienses. Y es que, al igual que hace cuatro años, cuando se subieron al ring situado en medio del Palacio de los Deportes durante su gira Infinity Content, la banda liderada por Win Butler y Régine Chassagne nos volvieron a ofrecer un espectáculo para el recuerdo. Eso sí, con notables diferencias. Ya no solo por la aparente crisis de reputación que vive la banda debido a las acusaciones recientes hacia su líder, sino con aspectos que tienen que ver eminentemente con su particular show.

Esta vez no hubo rings de boxeo, ni los músicos hicieron de púgiles. No existió un gran cuadrilátero en el centro de la pista, sino que había sido sustituido por una pequeña estructura enfrente de la torre de sonido, con un escenario claramente diferenciado al fondo de la sala, rodeado por un arco de media luna que funcionaría como proyector de imágenes que dotarían al show de ese aire distópico que caracteriza a su último disco.

Uno de los puntos negativos que nos ofreció el concierto de 2018, fue la falta de asistentes en relación a un espectáculo de tal magnitud. Existía suficiente hype con la llegada de una de las bandas más importantes del siglo a una ciudad que no pisaban desde hacía 8 años, cuando presentaron The Suburbs, pero que no se vio materializado en una gran afluencia, llegando a estar muy lejos de llenar la sala. A diferencia de aquel día, pocos espacios libres de gente se vieron esta vez sobre la pista del Wizink. Minutos antes de empezar el concierto, ya daba la impresión de que esta vez se iba a llenar, y la realidad es que pocos espectadores más hubieran hecho falta para llegar al aforo máximo.

Todo estaba servido para lo que se preveía una noche mágica. El público se mostraba exaltado y con la incertidumbre de por donde aparecerían los músicos, que siempre acostumbran a sorprendernos con entradas triunfales al escenario. No obstante, tras una serie de proyecciones cósmicas en el arco, comenzaron a escucharse los primeros compases de un Bolero de Ravel que sorprendió a propios y extraños. Y no iban a ser solo los primeros, si no todos los que forman esta obra colorística y con ese característico clímax final. Tras él, los músicos de la banda aparecieron por la derecha del escenario, sembrando el caos entre un público que estalló en aplausos.

Age of Anxiety I contrastó con la expectación previa que se había creado, caracterizada por ese gancho de cuatro notas de teclado que dominó la canción por encima de un Win Butler que destacaba más por su puesta en escena, que por la capacidad de transmitir sensaciones con su voz, la cual sonaba excesivamente apagada.

En Ready to Start comenzamos a ser testigos de ese espíritu pop-rock que siempre ha estado presente en una banda tan ecléctica, empezando a levantar a la gente de sus asientos y haciendo botar a toda la pista. A pesar de aparentemente sencilla en tonalidad y estructura, pocas canciones en su discografía tienen tanta fuerza como esta para poner a la gente en pie. El show no había hecho más que comenzar, inaugurando una gran retahíla de hits con alguna que otra balada de por medio.

Esa gran obra imperecedera que es Funeral aparecería representada por primera vez con Neighborhood 1: Tunnels, en el que pudimos apreciar por primera vez esas texturas y esa mezcla entre sonidos sintéticos y orgánicos que caracterizan al sonido de la banda. El fervor del público, que a estas alturas estaba convencido en su mayor parte que se encontraba ante algo muy grande, se vio frenado por una Put Your Money On Me bastante descafeinada y excesivamente larga y repetitiva, en la que el juego de voces entre Win y Régine no obtuvo el efecto deseado.

Con Afterlife llegó la primera de las sorpresas, en la que un Win desinhibido (es increíble su metamorfosis tanto vocal como corporal siempre que llega este tema), corrió por el pasillo por el que la banda había entrado al escenario y se paró en la estructura que estaba enfrente de la torre de sonido, en el centro de la pista, donde estaba el antiguo ring, obligando a la gente a dar la espalda al escenario para ser partícipe de uno de los momentos más emotivos de la noche.

Por desgracia, Reflektor constituyó otro de los altibajos. Y es una pena porque es una canción central dentro del repertorio y del setlist de la banda, con un color y un desarrollo muy original que la convierten en uno de sus mejores temas. Pero el sonido, esta vez, no estuvo a la altura. Ni su percusión haitiana ni su fuerza instrumental en el clímax, con la fuerza suficiente para provocar la catarsis, estuvo a la altura de las expectativas.

Age of Anxiety II (Rabbit Hole) lo compensó con creces, lo que fue otra de las grandes sorpresas y que, sin duda, incita a pensar que será un tema indispensable dentro del setlist en futuros shows de la banda. Es el tema de su nuevo disco que mejor suena en directo y fue vivida con total pasión por los miembros de la banda, con un Win atreviéndose a interactuar con las masas, quienes le correspondieron y se entregaron, rompiendo en aplausos al final de toda la tralla. Momentazo.

The Lightning I y II sonaron muy potentes, destacando por una gran simbiosis entre la instrumentación rockera, los juegos de luces y las oscuras proyecciones en el arco, antes de dar paso quizás a un momento un tanto surrealista que sucedería al final de una elegante Here Comes the Night Time, en el que una serie de enormes muñecos hinchables emergieron justo delante de la primera fila, robando de forma un tanto innecesaria el protagonismo a los miembros de la banda. No venía muy a cuento con el rollo del show, pero los asistentes se lo tomaron como una simple anécdota festiva, ya que a estas alturas se hallaban totalmente entregados a Win, Régine y los suyos.

Con los ritmos africanos y un mayor protagonismo del yembé en este último tema que tocarían del Reflektor, rescataron Modern Man que serviría de antesala para otro de los momentos que deberían haber sido de los puntos cumbre. Pero The Suburbs sigue sonando demasiado frágil, sin transmitir la emoción que requiere un tema de tanto potencial. Se agradece, al menos, el protagonismo del violín, que hasta ahora solo había tenido el papel de aportar una capa más a todo el entramado instrumental.

Teclado de mano, coros, acordeón, sintetizador e incluso batería. Régine Chassaigne, además de por su reluciente indumentaria, destacó por ser la instrumentista más polifacética durante todo el concierto. Pero sería en la tercera canción de esta repentina vuelta al álbum de “los suburbios”, The Sprawl, en la que daría un paso al frente y asumiría las riendas ya no solo como voz principal, sino como absoluta dueña de la escena durante los siguientes cinco minutos. Al igual que Win en Afterlife, sería ella la que deleitara a las masas con una gran fuerza vocal (con algún que otro desafine, eso sí) desde el centro de la pista, añadiendo otro gran momento a la colección.

Y tras otra balada de su nuevo álbum Uncondicional I (Lookout Kid), sería con otro de sus hits de estadio Everything Now, en el que las voces de los cantantes, los ganchos de teclado y la exaltación y el griterío proveniente de todo el Wizink se fusionaron y se hicieron uno, con el que cerraron un concierto que destacó por un implacable setlist, una puesta en escena portentosa y un sonido ambivalente que protagonizó desde momentos inevitablemente tediosos hasta otros cargados de experiencias inolvidables para todos aquellos que hicieron acto de presencia la noche del miércoles.

Pero eso no iba a ser todo, ya que tras una despedida cercana y apelando al sentimiento de comunión llevada a cabo por Win Butler, los músicos acudieron al reducido espacio central, como si de 2018 se tratase, para acabar con unos bises de esos que perduran en la memoria.

Tras ese guiño a The Clash y a nuestro país con la versión de Spanish Bombs, otra de las sorpresas de la noche, los ocho músicos que integraban la banda sentaron cátedra sobre como se debe cerrar un concierto, dando lugar, quizás, al mejor momento de todo el evento.

Wake Up sonó como la despedida perfecta, un truco de magia que hechizó hasta el último rincón del recinto y que consiguió ensombrecer aquellos momentos tediosos que al público le costará muy poco olvidar. Los de Montreal esperaron hasta los seis últimos minutos para sacar a relucir su verdadera esencia, con cada uno de los músicos en estado de gracia que pareciese, a pesar de haber ofrecido un buen show en líneas generales, que se habían estado reservando para la ocasión. Hay muy pocas bandas que puedan crear un magnetismo y una tormenta expresiva de tal magnitud como Arcade Fire con su Wake Up y hoy, al igual que hace cuatro años, y también desde el centro del Palacio de los Deportes de Madrid, lo volvieron a demostrar.

Arcade Fire es uno de esos grupos que se caracterizan por dotar de un sentido identitario cada una de las giras que ofrecen al mundo, incidiendo en pequeños detalles como puedan ser ligeros cambios de setlist, representación visual de nuevas ideas o la renovación de su puesta en escena. Pero es su identidad ecléctica, la simbiosis de cada uno de sus músicos con su instrumento, su sonido único, la esencia de sus primeros álbumes y, como no, sus grandes hits, los que les ha hecho pasar a la historia, y son estos factores los que claramente se reflejan en cualquier escenario que pisan a la hora de encandilar a las masas.

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