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Crítica: Wednesday - Rat Saw God

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Wednesday - Rat Saw God
A Wednesday nadie los ha visto venir. Por la puerta de atrás, pero no precisamente de forma sigilosa, la banda estadounidense liderada por Karly Hartzman se ha abierto paso en la escena a lo largo de un lustro de lo más prolífico, en el que nos han entregado nada menos que hasta cinco álbumes de estudio diferentes, culminando ahora con Rat Saw God (Dead Ocens, 2023), el trabajo más redondo de su joven carrera y una ambiciosa propuesta en la que, sin exceso de fuegos artificiales, nos entregan una mirada cruda y angosta a esos rincones de la geografía norteamericana que han sido testigos de sus sueños rotos, aspiraciones incompletas y etapas más oscuras.

No es nada nuevo comprobar cómo Hartzman se descubre una vez más como una poeta arrebatadoramente aplastante de su generación, cogiendo lo mejor de la narrativa negra americana y de la cotidianidad tóxica que le rodea para crear letras descorazonadoras, impresionistas y agridulces con las que congelar nuestra sonrisa. Un universo sórdido que huele a ropa interior húmeda, a sexo, a tabaco de liar, a recuerdos que supuran, a sobredosis descontroladas y a rímel corrido, y que hace las veces de testamento vivo de ciertas memorias o proyecciones de su artífice, con las que termina generando un surtido de personajes y relatos como poco extravagantes (pero también dolorosamente cercanos y próximos a la realidad del oyente). Y es que Rat Saw God es el encuentro perfecto entre la ficción y la verdad, entregándonos con ello las mejores letras que Hartzman ha escrito hasta la fecha y una deliciosa instrumentación que nos lleva a golpe de distorsión por el shoegaeze, el grunge y el country más 90s.

El quinteto de Asheville representa en el tedio y la contundencia más oscura de su sonido el pesar de una entera generación que se enfrenta con determinación y confianza a los males presentes de su realidad, entregándonos pasajes del todo conmovedores que clavan el dedo en la llaga (Turkey Vultures) o directamente episodios de verdadera catarsis visceral en los que vemos a Hartzman vaciarse por dentro hasta el último aliento entre referencias a Mortal Kombat (Bull Believer). Con la inquieta mirada de quien está asistiendo a una suerte de tragedia contemporánea, se suceden ante nuestros ojos una serie de tragicómicas viñetas de la mundana América del sur, combinadas por una entrega formidable por parte de suss responsables con ese sonido que nos lleva desde el intimismo más dulce de Frankie Cosmos y Big Thief hasta la angustia más turbia y sobrecogedora de Yuck. A Hartzman, por su parte, no la veremos decorando de forma sobrentendida o pomposa las muescas de su imperfecta fuente de vivencias (“I used to drink ‘til I threw up in weeknights at my parents house”, canta entre arpegios de folk sureño en Chosen To Deserve), pues la cantautora sabe bien que la mejor forma de combatir sus fantasmas es ilustrando los mismos con el poder de la palabra explícita, convirtiendo sus particulares diatribas de outsider incomprendida y marginada en, irónicamente, himnos que muy probablemente supongan el despegue definitivo de su carrera.

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