
Con un convencimiento inicialmente escaso, pero quizás invadidos por el espíritu western que ha teñido nuestro espectro cultural reciente (con esa lucha de sombreros en cartelera, protagonizada por Viggo Mortensen y el fenómeno 'Horizon' de Costner), nos dejamos caer por el sobrevenido éxito country de la temporada, alertados por las expectativas pero sin desvanecer del todo nuestras dudas.
No nos duele en prendas reconocer que el origen de ese remilgo previo no es más que un mero prejuicio, presuntuoso y nada original, florecido ante la aparición de una propuesta que, de primeras, no es exactamente el tipo de producto que se cubriría con un interés incondicional. Que si demasiado mainstream, que si demasiado folkie. Desde luego, para disfrutar sin paliativos de su nuevo disco, Zach Bryan nos exige quitarnos de encima más de un sesgo y no precisamente durante poco tiempo (19 canciones que superan en total la hora de escucha). Pero tan pronto como aparcamos cualquier tipo de idea preconcebida nos damos cuenta de que realmente The Great American Bar Scene (2024) es un disco mucho más disfrutable de lo que a priori pudiera parecer.
Especialmente para oídos neófitos o no excesivamente entrenados en el género, Bryan tiene a bien dibujar un abanico de melodías cómodas y accesibles, excelentemente producidas que acaramelan el espíritu y triunfan entre textos románticos y convencionalismos poco exigentes. Una suerte de Ed Sheeran oscuro o un Ben Howard fronterizo, con el dolo justo para firmar himnos en potencia que arrasen en playlists temáticas para plataformas. Pero además de ese deje natural para el easy listening (en absoluto peyorativo si es lo que se pretende), el cantautor de Oklahoma también es capaz de demostrarnos que hay algo más detrás de sus versos. Algo que está ahí, esperándonos a ser descubierto si queremos abrirnos a esa posibilidad.
Punteos rasgados y melodías de armónica mediante, Bryan retrata en cada una de sus piezas las diferentes aristas de una juventud norteamericana alienada y consumida por el entorno, con aptitudes propias de generaciones precedentes y enfangado hasta el tuétano de nostalgia inmediata, licor de carretera y futuros descorazoradores (28). Una verborrea impecable para el storytelling que nos regala piezas que suenan a cine (“Delco Danny cut a deal with the dealer that he met out at the River's Casino / He got caught countin' cards, then them spades broke his heart then the Point Breeze boys broke his nose”, narra en la divertida y dylaniana American Nights) y poemas sonoros que hablan de la vida desde el ápice de la honestidad más humana (“And I went to Jay's tavern, and it happens that them boys were there, recognized his backside from the color of our mother's hair / And my brother found another way to make himself a decent little livin', he turned around and found himself a lickin' only blood could give him”, canta entre emocionantes vientos para la descriptiva Oak Island).
Con el pasado siempre presente (“I’ll make them old days an old friend of mine”, le escuchamos cantar al piano en Bass Boat), Bryan hace honores a esa latente humildad que le impide, a pesar de poder hacerlo por números y calado, subirse a la parra de la fama más plástica y caprichosa; a cambio, el cantautor alardea de pies en la tierra y nos habla de tú a tú, generando momentos en los que realmente parece que no haya nadie más en la sala (tan solo 33 millones de oyentes mensuales, pero nada más). Es precisamente ese don, más que el de las cifras y el revuelo comercial, lo que ha hecho que un generoso número de colaboradores externos haya querido también sumarse al corpus del quinto disco de Bryan, entre ellos nada más y nada menos que Bruce Springsteen, quien acaricia con su resiliente voz los acordes reverberados de Sandpaper (entre líneas y guiños que resuenan con descaro y respeto al legendario ‘I’m On Fire’).
Más allá de que su ingente impacto pueda estar o no justificado y con un veredicto final que sabe reconocer de forma objetiva el talento por encima de inclinaciones personales, tenemos claro que si hay algo que podemos dar por seguro es que el alma que Zach Bryan pone en su última obra no es en absoluto pretendida. El disco nos ofrece verdad, crudeza, referentes con estrella y los ingredientes instrumentales necesarios para la firma de la más consistente e idónea banda sonora para un viaje en carretera. Si con esto te vale, The Great American Bar Scene puede ser tu mejor compañía este verano.