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Crítica: Weyes Blood - And in the Darkness, Hearts Aglow

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Weyes Blood - And in the Darkness, Hearts Aglow

Poner un pie en un disco de Weyes Blood es el equivalente sonoro a quedarse epatado por la belleza sísmica de un monumento, la vasta épica de un paisaje, o el deslumbrante candor de una estrella fugaz en el cielo. Un estendalazo de manual del que cuesta recuperarse gracias a ese brillo natural que emana de su lírica barroca y su formidable sentido del optimismo, aun cuando el mundo se encuentra envuelto en un apocalipsis perpetuo del que cuesta rescatar la más mínima brizna de esperanza. Su quinto álbum de estudio no puede entenderse de manera aislada y sin recordar esa joya que fue el célebre y respetable Titanic Rising (Sub Pop Records, 2019), pues su nueva entrega no es más que una segunda parte del mismo –la segunda de tres, según informó la artista californiana- con la que busca ahora dar continuidad a ese retrato con el que logró encontrar la belleza en las más profundas fosas de su dolor personal.

Ni en mil vidas Natalie Mering podría haber imaginado que ese submundo de introspección que ésta dibujó a través de su último trabajo se vería sobredimensionado un año después a causa de una pandemia, y que de algún modo esta nueva realidad ensancharía el grosor de esas heridas supurantes previamente expuestas. No obstante y gracias a ese valor tan personalista e íntimo, a este proyecto parece encajarle bien todo cuanto suceda a su alrededor, pues la mirada semi-espiritual de su artífice se toma la responsabilidad con éxito de sanar nuestra alma de forma única, generando mantras que directamente nos transportan a evocadores meandros en plena naturaleza o rincones de paz absoluta en los que la voz de Mering crece de manera celestial entre el resplandor espeso de cualquier mal adverso (God Turn Me Into A Flower). Mientras que Titanic Rising nos hablaba de escenarios de hipotético desastre, And in the Darkness, Hearts Aglow (Sub Pop Records, 2022) realmente fue concebido en un clima de desastre y ello se ve enteramente reflejado en las diatribas oscuras que Mering teje en varios de sus cortes: “They say the worst is done, but I think the worst has yet to come” nos canta en The Worst Is Done, mientras también lanza guiños de complicidad a una generación maldita en Children Of The Empire con ese “We don’t have time to be afraid anymore”.

La artista californiana evidencia su excelente sincronía con el hoy, siendo esos mensajes de empatía con el aislamiento, la pérdida o el dolor un puro signo de los tiempos. No obstante, y aunque el álbum haya sido escrito durante los períodos más salvajes del confinamiento en el interior de su apartamento de Los Ángeles con la única compañía de su perro Luigi, And In The Darkness, Hearts Aglow también nos revela un incesante deseo de pertenencia y un destello de luz propia entre la negrura más espesa, pues hasta un corazón roto nos revela el valor de haber amado en primera instancia tal y como trata de convencernos en la deslumbrante Hearts Aglow: “The whole world is crumbling, oh baby, let’s dance in the sand. 'Cause I’ve been waiting for my life to begin for someone to light up my heart again”.

La métrica estilística empleada por la artista nos retrotraerá con excelso gusto a esa suerte de folk y pop de cámara sofisticado y emotivo de nombres como Joni Mitchell o The Carpenters (Grapevine), encontrando además en el fino hacer del productor Jonathan Rado (Whitney, The Lemon Twigs, The Killers) las herramientas esenciales para que la coherencia entre su anterior trabajo y éste se muestre intacta y nos entregue con ello uno de esos clásicos modernos que automáticamente enamoran a la primera escucha.

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