Crítica: White Lies - Five

21 enero, 2019
Redaccíon: dod Magazine

White Lies - Five (2019)

Redacción: Andrea Genovart

Poner a tu quinto disco el título de Five no es de lo más original. Pero todos nos hemos querido sentir homenajeados y no son los primeros que lo hacen - el séptimo disco de Beach House, publicado el año pasado bajo el nombre de 7, es una jodida maravilla. Al fin y al cabo, darte un homenaje no es otra cosa que una autocelebración de lo que eres, de esa parte invariable que te hace ser reconocible por muchos años que pasen. Con esta última lógica, no es de extrañar que lo nuevo de White Lies, que saldrá el 1 de febrero, no sea de lo más innovador. Ni en la escena musical en su sentido más amplio, ni en el recorrido de la banda. Pero ello no justifica la necesidad de reconocerles esta primera década de vida y esa pertenencia a ese listado de bandas de nuestros tiempos más oscuras pero suficientemente accesibles.

Five vuelve a contar con Ed Buller (Suede, Pulp y Slowdive, entre muchos otros) como productor. Vuelve porque ya lo hizo con el trío en el 2009 y 2013 con su primer y tercer disco, To Lose My Life... y Big TV respectivamente. Y la verdad que siempre ha sido todo un acierto, porque el disco se encuentra lleno de referencias noventeras. Si por un lado no se ha perdido la característica voz de caverna, tan habitual en esa década, de Harry McVeigh; por otro hay ciertas melodías más rítmicas de lo que es habitual en la banda pero que recuerdan a ese sonido disco tan simple pero calculadamente dosificado. Esos relámpagos energéticos como esas olas que ya de lejos se ven venir marcan la estructura de una gran parte de sus canciones. Nos referimos, sobre todo, a sus adelantos, Tokyo o Time To Give.

No obstante, ese sonido oscuro y de tonos bajos, a la vez que avivado y con la marcha siempre puesta, es presente en todo el repertorio. Ese sonido que indudablemente te hace pensar en Editors y, más lejanamente, en Interpol; esto es, en la faceta más estética y comercial de la cara oscura de la moneda. En definitiva, en ese deje de New Wave pero filtrado y reducido por las leyes de lo convencional. La oscuridad vuelta luz bajo los focos de los estadios: es lo que nos ofrece, siempre en coherencia con su imagen y recorrido, la banda londinense. Pero al margen de ello, cabe admitir que cada vez más encontramos temas trabajados, en las que acaban encontrando la forma de darle ese toque personal y de calidad; son ejemplos de ello el agradable solo de piano con el que termina Kick Me, la faceta más simplona del nuevo indie rock de The Killers en Believe It, o ese suspense en la introducción del cierre de Five, Fire And Wings, que bien recuerda a What Went Down de Foals.

White Lies, apadrinados por Muse en su última gira, son esa cruzada de caminos que permiten el beneficio de la duda. Si por una parte podemos equipararlos al indie rock del siglo XXI, que ya empieza a estar obsoleto, por otra tienen esta resistencia tenebrosa que se resiste a pertenecer a las formas más machacadas de nuestro siglo y logra que te sientas como Morrisey paseando en una calle periférica y desierta bajo un cielo gris tapado. Esa ambivalencia, tan evidente, ha constituido siempre la riqueza del proyecto de esta banda de Londres. Y ello, como mínimo, tras diez años de inalterable formación y otras constantes que mantienen inmutables, es de agradecer. Y festejar.

 

 


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