
Estar ante uno de los mejores proyectos de Ty Segall en años no es poca cosa, considerando que el tío ha firmado con Chrome (Drag City, 2026) el que es ya su decimoctavo álbum de estudio por cuenta propia. Prolífico como pocos, el californiano decide darle una vuelta al insular proceso de trabajo que había marcado su impronta en los últimos tiempos para regalarnos ahora un espinado poliedro en el que sus respectivas piezas hacen alarde de comunión telúrica y sintonía endiablada. La maniobra tiene algo de regreso a los orígenes y mucho de fantasía conjugada en plural. Después de la introspección de Hello, Hi (2022), los desarrollos psicodélicos de Three Bells (2024), el experimento percusivo de Love Rudiments (2024) y, sobre todo, su labor considerablemente individualista en Possession (2025), Segall (casi convertido en un Nick Furia rocanrolero) vuelve a convocar a ese dream team conformado por Mikal Cronin, Emmett Kelly, Ben Boye y Evan Burrows, y que me aspen si no es la mejor idea que podría haber tenido.
A su llamada, los cinco compusieron conjuntamente la mitad del repertorio y pasaron un mes entero ensayándolo antes de encerrarse durante apenas seis días en el mítico Sonic Ranch con Cooper Crain. El resultado conserva incluso la inmediatez del procedimiento, siendo la mayor parte del disco registrada en directo, culpable ello de la violencia extraordinariamente controlada que emana el compacto. A lo largo de este, las guitarras de Segall y Kelly se persiguen la una a la otra en líneas paralelas, mientras que Cronin hace del bajo una masa tectónica y Burrows mantiene el conjunto suspendido entre el impulso proto-punk y la musculatura del hard rock. Por encima, los teclados y el piano de Boye introducen una luminiscencia inesperada que rima, si le echamos poética, con la facultad química del propio cromo.
A su manera, este finísimo trabajo aspira a lograr las mismas propiedades de este. Su imaginario lírico se desplaza entre fenómenos sociales, imágenes oníricas y asociaciones oblicuas, de modo que las canciones parecen buscar menos la narración de relatos literales que la proyección directa de fogonazos de conciencia. Hospital abre el álbum con una densidad próxima al doom, convirtiendo su riff principal en una locomotora de peso que procede tanto de las guitarras como de una batería que empuja desde abajo, mientras la voz de Segall, seca y mineral, funciona como otra abrasiva capa. Running to Nowhere condensa esa poética a golpe de versos claustrofóbicos, reverberación vocal seca, piano suspendido y una melodía a las seis cuerdas que desemboca en un estribillo presto a declamarse desde la desesperación y el desafío. Black Paint, con sus apenas dos minutos de duración, convierte el procedimiento en máxima concentración, con armonías vocales luminosas atrapadas dentro de un riff que parece hundir el barco entero y un retrato deliberadamente absurdo y deformado del amor verdadero.
En Glass Segall alcanza la que probablemente sea su cima instrumental, gracias una vez más al ejemplar elenco con el que ha decidido teñir esta nueva partida: el bajo de Cronin, envuelto en fuzz, proporciona una vibración subterránea sobre la que las dos guitarras libran un combate que termina dándonos un solo abrasivo (¿cuánto tiempo hacía que no escuchabas uno así en una canción de indie-rock?); y la homónima Chrome, con sus cinco minutos de puro blues-rock, avanza hasta su respectiva conclusión a lomos de un groove terroso, mientras las guitarras de Segall y Kelly se miden por enésima vez (ahora, eso sí, el ruido ya no funciona como una declaración de principios, sino como una materia perfectamente dócil en sus manos). Escuchamos a Segall cantando aquello de “When I died I was alive”, trascendiendo lo meramente lírico y atravesando la conciencia de una trayectoria que podría haberse fosilizado y, sin embargo, continúa mutando. El cromo, brillante e incorruptible, refleja las formas que tiene delante sin dejar de ser el mismo material y Segall, aquí, hace algo parecido reencontrando en el garage, el punk, el blues, la psicodelia o el hard rock un vocabulario todavía susceptible de sorprender.