Crítica: Weezer - Black Album

9 abril, 2019
Redaccíon: dod Magazine

Weezer - The Black Album

Redacción: Andrea Genovart

El nuevo disco de Weezer parece una broma pero desgraciadamente no lo es. El Black Album confirma su muerte anunciada a gritos con el Pacific Daydream (2017) y su irrevocable entierro, aunque probablemente ya no quede resto de nuestro lamento. Y es que la banda parece que desde hace unos años tiene prisa por ser los nuevo Maroon 5 pero sonando en un chiringuito de playa. Lo que sorprende es que el hecho de de este cambio de propuesta - por decirlo de alguna manera - provenga, precisamente, de una de las bandas más emblemáticas de los 90 y de britpop. Aunque quizá sería la misma locura que todo ésto se tratase de un experimento social donde, probando nuestra capacidad de estupefacción y asimilación, ellos sean los que se están riendo de nosotros.

Existe una sensación que aparece cuando, por ejemplo, tu madre quiere hacerse la moderna y se compra pantalones pitillo de alguno de los colores del parchís o se decide a hacerse cualquier chorrada de tatuaje. Si, esa sensación que muchos reconocemos como vergüenza ajena. Esa es la misma que tenemos todos nosotros, que hemos crecido admirando a bandas que resultaban ser sus colegas, además de compartir estilo y generación; la que no puede evitar aparecer cuando escuchamos el nuevo álbum de la formación. Aunque semejante empeoramiento ya lo tendríamos que haberlo visto venir con la propuesta discotequera de Pacific Daydream.

Todo lo que se pueda decir del Black Album sería demasiado si tenemos en cuenta el grado de elaboración nula que hay en todo el disco. Estructuras compositivas basadas en el estrofa - estribillo - estrofa, bases de una electrónica que solamente la encontramos en canciones de radio comercial y que eclipsan la posibilidad de apreciar toda poca aportación musical. Por no hablar de todas las letras horribles, cortísimas e infantiles - sobre todo teniendo en cuenta la edad y experiencia de la formación: “Hasta luego, hasta luego / Hasta luego adiós” del Can’t Knock The Hustle te deja helado, o ese “Die, die, you zombie bastards / We know what you want” de Zombie Bastards es digno de un niño de cinco años. En definitiva, estamos ante toda una serie de sencillos tan autoproducidos que parecen iguales y que alargan la escucha de un repertorio de cuarenta minutos hasta el infinito. Porque, incluso justificando el radical cambio a un electropop californiano barato, uno pretender sonar en los mejores clubs nocturnos de la ciudad. No sería el caso ya que más bien nos encontramos ante música hecha para esa discoteca de pueblo de playa con olor a pescado frito, en la que una vez dentro ya no reconoces si lo que suena es Living In La o Too Many Thoughts In My Head. O de Justin Bieber, qué más da.

Si nos esforzamos, podemos encontrar temas que generar la ilusión de que no está todo perdido y que refieren muy lejanamente al sonido brit de Weezer. No por tratarse de grandes canción sino por valerse de la guitarra y dejar de un lado a las bases hiperproducidas o una voz mezclada. Se trataría de salvar, en concreto, de la balada High As A Kite o The Prince Who Wanted Everything. Pero porque uno echa cuentas y siente que les debe poder conectar con la música de otro tiempo, viéndose obligado a rescatarles algo. A rescatarlos. Aún así, los grupos de punk pop americanos de los 2000 son Jimi Hendrix al lado de semejante esperpento.

Weezer, por favor, daros un descanso y dejad de insistir en querer que os recordemos por algo más que Island In The Sun, Beverly Hills o la joya de Say Ain’t So. Entendemos que no queréis dejar de producir para seguir ganando dinero, pero que sepáis que estáis perdiendo dignidad. Así que no escribáis más canciones, no sea que necesitéis escribir disculpas.

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