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Crítica: Uniforms - Trance

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Uniforms - Trance

Evolucionar sin pervertirse es un don, y no precisamente al alcance de cualquiera. Así lo sentimos al adentrarnos en las sencillas pero arrebatadoras melodías que el cuarteto jienense Uniforms ha conformado en su tercer álbum de estudio, Trance (Oso Polita, 2023). Un ejercicio brillante que pone de manifiesto cómo la densidad y la distorsión del shoegaze más primigenio pueden abrazar un amplio mar de matices sintéticos y cristalinos situándonos, precisamente, en ese disruptivo estado mental de desconexión externa, donde catarsis y auto-exploración nos sacuden por los hombros hasta dejarnos extasiados, aturdidos y furibundos.

La de Uniforms ha sido una carrera de fondo en toda regla: de ser una dupla a un trío, hasta finalmente conformar un cuarteto canónico con el que proyectar exactamente el tipo de sonido que desde sus orígenes perseguían poseer. Ahora, Natalia Spingel, Pan Caballero, Annie Ruiz y Willy Castellano caminan unidos en un sofocante y atronador conjunto de diez canciones con las que, además de poner palabras a sus reflexiones más íntimas, alzan en alto el pabellón de la escena sumergida nacional. En sus inicios, no era tan frecuente toparse con bandas patrias que se auto-colgasen la medalla del shoegaze; ahora, en cambio, parece que lo normal sea tocar en un proyecto de dream pop o post-punk y que el reverb nos salga a todos por las orejas. Con la certeza de que esto tampoco va de ver quién la tiene más larga pero sí de desbancarse de un sonido que ya está empezando a pecar de manido, las cuatro integrantes de Uniforms tienen claro que no van a repetir fórmulas ya empleadas hasta el hartazgo ni revisitar sus particulares logros. Por eso, y haciendo gala del indiscutible hecho de que el suyo ya comienza a ser un nombre de referencia dentro del espectro underground, el cuarteto proyecta un ambicioso salto de calidad en su sonido con el que, definitivamente, demuestran estar en su mejor momento.

Con Trance, Uniforms buscan conjugar su impronta en presente, sin demasiados onirismos pero sí armadas de relatos crudos y directos. Signo de los tiempos, puestos de relieve en temas de escandalosa actualidad, como el esclavismo de las redes sociales (Nomofobia) o el saber cuándo es buen momento para dejarlo (I Quit). Pero lo que sin duda despierta nuestra escucha más activa es poder presenciar cómo la banda configura como nunca antes lo había hecho ese demoledor derroche de géneros superpuestos de forma marciana hasta alcanzar una firma propia que rompa absolutamente con todos los moldes y no requiera de etiquetas al uso. En ocasiones oiremos post-punk con dejes perforantes y contundentes (Ashes To Thrive), otras veces habrá garajeo melódico (Crumbs), o directamente entraremos en bucles perfectos de electrónica y rock gótico de los que no querremos salir (Ligeia). Nuevamente, y haciendo uso de su intento de equilibrio idiomático, también volveremos a ser testigos de las bondades de ver a la banda componiendo en castellano, barriendo para casa y entregándonos una mirada profunda y reflexiva del Guadiana. Porque sí, por mucho que su sonido nos pueda remitir en ocasiones a una humeante y lánguida callejuela de Londres, o la banda nos seduzca emulando a las mil maravillas a Bradford Cox y compañía en su particular versión de Desire Lines, la raíz de Uniforms tiene denominación de origen propia y es de las que hay que estar orgulloso de poder presumir.

 

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