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Crítica: Ty Segall - Hello, Hi

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Ty Segall - Hello, Hi (2022)

Si de algo le ha servido al californiano Ty Garrett Segall tener una discografía tan prolífica y nutrida, es sin lugar a dudas para poder seguir confirmando, más una década después, que su versatilidad le conduce sin límites ni restricciones hacia sendas que todavía a día de hoy suponen un insólito y firme paso hacia adelante en su carrera. Su catorceavo disco de estudio, Hello, Hi (Drag City Records, 2022) es una muestra viva de cómo el artista de Laguna Beach se ha visto influenciado de manera latente e indiscutible por estos últimos años en los que el simple candor mediático y el ambiente global nos exigían bajar de revoluciones. Aunque en esta ocasión y tras su escucha, la terrible duda que nos asalta es si tal vez el bueno de Segall se ha pasado de rosca y ha aminorado el ritmo de más.

Y es que ya ponemos en sobre-aviso que tal vez los fans de ese lado más distorsionado, guarro y garajero del californiano puedan llegar a darse de bruces con una decepción si consideramos que éste es el disco más luminoso y calmado que le recordamos jamás a Ty Segall. Hello, Hi bien podría considerarse una balsa de aceite en medio de una tormenta, una burbuja alejada del ruido exterior, una cápsula del tiempo que encierra misterios y artesanías preciosistas, labradas con un cuidado y un respeto remarcables que nos revelan la madurez de su artífice, el cual se muestra ávido por exhibir esas habilidades que le atestiguan como un todoterreno polifacético capaz de cruzar el cielo y el infierno. Desde el aislamiento, Segall saca punta a su lado más introspectivo y hasta romántico, combinándolo con sedantes destellos acústicos que nos mecen sin demasiados sobresaltos ni quiebros que alteren nuestro estado. En lo alto de esa frondosa rama y al contraluz de los cegadores rayos del sol, reposa el relato de un hombre apacible y sereno, cuyos dedos se deslizan entre inquietantes acordes melosos que nos dan los buenos días (Good Morning) con un falsete muy a lo Thom Yorke.

Como si se tratara de un juego de ilusionismo, sus punteos nos encandilan e hipnotizan desde el primer compás, permitiendo al propio Segall moverse con elegancia y jovialidad entre una suerte de folk melódico y psicodelia radiante que no pide prisa. Estamos en un lugar seguro, alejados del alboroto y el bullicio, y sobre nuestro distendido espíritu se clavan los arpegios de esa dulce Over, confirmándonos con ello su catálogo de influencias más setenteras. No será su secreto mejor guardado, pues a lo largo de todo el disco respiraremos un aire retrospectivo y tradicional que baila a caballo entre el universo lisérgico de Ariel Pink (Hello, Hi), el grunge más blanco y accesible de Blind Melon (Looking At You), pasando por el folk mutante y caleidoscópico de Frank Zappa (Don’t Lie).

Como nota cuestionable, y jarro de agua fría a la propuesta del californiano, apuntamos que se echan en falta esos momentos en los que los riffs caóticos y envolventes de Segall (los cuáles asoman tímidamente la patita en ese tema homónimo del álbum) rompan con más determinación y presencia una monotonía generalizada que en ocasiones se torna excesivamente sosegada. Pero no es óbice para no reconocer el mérito que el estadounidense presenta en esta entrega, siendo ésta fruto de una grabación solitaria y autodidacta en su estudio casero, donde dio rienda suelta sin prejuicios ni ataduras tanto a sus emociones más personales como a sus influencias más folkloristas.

 

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